Friday, April 24, 2015

OTRO AÑO SIN VERANO







I had a dream, which was not all a dream
LORD BYRON, Darkness


            Prendo la tele y leo el graph, Erupción del volcán Calbuco. Siempre Chile, siempre la Patagonia a punto de extinguirse. Dicen que el día no llegó a Villa La Angostura, y en mi cabeza no dejan de circular los recuerdos del 2011, cuando San Langosta (como lo llama Lautaro) se cubrió de una lluvia de cenizas. La precipitación de hormigas blancas (la metáfora no es mía) devoró todo el paisaje, y nadie podía decir a ciencia cierta cuándo las cosas iban a poder volver a su estado original. La verdad es que nunca fui a Villa La Angostura, pero lo cierto es que en el viaje que hice al Sur en enero de 2014 descubrí rincones paradisíacos de los que jamás voy a poder olvidarme. Ocho mil kilómetros en dieciocho días arriba de dos autos, senderos de experiencias alucinógenas, historias de vida al desnudo, Fragments of time bordeando cordilleras con el peso de atardeceres inefables a sus espaldas, y los pactos de amistad renovándose en cada destino, con sus puteadas y reproches, pero reforzándose a medida que la distancia avanzaba, y nosotros, siete pibes recorriendo la inmensidad, acercándonos más y más sin sospecharlo.

            La imagen es desoladora. Otra vez no llega el día, y una sensación de vacío me obliga a apagar la televisión, esa caja de luces que lo único que hace es descomprimir los colores del arcoíris para explicarnos que no hay nada mágico en el mundo, que todos son fenómenos racionales. Camino hasta el balcón y me siento a contemplar el cielo. Mi mente divaga. El pasado me invade, como siempre.

            Doscientos años atrás, un volcán de Indonesia entraba en erupción. El Tambora tenía una resaca milenaria, y no había tenido mejor idea que vomitar un apocalipsis de cenizas con abstinencia de peregrinaje. No está de más decir que el viento se divirtió esparciendo el desastre alrededor del mundo, y para el verano de 1816 los europeos se vieron privados de las visitas diarias del sol. La pandemia volcánica, diagnosticada por muchos creyentes e incluso agnósticos como un presagio del fin de los tiempos, obligó a que la humanidad se resguardara en sus casas en lo que se extendió la estación invisible.


            Sin embargo, en Italia un grupo de amigos inició una competencia sin precedentes. El objetivo era simple: escribir la mejor historia de terror posible. Mary Godwin, con poco más de veinte años, cristalizó uno de los clásicos universales de la literatura con su Frankenstein or The Modern Prometheus (adelantándose un par de años a la mitología desencadenada de su pareja). Lord Byron, siempre abocado a su escritura prolífica, vio nacer un poema que titularía A Fragment, y que acabaría anexando a modo de apéndice de otra obra suya, Mazzepa. El otro huésped de la mansión de Shelley (también conocido como el hereje desterrado), John William Polidori, utilizaría al poema de Byron para desarrollar un texto que sería el precursor del género vampiresco. The Vampyre, fuertemente inspirado en la figura del poeta promiscuo, abriría la puerta a un sinnúmero de autores del futuro, entre ellos al irlandés Bram Stoker y su inmortal Dracula. Todos y cada uno de los rasgos de los vampiros, de ahí en adelante, serían un calco de la figura de Byron. Tristemente, ya casi nadie bebería del cáliz hecho de un cráneo humano con plena conciencia del nombre de la persona que había iniciado el rito.

            El cielo se cubrió de nubes por un rato. Me pregunto cuánto tardarán en llegar las cenizas acá, los restos del naufragio de ese bosque que alguna vez me enseñó que la belleza no está escondida en las cosas, sino en los laberintos de nuestra mente. Hace poco más de un mes escribía una especie de crónica sobre mi experiencia en el Lollapalooza, y hablando de un rayón de magma y una cadena de montañas en el firmamento que me hacían rememorar a Los Alerces, no era consciente de que ese mismo día el paraíso ardía con la impotencia de un infierno que Agustín, fiel devoto del parque nacional, no podría apagar ni con todas sus lágrimas hechas de felicidad.

            Nada sirve de consuelo. Si el mundo arde, sólo espero que alguien, al menos, pueda apagar las llamas con un diluvio de tinta.



(Extracto de Diarios) 

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