Saturday, November 17, 2018

CUENTAS PENDIENTES





Dicen que los turistas sólo van a conocer el Canal. Más allá de ser un hito de la ingeniería, que creo apreciar desde mi vasta ignorancia, existen pocas cosas menos entretenidas que contemplar cerca de media hora un barco que es elevado por medio de unas esclusas. Quizás lo sea estando en la embarcación. Fue lo último que hice en ese enero de 2016 por Centroamérica.

Esto me viene a la mente a propósito de un documental sobre Panamá que vi ayer. Yo tampoco visité extensamente el país, circunscribiendo mi estadía a la burbuja de Bocas del Toro y la ciudad capital, sin contar unas horas de espera en el aeropuerto de David y la ruta hacia la tétrica ciudad fronteriza Sixaola. Algunos compatriotas elogiaron San Blas, que nada tiene que ver con la canción de Maná, y de haber tenido unos días más probablemente habría estado en mis planes futuros.

Recuerdo la calidez del pueblo panameño, a pesar de los infaltables oportunistas que siempre buscan rascarte un dólar más del bolsillo. También el extenso puente que dividía la capital en dos distopías con sus inmensas agujas de cristal, el casco histórico y sus pintorescas casas coloniales desfilando en una noche sobria que constantemente amenazaba con un diluvio; y una espléndida vista de la bahía desde un piso sesenta y ocho con un gin tonic en la mano.

¿Y el Canal? Una parada obligatoria, nada más. Hoy, sabiendo que Gauguin trabajó brevemente en su temprana construcción, el misticismo de la colosal obra crece en mi imaginario a la sombra de otra leyenda. Destaca incluso un escritor de buena fama que allí habría contraído la enfermedad que más tarde lo llevaría a morir en su paraíso (perdido). Una mujer de sexo rojo, refiere en su libro. Más bíblico, imposible.

Dicen que los turistas sólo van a visitar el Canal. De las otras cosas, mejor callar.


(Extracto de Diarios)

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