Aucun homme ne mérite d’être consacré
de son vivant
JEAN-PAUL SARTRE
Media
hora de la clase de filosofía hablando sobre el nobel de literatura. Un
ping-pong entre el profesor y yo, en el que, por primera vez en dos meses,
estamos de acuerdo. Dylan tiene bien merecido el premio. Si el criterio
reaccionario es que la música o los artistas pop no son literatura,
entonces ¿cuándo lo fue la Historia de
Roma de Mommsen, la obra de Churchill, o el rechazo del ofrecimiento por La interpretación de los sueños? Cuando
finalmente la academia sueca se propone redimirse, abriendo el espectro de
posibilidades del género, llueven las críticas de siempre.
Lo
cierto es que el nombre del cantautor americano viene resonando desde hace no
menos de cinco años. Es más, ahí por el 2012, lo mencioné al pasar en un texto
a modo de reseña de Tomas Tränstromer. Aparte de sus canciones, uno puede
acceder a dos textos[1]
que, a pesar de mi fanatismo, distan bastante de hermanarse con el resto de sus
composiciones. Sin embargo, la etapa de
los sesenta es digna de cualquier honor. Respecto a todo lo posterior, salvo
excepciones, cumple con el requisito de longevidad en el oficio para ser
candidato.
Pero
el tema que importa no es, a mi manera de ver las cosas, si Dylan merecía el
nobel o no. Después de todo, ¿qué valor tiene esa especie de consagración que,
como bien dio a entender el ficticio Mantovani, no hace otra cosa que convertir
al hombre en estatua? Un premio que fue otorgado a miembros de su propia
institución, pero negado al único que fue literatura en vida. Un premio que, curiosamente,
fue concedido a no menos de ocho suecos. Ni siquiera hace falta poner en
crisis la credibilidad de la talla de algunos de los galardonados, porque quiero
mantenerme fiel a que la subjetividad es el factor común que llama al silencio.
Así y
todo, estimo que el premio nobel tiene una utilidad de suma importancia:
permitirnos acceder a la obra de escritores que, de otra forma, nos sería casi
imposible descubrir. De no ser por su influencia, jamás habría podido leer
muchos de los autores que contribuyeron a mi formación en todos estos años. Si
bien se trata de traducciones, la mayoría en neutro, representan una aproximación a otras culturas,
distintas formas de concebir la realidad. Y en cuanto más lejana sea la visión,
más incitante será el juego a la imaginación.
Entonces,
¿fue justa o adecuada la decisión? Aunque nadie pueda dilucidarlo, el propio
Dylan ya lo respondió años atrás, y nunca se cansará de soplarlo una vez más, the answer, my friend, is blowin’ in the
wind


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