Asado
en una tarde de domingo. La mesa es visitada esporádicamente por
saqueadores de picada. Un vaso de vino me acompaña. Bebo sorbos
pequeños, intermitentes, como si cada uno marcara el lento
movimiento del sol hacia el horizonte. A un costado, restos de diario
apilados por si falta material para el fuego. Una vieja foto atrapa
mi atención. Creo reconocer a alguien ahí. Agarro el papel y
confirmo mi presentimiento. Es Nick Drake, junto a su madre y su
hermana. Por encima de la hoja leo Encuentro
en Marrakesh.
Ni siquiera sabía que había viajado a Marruecos. Ni tampoco que
había conocido allí a los Rolling Stones y que les había tocado
unos temas. Cinco artículos en dos páginas con algunos testimonios
y relatos que intentan poner luz sobre esa enigmática personalidad
que nadie supo describir mejor que su madre en el poema The
shell.
Eufórico, pregunto de quién
es el diario y si puedo quedármelo. Sorprendidos por mi actitud,
nadie se opone. No conocen a Nick, jamás escucharon su nombre. Yo,
como cualquiera que haya tenido el privilegio de oír su música,
tampoco creo conocerlo. O sí, porque no conozco otro artista que se
haya convertido tan fielmente en su obra.
Devoro las notas y, satisfecho
con mi afortunado descubrimiento, pliego varias veces el diario hasta
que alcanza el tamaño de mi bolsillo, para luego atesorarlo. Lo
salvé de las llamas, pienso. Si tan sólo las personas pudieran
volver como las cenizas al papel.
(Extracto de Diarios)
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