Los
dos últimos años se había dedicado a armar una por día. Así le habían dicho que
tenía que ser. Los rituales de Oriente, muy pocos lo saben, requieren una
periodicidad especial, cronometrada con impecable precisión. La hora señalada marcaba
las cinco de la tarde, momento en el que una taza de té lo acompañaba en su
faena diaria, y entonces el reloj de arena comenzaba a preparar la infusión
mientras las manos se perdían en su ficción cotidiana hecha de papel. Si la
historia era real o no, no parecía importarle. Como en toda religión, los actos
de fe no se piensan; sólo se ejecutan. Un amigo suyo le había confesado el
secreto del país de sus ascendientes, aclarándole sin embargo que podía
tratarse de un dicho popular. Él prefirió descubrirlo por su cuenta, empezando
ese mismo día con la lectura de los antiguos pliegos. Una vez concluida, tomó
el tazón de porcelana y bebió al atardecer. Novecientas noventa y nueve veces.
Sus manos temblaban un poco, pero no había ni el menor defecto en la medida de
las líneas que, entre paralelos y meridianos de un mundo plano, recitaban las
últimas oraciones de una ceremonia en braille. Una vuelta, el triángulo en la
cúspide, y sus labios decretaron el silencio: sembazuru. Ni bien la apoyó en la mesa, el teléfono sonó una, dos,
tres veces hasta que lo alcanzó y, con cierto estupor, recibió la llamada.
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Kon’nichiwa.
Lo llamamos en nombre de la familia imperial para felicitarlo por sus mil
grullas, banzai. En los próximos días
recibirá por encomienda unas finas hebras de té cultivadas en nuestros
jardines.
Y sin
mediar respuesta, se cortó la comunicación. Unas semanas más tarde, un sobre se
deslizaba por debajo de la puerta. Al levantarlo, descubrió entre un montón de
kanjis, de puño y letra, el inconfundible sello del propio emperador.
Para Fran, que tuvo la genial ocurrencia.
(Extracto de Diarios)

Muy bien escrito che, voy a seguir explorando este territorio...
ReplyDeleteGracias, Esteban! (ya sabés con qué voz)
DeleteSoy Esteban de Py
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