Saturday, November 5, 2016






離人症


Cuántas veces
Me habré creído un extraño
Caminando entre vivos


Thursday, November 3, 2016

MEMORÍA





On dit des Porteños (...) que ce sont des Italiens qui parlent espagnol, se prennent pour des Anglais et rêvent d’être Français
PAULINE DAMOUR


            Champs Elysées. La versión de Zaz suena de fondo y me veo parado en el techo del Arco del Triunfo contemplando la avenida. Todavía no lo sabía, pero horas más tarde me iba a tomar el avión a Madrid sin haberla caminado. Doce son las avenidas que nacen (o mueren) en el arco, un reloj a destiempo. La aguja de asfalto marcaba hacia la torre, ya era muy tarde.

            La canción fluye y quiero llenar mi vacío con una galería de fotos y un artículo sobre su historia. Ya una vez fuera del arco, Patricio me había contado lo que ahora estaba leyendo. Napoleón III le había encargado remodelar el centro de París al barón Haussmann, destruyendo no sólo el espacio físico, sino también la relación social de los lutecianos con su hogar. Así, bajo un manto hedonista marchaban ejércitos invisibles por los bulevares para reprimir rebeliones silenciosas. Las flores del mal. No faltan los lamentos de que todo tiempo pasado fue mejor. Baudelaire testifica construyendo un mausoleo a la antigua ciudad medieval en su poema Le cygne.  

Monday, October 31, 2016

DODO






To define is to kill. To suggest is to create


            Desde que somos chicos, no paramos de escuchar la frase dejá volar la imaginación. Se repite, una y otra vez, como las marcas que hace un preso en la cárcel para contar los días. Las palabras son libres, nosotros somos sus prisioneros. Inventamos reglas para unirlas, y cuando surgen formas nuevas de usarlas, hay quienes dicen que no tiene sentido. Otros, preferimos llamarlo poesía.

            Otra imagen muy común es la de la libertad de los sueños. Aude anota casi todos los días lo que soñó la noche anterior. Hace unos días me contó que había viajado a dos ciudades en Hawai y Alaska, ambas con la letra D. Dillinguer y Dalargui. Ni bien despertó, las googleó convencida de que existían. No eran otra cosa que un juego borgeano. Cuando me preguntó cuál podía ser su sentido, lo primero que se me vino a la mente fue la relación entre las dos D y la palabra francesa dodo, que, como ella me enseñó, significa dormir. También puede leerse como una directiva de hacer algo (Do!Do!). Incluso, dentro de esa simple expresión se esconden los sonidos de su nombre. Odd, isn’t it?

            Las coincidencias no abrigan algún sentido intrínseco, pero lo cierto es que, lo queramos ver o no, existen. A propósito de esto, hace una semana, mientras volvía a casa por Tucumán, viví una situación más que llamativa. A mitad de cuadra, un tipo revolvía un tacho de basura, dejando un espacio muy reducido de la vereda para pasar. En esa encrucijada, un chico de unos cinco años que vestía una remera con el escudo de mi viejo jardín de infantes (El Salvador) me miró directo a los ojos. Era una réplica casi exacta mía. Tenía la misma mirada perdida que se puede adivinar en mis fotos de chico. Lo dejé pasar a él primero y seguí camino. Una vez del otro lado, pensé en cuál podría ser su nombre. Ni bien bajé la cabeza al piso (como suelo hacer), sobre una baldosa leí mi nombre grabado en el cemento todavía medio húmedo.

            Cuál puede ser el significado de ese arrebato esotérico, lo desconozco. Pero el sólo hecho de haber experimentado ese misterio de probabilidad inmensurable justifica su breve mención en estas páginas.

Thursday, October 27, 2016

WILDE SIDES







Lado A


            En el fin de semana me compré la obra Rhinocéros, de Ionesco. Al mejor estilo Saramago, la acción dramática gira en torno a que los habitantes de un pueblito francés se van transformando en rinocerontes. Ya desde las primeras páginas se plantea la situación en torno a los paquidermos, y en adelante sólo habrá un fluir de discusiones que oscilan entre lo absurdo y la credulidad del hecho fantástico, hasta alcanzar el paroxismo de una confabulación aplastante de la realidad. Entre líneas, subyace una crítica a los regímenes totalitarios y las consecuencias del (no) pensamiento de los movimientos de masas.

            Ionesco escribió la obra como respuesta frente a la transformación de sus conocidos durante el auge fascista en Rumania. Si bien ese es su punto de partida, también hace una clara alusión al período de la ocupación francesa. Sartre no pasa desapercibido como uno de los principales culpables de la eugenesia animal, ajustándose a la situación a pesar de poder comprenderla mejor que el resto.  

            Parece existir una relación a lo largo de la historia entre lo antropomórfico y la crítica a la censura. Incluso una vez superada, existe una necesidad imperante de disfrazar, o mejor dicho, maquillar la realidad, como si se tratara de ocultar una herida. O bien es una manera de mostrarnos el verdadero rostro de la violencia, la facilidad con la que se abre paso la intolerancia aglutinando la opinión de una mayoría frente al pensamiento individual. Esa bestia, en manos de Ionesco, no cuelga como un trofeo de cacería africana. Corre libre por los campos de la imaginación colectiva, haciendo que cada uno se pregunte si lo que se acerca es un rinoceronte de uno o dos cuernos. Y en cuanto más discernible sea la cuestión, menor será la distancia de acción.

Wednesday, October 19, 2016

PROCESIÓN EN EL AIRE






Hay algo terrible en ver un pájaro muerto


Son unos breves segundos, nomás
Instantes indecibles
En donde el cuerpo revive su acto final
Precipitándose a tierra como una gota de agua
Que se aplasta con un ruido sordo
Contra la nada misma:
El ocaso de la libertad.


Si caemos batiendo las alas
En este inútil duelo
Concedámonos, al menos
Un entierro en el cielo.



(Extracto de Diarios)
           

Monday, October 17, 2016

NOBEL VAGUE







Aucun homme ne mérite d’être consacré de son vivant
JEAN-PAUL SARTRE


            Media hora de la clase de filosofía hablando sobre el nobel de literatura. Un ping-pong entre el profesor y yo, en el que, por primera vez en dos meses, estamos de acuerdo. Dylan tiene bien merecido el premio. Si el criterio reaccionario es que la música o los artistas pop no son literatura, entonces ¿cuándo lo fue la Historia de Roma de Mommsen, la obra de Churchill, o el rechazo del ofrecimiento por La interpretación de los sueños? Cuando finalmente la academia sueca se propone redimirse, abriendo el espectro de posibilidades del género, llueven las críticas de siempre.

            Lo cierto es que el nombre del cantautor americano viene resonando desde hace no menos de cinco años. Es más, ahí por el 2012, lo mencioné al pasar en un texto a modo de reseña de Tomas Tränstromer. Aparte de sus canciones, uno puede acceder a dos textos[1] que, a pesar de mi fanatismo, distan bastante de hermanarse con el resto de sus composiciones.  Sin embargo, la etapa de los sesenta es digna de cualquier honor. Respecto a todo lo posterior, salvo excepciones, cumple con el requisito de longevidad en el oficio para ser candidato.

            Pero el tema que importa no es, a mi manera de ver las cosas, si Dylan merecía el nobel o no. Después de todo, ¿qué valor tiene esa especie de consagración que, como bien dio a entender el ficticio Mantovani, no hace otra cosa que convertir al hombre en estatua? Un premio que fue otorgado a miembros de su propia institución, pero negado al único que fue literatura en vida. Un premio que, curiosamente, fue concedido a no menos de ocho suecos. Ni siquiera hace falta poner en crisis la credibilidad de la talla de algunos de los galardonados, porque quiero mantenerme fiel a que la subjetividad es el factor común que llama al silencio.

Monday, September 28, 2015

MAUERSPECHT







            A las pocas horas de llegar a Berlín, caía el velo de la noche sobre la estación de Warschauer. Bajamos del tren sin saber del todo en donde estábamos, siguiendo a un chico turco que habíamos conocido en el hostel hacía apenas un rato. Nos dijo que se juntaba con unos amigos, y no nos quedó otra opción que ir a buscar un supermercado para comprar unas cervezas y ver qué nos ofrecía el destino esta vez.

            Dimos un par de vueltas por las góndolas, intentando elegir alguna de las treinta posibilidades con las que contábamos. Me decidí por una negra, pagué sin esperar al resto, y me fui a sentar afuera. A los pocos minutos brindábamos por nuestro arribo a la capital alemana, todavía suspendidos en esa sensación de euforia controlada. El misterio de la ciudad más fascinante del siglo XX se percibía en el aire, infiltrándose en los pulmones como largas, pesadas bocanadas de humo. Un sueño hecho de escombros.

            Bebimos durante media hora en esas escaleras, hasta que la gente decidió dispersarse y nos sentimos obligados a seguir a un grupo de berlineses que iban en dirección a la estación. Nos separamos en donde estaban los puestos de comida, y bajamos por Warschauer hasta Stralauer Alle, hipnotizados por el reflejo de neón azul de la torre de Universal. Alguien lo dijo, ¿quieren ver el muro?  Cruzamos la calle y bordeamos el Spree directo hacia la East Side Gallery. A medida que nos acercábamos, una inmensa pared cubierta de grafitis se levantaba serpenteado el río hasta perderse en la distancia.

            En ese momento, se me cruzaron un sinnúmero de recuerdos en la cabeza. Desde esa primera vez en que me contaron que mi tía Connie se había robado un pedazo del muro, las clases de geografía de tercer año sobre su levantamiento y caída, las películas y documentales que intentaron condensar en unas pocas horas veintiocho años de historia, las impresiones de personas que ya lo habían visto, hasta la famosa Mr Gorbachev, tear down this wall del nunca olvidado actor presidente.

            De golpe, como la realidad misma, lo tenía frente a mí. Me choqué con una bandera alemana que tenía tatuada una estrella de David encima, la marca imborrable de una nación cegada de orgullo y poder. A unos pocos pasos, quizás la imagen más llamativa de toda la galería, el estrambótico beso: dos políticos viejos, arrugados, medio calvos, fundiéndose en un pasional cuadro de amor por la paz – o bien haciéndose respiración boca a boca, en un intento por sobrevivir a lo inevitable.

            Así, la cinta de concreto iba revelando diapositiva a diapositiva una película de poco más de un kilómetro y medio de extensión, que no pudimos terminar de ver como consecuencia del gélido viento que había empezado a soplar. Teníamos todavía una semana para recorrer la ciudad, no había razón para apurarse a ver todo en la primera noche.

            Dos estaciones de tren más tarde, volvíamos a la habitación del hostel. Más allá de algunas fotos y el haber posado mis manos tímidamente sobre su superficie, no había tomado dimensión del impacto que el muro había tenido en mí. Nuestro primer encuentro había sido lo que es el volver a ver a un amor del pasado; uno de esos actos que se ensayan con antelación mil y un veces en la cabeza, tan sólo para que al suceder nada resulte del modo en que fue planeado. Sencillamente, no había estado a la altura de mis expectativas. Sólo con el correr de los días descubriría la verdadera Berlín, esa ciudad que sabe seducir a fuego lento, segura de que no conquista tanto por su apariencia como por su carácter, y que en cuanto menos uno lo espera, se encuentra completamente perdido en su ruinoso encanto disfrazado de futurismo trash.

Saturday, September 26, 2015

MÉNAGE À TROIS






I

HÖTORGSKONST


            Todo volvió a la normalidad. Esa fue la frase de la semana, y de tanto que la repitieron, algo de ella acabó por tener efecto en mí. Cada vez que me acercaba a atender el teléfono, leía el cartel que Lucas había pegado en su escritorio con esa leyenda, y me agarraban unas ganas casi irreprimibles de romperlo. No entendía muy bien por qué. La realidad es que no me importa mucho el fútbol, pero había algo en esa frase hecha que me irritaba. El día a día me lo fue enseñando, y yo lo pude percibir paulatinamente, como quien acostumbra sus ojos a la oscuridad. Me estaba hablando directamente a mí: la rutina se había reinstalado.

            En las primeras semanas, me sentía un completo extraño. No comprendía bien mi posición en el mundo. La transición de turista a lugareño no se produjo de manera inmediata, hubo todo un proceso de por medio. Hoy en día, ya recuperé algunas de mis peores costumbres, a saber: encender la tele y dejarla en mute, como si fuese una pintura cinética para distraerse mientras uno lee, escribe, o intenta componer algo en la guitarra; practicar compulsivamente lo que los japoneses llaman tsundoku – comprar libros para apilarlos y, eventualmente, tener la intención de leerlos -; dar quinientas vueltas antes de sentarme a hacer lo que tengo que hacer, o bien aplicar la máxima de Spinetta, mañana es mejor; y así hasta concluir en que tan sólo basta un mes para que se vuelva a caer en esa comodidad que uno se había propuesto eliminar de su vida.

            Incluso lo que escribo se me hace como una de esas pinturas de paisajes urbanos que se venden en las ferias, que parecen hechas en serie para ser vendidas a los turistas de Plaza Francia. Como Jung, sigo anotando en mi libro rojo ideas, imágenes o impresiones que tengo a diario, y cada tanto las leo para ver si se me ocurre algo nuevo que contar. Ocasionalmente, todavía me acompleja un poco sentirme plano. Cuando todavía estaba en la secundaria, con Mauro habíamos hecho un parcial de psicología sobre la memoria, y habíamos comparado a la mente con una corriente de agua, algo que, como ya dijo Heráclito, está en constante cambio, renovándose en un fino tándem con el tiempo. Sólo al sumergirse en ella, uno podía impregnarse de conocimientos. Con la vuelta a casa, quizás por una mera coincidencia estacionaria, encontré el río congelado. No me importó mucho, sinceramente. Si hay algo que aprendí con el paso de los años, es que la escritura tiene un proceso similar al de las viejas fotografías: un disparo mudo, que sólo se revela con la tinta.

            Así, no me cabe la menor duda de que a futuro pueda sentarme a poner en palabras todo lo que pasó en esos treinta y cinco días de estar a la deriva, sin pensar demasiado en todo lo que hacía, dejándome llevar por la intuición, como cuando uno intenta traducir del silencio una melodía. Lo cierto es que lo mío no es un talento natural, como sí creo que lo es el toque que Manu tiene para la cocina, o el ojo de Agus para la fotografía. Requiere esfuerzo, dedicación, horas de revolverme la cabeza para sacar a la luz un poco de todo ese caleidoscopio abstracto que no para de girar. También tiene mucho que ver el timing, esa descarga de adrenalina que me recorre el cuerpo cuando veo algo que me inspira, como cuando me choqué con la imagen titulada Ménilmontant, y por debajo un hombre negro vestido de hechicero de una tribu africana desconocida, una especie de Melquíades que andaba merodeando, accidentalmente, por las calles de París.


Saturday, September 5, 2015

GOBBLEDIGOOK




I


            Otra tarde lejos de casa, arrastrando una existencia que es ajena al tiempo. Dejamos las bicicletas contra unas rejas fuera del parque y caminamos hasta encontrar un lugar cerca de los pequeños lagos que nunca se aburren de calcar el mundo que los rodea. Yo no me asomo por miedo a que se apodere de mí. Algo me dice que lo mejor que puedo hacer es recostarme en el pasto y dejar que todo pase. Nos miramos un poco, sin hablar, y comprendemos ese pacto de silencio que sólo se permiten las largas amistades. Antes de cerrar los ojos, me pongo los auriculares y saco una foto del último plano previo a sumergirme en la música.

            En el Vondelpark, la luz es un camaleón que intenta confundirse con el arcoíris. Al principio, cae como una lluvia de bronce candente, hasta colmar el cielo negro de mi mente, y entonces los juegos abstractos de Kandinsky empiezan a fundirse en mi retina. La geometría se plasma como un dios en constante metamorfosis, y en ningún momento me propongo contradecirlo. Ella me lleva de la mano por lugares que ya visité mucho tiempo atrás, lugares que ni siquiera estoy seguro de recordar. No hay otra ley que la intuición, que cuadro a cuadro va retratando la historia de mi vida con su pirotecnia solar, y yo la revivo, y me adelanto unos cuantos pasos hacia el futuro, cruzando lo que parece ser un puente luminoso hacia la eternidad.

            Se apaga la música. Abro los ojos y ya nada es lo que era. Sobre un árbol que, como Narciso, está imantado a su propia imagen en las aguas, mis amigos matan las horas entre las ramas. Ahora, la luz cae sobre ellos, dándoles un tinte de fotografía de los años cincuenta. Están quietos, con la mirada perdida en los lienzos impresionistas del lago. Algo en todo eso me hace sentir que viajamos al comienzo de los tiempos, cuando todo lo que había era naturaleza. Los contemplo fascinado, y por unos breves instantes creo comprender el sentido de las cosas. Es una sensación, no una idea. Quiero saber cómo se siente, escuchar su melodía atonal. Quiero saber cómo suena el viento, cómo lo acompaña la percusión de las hojas, el glissando que ejecuta sobre la hierba, los coros de animales que dirigen las nubes en lo alto. Es una orquesta invisible, perfectamente sincronizada y sin solistas, como creo que será el recuerdo de la humanidad el día en que el ego finalmente muera, y nadie recuerde que alguna vez existieron los nombres.


            Al fondo, algo irrumpe la calma. Son otras voces que intentan hacerse oír, que piden una audición para unirse a la orquesta. Es el neerlandés, ese idioma que para mí son palabras sin ningún sentido. Observo la dirección de las nubes, buscando alguna respuesta. Entre uno de sus estanques, el sol se asoma y veo a mis amigos bajar del árbol. Uno dice que vayamos a buscar las bicicletas, y la burbuja eclosiona. Estamos de vuelta, prisioneros del tiempo, hijos huérfanos de nuestra propia invención.