Desde
hace más de una década que padezco de una aguda obsesión por las biografías. Ni
bien descubro una persona que me interesa, quiero saber todo lo que pueda de su
vida. Me compro libros, leo artículos en sitios de internet, escucho horas de
entrevistas, y consumo todo lo que exista dando vueltas por ahí. Mi sed de
conocimiento es insaciable, y hasta que no hago el click del aburrimiento – que puede ser porque haya encontrado algo
más interesante, o bien porque la información recabada me empieza a saturar un
poco – la locura se disemina como la fiebre del oro.
Las
razones que se me ocurren son varias, pero se me antoja que la mejor
explicación al respecto se halla en un parafraseo de la famosa frase de
Duchamp, siempre son los otros los que
viven. Muchos autores coinciden en que, para entender la obra de alguien,
no hace falta conocer su vida personal. Y en eso no disiento, porque también
estoy convencido de que una buena obra se justifica por sí misma, sin necesidad
de un manual de texto o una guía telefónica de notas al pie. Que ayudan,
tampoco lo niego, pero son totalmente prescindibles. Lo que a mí me interesa,
particularmente, es buscar las raíces, observar el lento crecimiento, la gestación
paulatina de la obra. Como autodidacta, mi única forma de aprender a hacer las
cosas es viendo cómo lo hicieron otros. Si puedo comprender el proceso que
llevó a cabo para concebir su arte, entonces puedo trasladar (a mi manera) eso
a mi propio trabajo.
Así,
me vi ocupando gran parte de mi atención en leer la correspondencia de muchos
de esos autores que más me influenciaron: T.S Eliot, Tranströmer, Steinbeck,
Byron, Cortázar. En las dudas de un escritor de la talla de D. H Lawrence, o la
inseguridad constante del joven Keats, encontré cierto consuelo a la hora de
enfrentarme con mis propios temores. Incluso Spinetta, a quien nunca le falló la
inspiración, aseguraba que temía perder el favor de la diosa blanca de Graves.






