La inspiración existe,
pero tiene que encontrarte trabajando
PABLO PICASSO
A
veces, de tanto pensar, me cuesta escribir. Es algo sumamente complicado de
explicar, porque a pesar de todo, sigo haciéndolo. No lo hago a diario, pero sí
cuando siento que necesito sentarme a tratar de darle algo de sentido al
desorden que tengo en mi cabeza. Las ideas se me van juntando, apilando unas
sobre otras, y yo, con mi pésimo talento para armar rompecabezas, junto los
bordes como puedo y voy viendo, poco a poco, el contorno de esa especie de
ansiedad frenética que no me deja en paz hasta que, casi milagrosamente, logro
materializarla.
Es
así. Se te fija que tenés que ponerlo en papel y empieza el problema: ¿voy a
poder decir lo que siento realmente, o me voy a resignar a que, como la
escritura es un lenguaje distinto al pensamiento, en la traducción se va a
perder la esencia de mis sensaciones? Y las frases, ¿cuál va a ser el
equilibro? ¿Voy a tener la palabra justa y necesaria, o voy a conformarme con
creer que lo que sale al final es mejor
de lo que imaginaba, y entonces puedo quedarme tranquilo con eso? La respuesta,
se me ocurre, es que todo eso muere en el proceso. Lo que importa, como con la
materia misma, es que las cosas se transformen y se adapten a aquello que,
quiero sospechar, les asigna el destino.
Hoy,
mientras volvía a casa, casi como por generación espontánea me surgió algo:
Estoy hecho de un montón de sueños sólidos,
siempre a punto de evaporarse.
Alguien
me la regaló. No era mía, pero ahora lo es. Ya está ahí y espera que yo la
recuerde, la mutile o, en el más común de todos los casos, la devuelva al olvido.
Al principio me parece un tanto estúpida, pero de todas formas quiero
comprender qué me llevó a construirla. Lo primero que se me ocurre es que
existe alguna relación entre sueños
sólidos y la canción Solid air. Pero
más allá de lo absurdo de su origen, ¿qué es un sueño sólido? No tengo ni la menor idea, e intento adivinar el
secreto que se esconde entre la transparencia inmaterial de la mente y la forma
que le doy en la realidad al volcarlo artísticamente. En esa contraposición
casi inconcebible reside mi interés, en que uno se genere la misma pregunta que
me acabo de hacer.
La
segunda parte, que parece completar un falso pareado, es lo que más dudas me
genera. Lo sólido no se evapora. En
todo caso, sublima. Corrijo el verso
y me lo repito.
Estoy hecho de un montón de sueños
sólidos, siempre a punto de sublimar.
No.
No suena bien, y la musicalidad de las palabras es indispensable. Quizás mi
negación esté ligada a la frase hecha de que las cosas se evaporan cuando queremos referirnos al hecho de que
desaparecen. No me importa ni un poco que existan las licencias, hay algo que
no termina de cerrarme, y decido que sueños
sólidos bien puede ser el concepto de un futuro poema y nada más.
Ahora
bien, si tengo que ser sincero, cuando me senté frente al monitor, mi verdadera
intención era escribir algo que me pasó el sábado mientras tomaba un té a eso
de las cuatro de la tarde. Había ido para estudiar, pero el folclore de esa
tarde de otoño arrastraba el sonido de una ensoñación. Entre sorbo y sorbo, las
voces del resto de las personas me distraían constantemente, hasta que solté lo
que estaba leyendo y me perdí en el retrato de la ventana. La calle desierta
con su alfombra de sol se iba enrollando lentamente mientras una familia de
árboles disfrutaba de su sesión gratuita de depilación. Las hojas, antes de ejecutar
sus clavados perfectos al mar de adoquines, practicaban una y otra vez infinitos
saltos mortales. De repente, me quedé hipnotizado por la absoluta simpleza del
paisaje, la maravillosa contemplación del arte de la naturaleza. Y en el preciso
instante en que la introspección iba a desnudarse completamente frente a mí
como un cuerpo inasible, un rostro lo suficientemente atractivo sedujo mis ojos
a traicionarme. El momento, la lucidez y la belleza de la mujer se perdieron
por la otra esquina.
No sé
qué pensar de todo esto. Lo único que sé es que todo lo que quería era escribir un poema
sobre una tarde de otoño, hasta que un delirio hecho de sueños sólidos me
interceptó en el camino de vuelta a casa, y ahora sólo me puedo convencer de
que las dos cosas se amalgamaron en algo que jamás habría podido imaginar.
A
veces, sentir es la mejor forma de pensar.
(Extracto de Diarios)

No comments:
Post a Comment