Declaración del Señor M.R.
El
ocho de marzo de mil novecientos sesenta hemos venido a la República Argentina
mi mamá, mi papá, mi hermana y yo, por invitación de las dos tías, o sea de las
dos hermanas de mi mamá, que ya vivían acá, en Buenos Aires. Mi mamá, mi papá y
yo vivimos hasta mil novecientos sesenta y seis, y después regresamos a la Unión
Soviética, a excepción de mi hermana que se casó con un argentino, y tenía ya
un hijo. En el año mil novecientos ochenta y seis, una vez que hubieron muerto
mis padres en Ucrania, y teniendo en cuenta el accidente en Chernobyl y que yo
vivía a ciento treinta kilómetros de esa zona, yo le informé de la situación de
toda la contaminación a mi hermana que vivía en Buenos Aires, y así ella me
mandó una invitación en diciembre del mil novecientos ochenta y seis, y así yo
arribé a la Argentina en mil novecientos ochenta y siete. Yo, en Ucrania,
terminé la Facultad de lenguas extranjeras, y me recibí de profesor y traductor
de español, inglés y ruso. Ya desde joven estaba metido en la política de la
universidad, y había tenido problemas por discutir mis ideas con mis compañeros
de clase, cosa de jóvenes. El diez de agosto de mil novecientos ochenta y
siete, en barco soviético de carga, llegué a Buenos Aires, donde me encontraron
mi cuñado, mi hermana y su hijo, y me invitaron a vivir en su casa. Si bien yo
había venido por cuarenta y ocho días, ya tenía documentos argentinos, la
cédula de identidad, y me terminé quedando acá, en Argentina. Fui vendedor de
telas aquí, después encontré un trabajo de encargado de edificio, y pasé a un
trabajo más estable haciendo una suplencia en un garaje como ayudante del
encargado, donde sigo trabajando hasta hoy día. Luego trabajé como traductor,
con diferentes delegaciones de Georgia, Rusia, Ucrania, Inglaterra, la compañía
Esso, Fiat, y actualmente trabajo en un Centro Cultural de la Federación de
Rusia. Y en la cárcel de Ezeiza, como profesor de ruso, español e inglés. Ahora
bien, trabajando con las delegaciones, sentía que estaba siendo observado, y
después de eso, me empezaron a seguir constantemente, con provocaciones, por lo
que por medio del CELS, que si mal no recuerdo, es Centro de Estudio Legales y
Sociales, sí, sí, había hecho una denuncia contra los servicios de inteligencia
de Argentina en el año mil novecientos noventa y siete, pidiendo un habeas
data, que después de un año, me fue otorgado, en el que consta que tanto la
SIDE como la Policía Federal Argentina y otros organismos que en este momento
no recuerdo, pero relacionados con los servicios de inteligencia, no tienen
nada registrado en contra de mi persona. Seguido a eso, me han armado una causa
judicial falsa por las quejas que no me dejaban dormir los sábados, porque iba
a la comisaría número diez a quejarme, y ¡justamente la denuncia recayó en esa
comisaría! con la acusación de que yo amenacé de muerte, y que le había quemado
la mano a una persona. Por esto me detuvieron seis horas en la comisaría, por
averiguación de antecedentes, ya sabe. La denuncia contra mí fue hecha en
agosto o septiembre del año mil novecientos noventa y ocho. Después me mudé a
otro hotel, y estaba ocupado dando clases de español a emigrantes rusos, pero
en febrero de mil novecientos noventa y nueve, una vez que hube tenido tiempo,
yo mismo fui a un juzgado en la calle Lavalle entre Rodríguez Peña y Montevideo
para saber en qué andaba la causa. Cuando llegué ahí, me dijeron que la policía
ya no estaba buscando, porque no me había podido localizar porque yo me había
mudado de Lavalle y Sánchez de Bustamante a la calle Salguero y Gorriti, y me
puse a disposición del juzgado para poder ver la causa. En la causa se decía
que ni el médico forense ni otro médico pudo encontrar ninguna quemadura. El
documento que le seguía decía que el supuesto testigo no había estado en el
lugar de los hechos, pero que se lo habían contado a las veintitrés horas,
cuando en realidad había sucedido a las trece horas. Entonces pregunté en razón
de qué se seguía con la causa si no había indicio de quemaduras, y el supuesto
testigo no había estado ahí, y le dije además que si esta causa no había sido
armada a petición de los servicios de inteligencia de la República Argentina, y
que quería hablar con el juez para preguntarle a razón de qué se armaba la
causa. En dos días, la causa fue cerrada, y me dijeron que no quedaba registro
en mi legajo personal, y hice una copia de la causa. Pero eso no cambió nada,
porque el seguimiento por parte de los servicios de inteligencia continuó, con
robos de documentos. En el trabajo del garaje, por ejemplo, se habían enviado
personas de servicio de contrainteligencia para que me observaran y espiaran.
Uno se llamaba Cabrera, otro Cáseres, con ese, y había otros que no recuerdo
ya. Desde el año dos mil ocho, yo trabajo como profesor de idioma ruso en el
Centro Cultural de la Federación de Rusia, y eso, supuestamente, le ocasiona
cierto nerviosismo a los servicios de inteligencia, porque creo que suponen que
me bajan línea de ahí. Por eso los servicios de inteligencia envían cartas a la
Embajada de la Federación Rusa, y también se presentan personas para
desacreditarme en mi lugar de trabajo, con el sólo fin de desligarme de mi
fuente de trabajo. Este año, fui al extranjero. El servicio de la
contrainteligencia hizo todo lo posible para que yo no pudiera salir del país.
Una de las formas de amenazarme consistió en que, un día, cuando cargaba una
garrafa en bicicleta para llevarla al hotel en donde vivo, un colectivo me
empezó a cerrar, así, y una vez que me pasó, yo me tambaleé y terminé cayéndome
al suelo, con la garrafa. Este hecho no lo denuncié. Una vez en el extranjero,
yo también sentía el seguimiento de los servicios de contrainteligencia, y
estando en Milano me robaron plata de una manera muy especial. Dos personas,
hospedadas en la misma habitación que la mía, donde dejaron la copia del
documento, que era obligatorio, al entrar me decían hola, rruso, lo que me sorprendió porque jamás los había visto en mi
vida, y no entendía cómo sabían que yo era ruso. Otra cuestión que me llamó la
atención fue que me preguntaran cuántos días me iba a quedar. El día que me
robaron el dinero, me encontraba volviendo de Pisa a las veintitrés treinta
horas. Llegué a la habitación, que estaba toda oscura, dejé la riñonera en el
placard y fui al baño. Cuando volví del baño, un argentino me dijo que
agarraron la riñonera y que se habían ido volando. Intenté correrlos, pero no
los alcancé. Quiero decirle, además, que hace tres años, un inquilino, que
todavía sigue viviendo en el hotel, me amenazó con un cuchillo en el hotel
donde vivo actualmente, diciéndome que era un espía ruso, y que tenía que irme
del hotel, todo delante de la dueña, que se siente atemorizada por esta
persona. Usted no sabe lo que es esto, es una cosa de todos los días, algo
inaguantable. No es algo común, es algo apenas perceptible, son tipos que andan
todo el tiempo siguiéndote. Es complicado de entender. Lo sé, pero usted no
sabe, es difícil, muy difícil de explicar. Esperemos que esto, de alguna
manera, se pueda solucionar, ¿no?
(Extracto de Diarios)

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