Segunda estadía armoricana.
Esta vez, al capricho del invierno y sus cielos de cemento líquido,
listos para derramarse sobre el mar que nunca está seguro cuánto
tomar y cuánto dejar en cada uno de sus besos blancos.
La ausencia de conexión a
internet fomenta el tiempo para la lectura, la caminata y la
reflexión. Hay demasiadas horas para matar y pocas armas letales.
Pienso continuamente en un futuro viviendo en estas costas.
Una mañana subimos los
acantilados de la izquierda. En algún momento del trayecto
alcanzamos una caída de su manto de rocas. Parece el escenario del
merodeador en el mar de bruma de Caspar Friedrich.
Saint-Malo. La muralla de la
ciudad esconde su casco histórico celosamente. Al salir del auto,
una fina capa de agua nos va mojando hasta que alcanzamos un
restaurante para almorzar. Mejillones al roquefort y una lata de
cerveza Chat-Malo.
Más tarde, continuamos la
procesión hacia las almenas. Al horizonte, unido a la playa por un
estrecho camino de piedra, emerge una gran roca donde yacen los
restos de Chateaubriand. La marea está un poco alterada y tenemos
que esperar un rato para cruzar la serpiente rocosa hacia la Grand
Bé. Las aguas se serenan, pero no así la lluvia y el viento que
arrecian cada vez más intensamente en un desolador paisaje céltico.
Por unos momentos no sabemos si estamos en Bretaña o en Irlanda. A
la vera del sendero, la tumba de un reciente desafortunado sirve de
prólogo a la del famoso escritor. Un muro en ruinas completa la
escenografía romántica previo al encuentro con la cruz de granito
sin nombre, a pesar de la placa adosada a una pared de la roca donde
se intenta vanamente desterrarlo de su anonimato. Tantos años atrás,
sólo era la foto de mi libro de tumbas de poetas y pensadores de
Nooteboom. Hoy escucha también mi cuerpo entumecido la voz imponente
del vendaval.
Los
Restos
Uno puede pasarse toda la vida
envidiando la suerte de los
muertos.
Sin nada más que pensar,
sólo tener ojos para los
sueños
y que el cuerpo respire la
brisa
empapada de la sal que deposita
el mar.
Vivir es morir todos los días
un poco,
mas morir parece un vivir por
siempre
pero de una manera agradable,
lejos de las ausencias,
cerca de todo y de nada a la
vez,
como si uno pudiera distinguir
la línea que separa el cielo
de la tierra
y, afortunadamente,
existiera un alma.
(Extracto de Diarios)