Lado A
En el
fin de semana me compré la obra Rhinocéros,
de Ionesco. Al mejor estilo Saramago, la acción dramática gira en torno a que
los habitantes de un pueblito francés se van transformando en rinocerontes. Ya
desde las primeras páginas se plantea la situación en torno a los paquidermos,
y en adelante sólo habrá un fluir de discusiones que oscilan entre lo absurdo y
la credulidad del hecho fantástico, hasta alcanzar el paroxismo de una confabulación
aplastante de la realidad. Entre líneas, subyace una crítica a los regímenes
totalitarios y las consecuencias del (no) pensamiento de los movimientos de
masas.
Ionesco
escribió la obra como respuesta frente a la transformación
de sus conocidos durante el auge fascista en Rumania. Si bien ese es su punto
de partida, también hace una clara alusión al período de la ocupación francesa.
Sartre no pasa desapercibido como uno de los principales culpables de la eugenesia
animal, ajustándose a la situación a pesar de poder comprenderla mejor que el
resto.
Parece
existir una relación a lo largo de la historia entre lo antropomórfico y la
crítica a la censura. Incluso una vez superada, existe una necesidad imperante
de disfrazar, o mejor dicho, maquillar la realidad, como si se tratara de
ocultar una herida. O bien es una manera de mostrarnos el verdadero rostro de
la violencia, la facilidad con la que se abre paso la intolerancia aglutinando
la opinión de una mayoría frente al pensamiento individual. Esa bestia, en
manos de Ionesco, no cuelga como un trofeo de cacería africana. Corre libre por
los campos de la imaginación colectiva, haciendo que cada uno se pregunte si lo
que se acerca es un rinoceronte de uno o dos cuernos. Y en cuanto más discernible sea la cuestión, menor será la distancia de acción.
(Por
último, no va mucho al caso, pero me extraña que nunca se haya hecho una
versión argentina de la obra. De hacerse, el nombre, cae de maduro, debería ser
gorilas).
Lado B
En
otro libro, que no buscaba y su descubrimiento fue pura casualidad, encontré
los archivos secretos de más de tres docenas de escritores. Entre el sinnúmero
de facts y gossip, se destacaba uno por sobre el resto. Cuentan que, frente a
lo grotesco del miembro de la esfinge que hace las veces de tumba de Oscar
Wilde, este le fue amputado sin anestesia en un acto de vandalismo. A dónde fue
a parar, nadie lo supo, aunque corría el rumor de que acabó como pisapapeles
del cuartito de los guardianes del cementerio de Père-Lachaise. En ocasión del nuevo
milenio, un artista se encargó de fabricarle una prótesis de plata para luego
colocarla en una celebración de cuarenta minutos a la fertilidad. Re-membering Oscar Wilde.
(Extracto de Diarios)

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