Sunday, May 31, 2015

PERSONA







            Desde hace más de una década que padezco de una aguda obsesión por las biografías. Ni bien descubro una persona que me interesa, quiero saber todo lo que pueda de su vida. Me compro libros, leo artículos en sitios de internet, escucho horas de entrevistas, y consumo todo lo que exista dando vueltas por ahí. Mi sed de conocimiento es insaciable, y hasta que no hago el click del aburrimiento – que puede ser porque haya encontrado algo más interesante, o bien porque la información recabada me empieza a saturar un poco – la locura se disemina como la fiebre del oro.

            Las razones que se me ocurren son varias, pero se me antoja que la mejor explicación al respecto se halla en un parafraseo de la famosa frase de Duchamp, siempre son los otros los que viven. Muchos autores coinciden en que, para entender la obra de alguien, no hace falta conocer su vida personal. Y en eso no disiento, porque también estoy convencido de que una buena obra se justifica por sí misma, sin necesidad de un manual de texto o una guía telefónica de notas al pie. Que ayudan, tampoco lo niego, pero son totalmente prescindibles. Lo que a mí me interesa, particularmente, es buscar las raíces, observar el lento crecimiento, la gestación paulatina de la obra. Como autodidacta, mi única forma de aprender a hacer las cosas es viendo cómo lo hicieron otros. Si puedo comprender el proceso que llevó a cabo para concebir su arte, entonces puedo trasladar (a mi manera) eso a mi propio trabajo.

            Así, me vi ocupando gran parte de mi atención en leer la correspondencia de muchos de esos autores que más me influenciaron: T.S Eliot, Tranströmer, Steinbeck, Byron, Cortázar. En las dudas de un escritor de la talla de D. H Lawrence, o la inseguridad constante del joven Keats, encontré cierto consuelo a la hora de enfrentarme con mis propios temores. Incluso Spinetta, a quien nunca le falló la inspiración, aseguraba que temía perder el favor de la diosa blanca de Graves.

Saturday, May 30, 2015

THE SOUND & THE FURY







1977

            Se sienta con la mujer que nunca lo abandona y acaricia sus curvas de madera, suavemente. Sus dedos se deslizan poco a poco hasta posarse sobre su cabello, y lo cortan una y otra vez con el dulce filo de las uñas, acaso con la melodía de un río. El cambio inminente ya no sólo mojaba sus pies; ahora el agua marcaba su cuello, mientras él aguardaba impaciente el beso de la guillotina. A los 18 años, descubría que el amor es un hábil cerrajero que, de la noche a la mañana, modifica la cerradura sin que uno se pueda dar cuenta.

            Golpea tres veces la puerta de la eternidad, escucha una respuesta del otro lado, y ese sonido se graba por siempre en su cabeza. Agarra una cinta y la ata al tiempo, ese animal que había domesticado con las enseñanzas del canto y de la guitarra.

            Unos días más tarde, una chica recibe un cassette que receta lo que será la medicina contra todos sus males: música.

1966-67

            Las horas se dibujan entre pentagramas invisibles y viñetas de comics que nunca serán publicados. El chico tararea en clase, sin importarle que sus otros compañeros lo miren raro o se rían. Cuando vuelve a casa, su madre se sorprende al ver el don de diseñador de ventanas que tiene su hijo. Comprende que será un artista, y al poco tiempo le compran una guitarra. A unas pocas cuadras de su casa, asiste a sus primeras clases y aprende folclore y algunos lamentos de la plebe mexicana.

            A pesar de haber desenterrado su vocación, el dibujo no cesa. En esos años inventa uno de sus personajes más ilustres y perdurables: Argos, el hombre alado.

Sunday, May 24, 2015

MIL GRULLAS






            Los dos últimos años se había dedicado a armar una por día. Así le habían dicho que tenía que ser. Los rituales de Oriente, muy pocos lo saben, requieren una periodicidad especial, cronometrada con impecable precisión. La hora señalada marcaba las cinco de la tarde, momento en el que una taza de té lo acompañaba en su faena diaria, y entonces el reloj de arena comenzaba a preparar la infusión mientras las manos se perdían en su ficción cotidiana hecha de papel. Si la historia era real o no, no parecía importarle. Como en toda religión, los actos de fe no se piensan; sólo se ejecutan. Un amigo suyo le había confesado el secreto del país de sus ascendientes, aclarándole sin embargo que podía tratarse de un dicho popular. Él prefirió descubrirlo por su cuenta, empezando ese mismo día con la lectura de los antiguos pliegos. Una vez concluida, tomó el tazón de porcelana y bebió al atardecer. Novecientas noventa y nueve veces. Sus manos temblaban un poco, pero no había ni el menor defecto en la medida de las líneas que, entre paralelos y meridianos de un mundo plano, recitaban las últimas oraciones de una ceremonia en braille. Una vuelta, el triángulo en la cúspide, y sus labios decretaron el silencio: sembazuru. Ni bien la apoyó en la mesa, el teléfono sonó una, dos, tres veces hasta que lo alcanzó y, con cierto estupor, recibió la llamada.

Saturday, May 23, 2015

18.56





¿Y qué sana esa herida interna
Que sangra casi a diario por mi boca
Con el mismo sabor amargo y ferroso
Del cigarrillo al café?



(Extracto de Diarios)

Tuesday, May 19, 2015

LA VENGANZA DE SONTAG








Interpretation is the revenge of the intellect upon art


            Lo de la fotografía nunca fue lo mío. Más allá de conservar recuerdos de personas que ya no están, o el puro y simple placer estético que a uno le produce una determinada imagen, no le conocía otra utilidad. Si como dijo Wilde, all art is quite useless, entonces ya con esas dos premisas tenía un pretexto más para descalificarla como forma de arte. Un poco por mi pulso de Michael J Fox, y otro tanto porque no veía ningún mérito en ese método instantáneo de reproducir la realidad, mi ignorancia se negaba a permitir que me aventurara en ese mundo de pestañeos inmortales. Para ser sincero, aún hoy me guío más por esa máxima de vivir el momento en lugar de perdérmelo para captar esa nostalgia artificial que perturba tanto al recuerdo como al olvido.

            El primero en cambiar de religión fue Fran. Todavía recuerdo el día en que me mostró algunas de sus fotos y me preguntó qué me parecían. Era una galería en donde se abarrotaban distintos lugares de Buenos Aires. Miré todas, una por una, varias veces. Le contesté la verdad, que no sabía nada de fotografía y que no entendía cómo interpretar todo eso, pero que me gustaban. Él me dijo que no había nada que analizar, que con sólo verlas bastaba. Su respuesta, aunque no me terminaba de convencer, sirvió a modo de breve introducción.

            El gran paso, como siempre, vino de la mano de la literatura. Susan Sontag, a quien considero la más lúcida ensayista que haya leído, tenía como propuesta un tratado de la fotografía dividido en seis partes. Nadie pudo explicar mejor el oficio de disecar el pasado, no sólo poniendo a mi disposición un catálogo de fotógrafos que fui consumiendo al ritmo que corrían las páginas, o bien completando y expandiendo mi infantil visión de algo más complejo que un mero sentimiento de melancolía, sino que además supo darme la justificación de por qué los japoneses profesan con ciego fanatismo el politeísmo de las cámaras. Con mi nueva Biblia bajo el brazo, salí a ver el mundo con otros ojos.

Friday, May 8, 2015

ON MY CRAFT OR SULLEN ART







            Algunos creen, ingenua o simplemente por falsa modestia, que las cosas están dichas o escritas de antemano, y sostienen con vehemencia, como los ilusionistas, que en esa confesión insulsa radica la fórmula de la alquimia artística. Yo mismo me escuché (y leí) repitiendo esa estupidez más de una vez, cuando en realidad fue todo lo contrario. Con esto no quiero decir que todo lo que hice en mi vida fue fruto de un trabajo incansable, porque si tengo que ser sincero, la mayoría de las cosas que prefiero y siento que me representan mejor ocurrieron de manera casi instantánea e imprevisible. Sin embargo, hablar únicamente de espontaneidad implicaría pecar de vanidoso. Cuando me siento a escribir lo que sea, es innegable que detrás de eso hubo un proceso previo: palabras, expresiones, impresiones, texturas, conceptos, recuerdos, asociaciones inexplicables. La improvisación, espero estar en lo correcto, consiste en trazar esa senda invisible entre el blanco y negro que le dará voz al papel.

            ¿Qué rol juega, entonces, la inspiración? Si tengo alguna imagen (bastante común, aunque personal, por cierto), es la de un chico de diez años al borde de un estanque, pescando. Como ahora, en ese tiempo otro armaba las líneas por mí, y yo me sentaba a esperar que algo agitara las aguas. Y no soy el único que lo ve así; Keith Richards, con su fiel caña de cinco cuerdas Micawber, asegura que es un gran aficionado de la pesca, y que a veces se consigue agarrar algo, y otras más se vuelve con las manos vacías. Los dos, supongo yo, vivimos de esa romántica esperanza de capturar algún día al Gran Pez.    

Monday, May 4, 2015

LOS ARTIFICIOS






No puedo evitar preguntarme
Si es más sabia una hoja al viento
Que mil en libro

O si acaso la luna es algo más
Que toda su poesía reunida.


La luz es al color de las cosas
Lo que el pensamiento a su sentido.





(Fragmento de El tiempo de las uvas)

Friday, May 1, 2015

KENSHO



Foto de Lautaro Flaxer - Tailandia




En la cumbre
todo se ve tan mínimo.
           

            Es así. A veces, la realidad se siente así, inexplicablemente absurda. Absurda porque todo lo que hacés carece de un sentido intrínseco; es darle cuerda al reloj que bombea sin parar en esa guerra constante que se gesta en tu pecho.

            El mundo, que nunca deja de contarse su propia historia porque tiene miedo de irse a dormir y no despertar, te pide que lo justifiques de alguna manera. No importa cómo, con tu vida basta.

            Lo que él no sabe, es que muchas veces no tenés nada que decir, nada que pensar, nada que sentir. Un calor sofocante te obliga a hibernar, y los acordes y el canto interior enmudecen. Es el silencio, el insoportable silencio, otra vez.
           

            Tengo que admitir que, muchas veces, fui víctima de todo eso. Un miedo indescriptible que sentía desde chico cada vez que me imaginaba la eternidad. Una mano invisible me estrangulaba hasta casi asfixiarme, sólo para soltarme cuando agarraba la almohada y me tapaba la cabeza para esconderme del umbral oscuro de la noche. Nunca pude llegar a explicárselo a nadie, jamás me atreví a confesar que alguien me venía a visitar cada vez que me ponía a pensar demasiado, y me golpeaba violentamente hasta la inconsciencia del sueño. A falta de una palabra para describirlo, lo llamaba Lo universal.  

            Con el tiempo lo entendí, y hasta llegué a abrazarlo. Yo era lo universal. Me tenía pánico a mí mismo.