I had a dream, which was not all a dream
LORD
BYRON, Darkness
Prendo la tele y leo el graph, Erupción del volcán Calbuco. Siempre Chile, siempre la Patagonia a
punto de extinguirse. Dicen que el día no llegó a Villa La Angostura, y en mi
cabeza no dejan de circular los recuerdos del 2011, cuando San Langosta (como lo llama Lautaro) se cubrió de una lluvia de cenizas.
La precipitación de hormigas blancas (la metáfora no es mía) devoró todo el
paisaje, y nadie podía decir a ciencia cierta cuándo las cosas iban a poder volver
a su estado original. La verdad es que nunca fui a Villa La Angostura, pero lo
cierto es que en el viaje que hice al Sur en enero de 2014 descubrí rincones
paradisíacos de los que jamás voy a poder olvidarme. Ocho mil kilómetros en
dieciocho días arriba de dos autos, senderos de experiencias alucinógenas, historias
de vida al desnudo, Fragments of time
bordeando cordilleras con el peso de atardeceres inefables a sus espaldas, y
los pactos de amistad renovándose en cada destino, con sus puteadas y
reproches, pero reforzándose a medida que la distancia avanzaba, y nosotros,
siete pibes recorriendo la inmensidad, acercándonos más y más sin sospecharlo.
La
imagen es desoladora. Otra vez no llega
el día, y una sensación de vacío me obliga a apagar la televisión, esa caja
de luces que lo único que hace es descomprimir los colores del arcoíris para
explicarnos que no hay nada mágico en el mundo, que todos son fenómenos racionales.
Camino hasta el balcón y me siento a contemplar el cielo. Mi mente divaga. El
pasado me invade, como siempre.
Doscientos
años atrás, un volcán de Indonesia entraba en erupción. El Tambora tenía una
resaca milenaria, y no había tenido mejor idea que vomitar un apocalipsis de
cenizas con abstinencia de peregrinaje. No está de más decir que el viento se
divirtió esparciendo el desastre alrededor del mundo, y para el verano de 1816
los europeos se vieron privados de las visitas diarias del sol. La pandemia
volcánica, diagnosticada por muchos creyentes e incluso agnósticos como un
presagio del fin de los tiempos, obligó a que la humanidad se resguardara en
sus casas en lo que se extendió la estación invisible.
Sin
embargo, en Italia un grupo de amigos inició una competencia sin precedentes. El
objetivo era simple: escribir la mejor historia de terror posible. Mary Godwin,
con poco más de veinte años, cristalizó uno de los clásicos universales de la
literatura con su Frankenstein or The Modern
Prometheus (adelantándose un par de años a la mitología desencadenada de su
pareja). Lord Byron, siempre abocado a su escritura prolífica, vio nacer un
poema que titularía A Fragment, y que
acabaría anexando a modo de apéndice de otra obra suya, Mazzepa. El otro huésped de la mansión de Shelley (también conocido
como el hereje desterrado), John
William Polidori, utilizaría al poema de Byron para desarrollar un texto que
sería el precursor del género vampiresco. The
Vampyre, fuertemente inspirado en la figura del poeta promiscuo, abriría la
puerta a un sinnúmero de autores del futuro, entre ellos al irlandés Bram
Stoker y su inmortal Dracula. Todos y
cada uno de los rasgos de los vampiros, de ahí en adelante, serían un calco de
la figura de Byron. Tristemente, ya casi nadie bebería del cáliz hecho de un
cráneo humano con plena conciencia del nombre de la persona que había iniciado
el rito.
El
cielo se cubrió de nubes por un rato. Me pregunto cuánto tardarán en llegar las
cenizas acá, los restos del naufragio de ese bosque que alguna vez me enseñó
que la belleza no está escondida en las cosas, sino en los laberintos de
nuestra mente. Hace poco más de un mes escribía una especie de crónica sobre mi
experiencia en el Lollapalooza, y hablando de un rayón de magma y una cadena de
montañas en el firmamento que me hacían rememorar a Los Alerces, no era consciente
de que ese mismo día el paraíso ardía con la impotencia de un infierno que
Agustín, fiel devoto del parque nacional, no podría apagar ni con todas sus
lágrimas hechas de felicidad.
Nada
sirve de consuelo. Si el mundo arde, sólo espero que alguien, al menos, pueda
apagar las llamas con un diluvio de tinta.
(Extracto de Diarios)

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