Esta
mañana leí los limones,
un poema que integra Huesos
de sepia
del italiano Eugenio Montale. Al terminarlo, tuve la sensación de
que se trataba de los mismos versos que busco desde siempre pero que
están fuera de mi alcance no sólo porque ya otro lo dijo, sino
también por la distancia que impone la traducción. Sin embargo, ahí
estaba en la Liguria, recorriendo con mis ojos la inmensidad de esa
ilusión que nos regala la prisión de las letras, embriagándome con
el perfume de un recuerdo que no existe. Era, más bien, un viaje en
tren de Aosta a Milán, el mismo que me obsequió el verano con sus
verdes oliva, sus cielos que interpretaban siete personajes distintos
y las ventanas mediterráneas que me acechaban con el misterio de lo
infinito. Así funciona la imaginación, trastocando la memoria y
reemplazando piezas de un rompecabezas con otro.
Lo
importante, de todas formas, fue la sensación de pertenencia que me
causó, reafirmar la decisión que tomé hace ya muchos años de
dedicar mi vida a construir gemas inasibles, puertos inabarcables,
manantiales inagotables en donde cualquiera pueda admirar, reposar y
saciar la sed verdadera, que no es otra que la voz de la experiencia.
(Extracto de Diarios)
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