Ese verano habían ido a pasar unos días en su chalet de La Rosière, un pueblito colgado en los Alpes próximo a la frontera con Italia. Mientras los padres descansaban después del almuerzo, las niñas jugaban afuera en la vasta falda de la montaña. Los límites entre un terreno y otro no existían en su imaginación, todo era un gran jardín comunitario, un verdadero mundo sin fronteras. Así fue como, entre la frondosidad del bosque, unos pequeños frutos azulados escondidos entre los arbustos llamaron su atención. Myrtilles !, gritó la mayor y las tres se abalanzaron a recoger los arándanos salvajes que parecían haber esperado todo ese tiempo para encontrarlas y terminar en la tarta que cocinarían para deleitarse a la hora del té. Uno a uno iban recolectando los preciados diamantes de lápiz lázuli, cuando una voz calló repentinamente el quejido del arbusto indefenso. Eh, bien, vous aimez les myrtilles ?, preguntó, y las niñas al darse la vuelta vieron al anciano que las observaba fijamente. Oui, monsieur, respondió tímidamente la mayor tras unos segundos de vacilación. Et ben, nous aussi, continuó el geronte, mais ce sont nos myrtilles, las reclamó para sí , et moi je veux les manger, alors, allez-vous en !, y las echó de su propiedad, robándoles sus deliciosas gemas y su tarta de arándanos, sólo para marcarles los límites que existen entre un terreno y otro, entre un adulto y un niño y, sobre todo, entre un vieux de m... y un tierno abuelito.
(Extracto de Petits carrés de pamplemousse)

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