RAISE HIGH THE INNOCENCE, SALINGER
I suspect people of plotting to make me happy
Acá, yo con mi gorro rojo de carnicero comunista o cocinero
búlgaro, como dice mi viejo. Un poco de Arcade Fire para llenar el vacío.
Agustín se acaba de ir. Lo último que me dijo fue ¿sabés que habla de los putos?, a propósito de We exist. Sí, ¿no viste el
video? Un toque obvio, aunque yo le puse otra interpretación. Una de las
cosas geniales del arte es eso, poder interpretarlo de distintas maneras,
adaptarlas a nuestra vida, nuestro lenguaje, y hacerlo propio, poder compartir
una experiencia sin que necesariamente una de las partes lo sepa.
Todo
lo que dije hasta recién no lo tenía en mente al momento de sentarme, pero me
gustó explayarme sobre algo que no había pensado de antemano. Lo dejé ahí
porque tampoco buscaba llegar a algún tipo de conclusión al respecto. Lo
esencial en la escritura, me atrevo a decir, es dejar cosas sin decir; es tanto
o más importante que lo que se dice. Y eso no sólo pasa con los cuentos, como
sugiere Cortázar en su poética sobre dicho género, en donde lo compara con la
fotografía.
A los
trece años fue la primera vez que escuché su nombre. A los veinte me sugirieron
leerlo. Decliné el ofrecimiento porque no estaba interesado en ese tipo de
novelas, estaba ocupado tratando de terminar otras cosas más densas, cosas tan
incomprensibles como la inexplicable llegada de Odiseo un 16 de junio a una
Ítaca únicamente verde por el color de su bandera y esa flor de cuatro pétalos
(hojas) que, como la buena fortuna de esa tierra, no existe.
Es un
sábado patrio, un día como cualquier otro (aunque muchos pretendan embanderarse
de un sentimiento nacionalista que, a mi parecer, es tan absurdo como la
fragmentación del mundo en países). Mi viejo cumple años, cincuenta y seis –
ahora sí tiene algo de sentido decirle viejo.
Terminamos de almorzar y nos ponemos a caminar por ahí, perdiéndonos entre las
encrucijadas calles colapsadas de gente imantada a las baratijas de una feria
de triste reminiscencia árabe, sólo para salir por alguna perpendicular adoquinada (necesité cuatro minutos para
encontrar esta palabra; la forma de encontrarla fue “piedras isla Martín
García” en Google...) de San Telmo. En eso recuerdo que estoy a pocas cuadras
de Walrus, así que me mando sin pensarlo mucho, diciéndole al resto espérenme acá, ya vengo. Entro al lugar
y tras un breve saludo me pongo a orbitar alrededor de las estanterías
sobrepobladas de libros. Hago la del archivador,
uno por uno, pero no encuentro nada (tengo una manía con encontrar las cosas
por mi cuenta). Me rindo y le digo a la chica que atiende Disculpá, ¿Salinger?, como si ella pudiese presentármelo ahí mismo,
como si esperase que lo sacara del bolsillo y me dijese acá, acá, bobito. Se para y sube las escaleras. Ahí siempre flasheo
la de Notting Hill de chorear un libro, pero mierda que existe algo que se
llama moral que no deja de taladrarme la conciencia, y el imperativo categórico
de hay cosas que no se hacen ni en joda,
ni aunque a último momento lo devuelvas y le digas “ojo que puede pasarte, sólo
te lo quería hacer a modo de advertencia”. Guardo las manos en los
bolsillos para no tentarme y sigo relojeando los libros de ética y religión,
por donde sabía que residía Pilgrim’s
Progress, el clásico herético de Bunyan que sólo quiero leer para irritar a
mi hermano mayor. La chica baja y me muestra el menú: The catcher in the rye, Franny and Zooey,
Raise high the roof beam, carpenters and Seymour: an Introduction y Nine Stories. Le pregunto a cuánto están. Cincuenta cada uno. Los
llevo todos (la historia verdadera es que sólo me llevé The catcher porque me había olvidado la billetera y el resto los
compré el martes siguiente, pero ni ganas de contar todo eso. Long live
fiction). No hay nada más interesante (si es que puede considerarse como tal a todo lo
anterior) que contar sobre ese día en particular.
Toda
esa semana me dediqué a leer The catcher
(ya me está cansando que la computadora insista en ponerle una tilde a catcher, es irritante) y rayando la
tarde del viernes mi voz me decía It’s
funny. Don’t ever tell anybody
anything. If you do, you start missing everybody. Sí, es así, no hay duda al respecto, aunque lo mío sea
al revés: yo extraño a todo el mundo y por eso me la paso contando lo que me
pasa. Las personas con las que hablé antes de leerlo me habían remarcado el
hecho de que no iba a suponer el mismo impacto leerlo a los veintitrés años de
edad que haberlo hecho durante mi adolescencia. Lo cierto es que es muy poco probable que
haya salido completamente de esa etapa de mi vida. Es más, francamente no creo
haber abandonado la niñez en muchos aspectos. Pero hagamos de cuenta que sí,
que soy un adulto de veintitrés años (casi veinticuatro) que va a
someterse al mundo de un adolescente de dieciséis con todos los complejos
de alienación habidos y por haber. En muchos aspectos me sentí identificado con
Holden, sobre todo en lo que se refiere a la búsqueda de un horizonte en la
vida y todo lo que involucra la actividad académica – nunca me expulsaron del
colegio, pero estuve cerca de eso más de una vez. Me pareció un poco exagerado
su odio hacia todo y que había un desmesurado abuso de juicios respecto a lo corny, phony y lousy;
en eso no me vi muy reflejado, pero sí conocí gente de ese estilo, por lo que tampoco
me sorprendió mucho, a decir verdad. Estilísticamente hablando, impecable, il miglior fabbro. No me puedo imaginar
la historia escrita de otra manera, ni siquiera cambiando una palabra (quizás
alguna coma o algún boy, sólo para
regocijarme en la reacción violenta que podría ocasionar en Salinger con su
perfeccionismo patológico). No voy a entrar en un análisis que uno podría leer
en cualquier libro que explique hasta el por qué de los nombres de cada
personaje en la novela, porque para eso vayan y cómprenselo, o hagan un cursito
cualquiera (hay uno de Raise high...
ahora, si mal no recuerdo). Uno de los misterios de siempre fue el por qué del
título, qué significaba ser un Catcher in
the rye o Guardián entre el centeno
(detesto ese tipo de traducciones, me hacen pensar en los vinilos que nuestros
viejos sacan a la luz en alguna reunión con una pregunta del tipo ¿Conocés al sargento Pepper? Mi
respuesta: paredón). Acá hubo otro punto de unión entre Holden (Salinger) y mi
persona: Rupert Brooke. Soldado y poeta caído durante la Primera Guerra
Mundial, el adolescente se apropia de uno de sus versos cambiándolos
ligeramente y nos transporta a través de una construcción metafórica a un lugar
símil a la tierra de Peter Pan, en donde su razón de ser consiste en preservar
la inocencia. Salinger también fue soldado, aunque una guerra mundial más
tarde, y no es casualidad que su obra esté impregnada de los horrores que vivió
en aquel período de su vida (de hecho, en una fotografía se puede apreciar el
único testimonio del escritor trabajando en los primeros capítulos de su odisea
neoyorquina). Los críticos se afanan en decir que no hay ningún aprendizaje en
la novela, que no existe un resultado al que se arribe (algunos resaltan un
aparente cariz negativo justificado en algunos psicópatas, siendo su mayor
exponente el muy hijo de puta de Mark Chapman). Al principio no encontraba la
circularidad que siempre busco en los relatos (un síndrome latinoamericano de
la escritura y, principalmente, de la lectura), pero después de pensarlo un
poco me permito discrepar con la crítica: Caulfield sí encuentra un horizonte
de vida, está más que claro. Cuando lleva a su hermana Phoebe al carrusel de
Central Park, desde mi punto vista, se transforma en el catcher in the rye, preservando su inocencia a pesar de que ella le
diga que ya es grande para subirse a un caballito de madera. La lluvia que se
precipita al final significa la purificación de su espíritu, la paz interior
que se destaca en las últimas líneas que cité con anterioridad. Stop.
Ahora
estoy viajando en un bondi para juntarme a estudiar en un café con un amigo.
Nuestro punto de encuentro: Jurabildo. El único lugar libre es al lado de un
tipo gigante que ocupa la mitad de mi asiento. Me acomodo como puedo, pongo
algo de música – no me acuerdo qué, tengo algunos problemitas de memoria a
corto plazo – y abro el libro que tengo en mis manos, Raise high the roof beam, carpenters. Siento, de golpe, mucho calor
en las piernas. Me agacho y descubro que tengo la calefacción de todo el bondi justo
por debajo de mi asiento. Me quiero matar, así de simple. (No voy a spoilear
nada porque lo que interesa no es la historia en sí, sino los personajes y
diálogos que intercambian) Los hechos son simples: Seymour, el mayor de los
Glass, va a casarse y algunos de los invitados a la recepción de su boda (Buddy
Glass – hermano y narrador- y otros que
no tengo ganas de buscar) están llegando tarde debido a un atascamiento en el
tráfico generado por una celebración popular en las calles de Nueva York. Al
final deciden hacer una parada en el departamento de Buddy para tomarse unos Tom Collinses y, de paso, llamar para
avisar de su retraso. Estoy en la parte en la que el narrador transcribe partes
del diario de Seymour. Levanto la vista y descubro que se liberó un asiento al
lado. Me pongo de pie y me siento junto a una chica que, a mi criterio, debía rondar
mi edad (nada que valiera más que la atención que tenía puesta en la lectura). Al
minuto se para el gigante y se dirige directo hacia a la puerta.
Increíblemente, cuando va a decirle algo a la chica, se termina el tema que estaba
sonando y puedo escuchar claramente cómo le dice Cuidado con este. Me quedo mirándolo, perplejo. No sé ustedes, pero
yo no me imagino a ningún boludo escuchando música y leyendo a Salinger en un
bondi dispuesto a robarle a alguien. Me reí sólo un buen rato. A veces la
paranoia se puede transformar en la más descomunal de todas las ficciones.
Seymour: An Introduction, sí, una
introducción nomás, por suerte. Pocas veces una nouvelle (o novella, como
prefieran) me pareció tan densa-mente innecesaria.
Borges sostiene la opinión de que cuando estamos leyendo algo y no nos está
interesando, mejor dejarlo ahí. Yo, por alguna extraña razón, no puedo hacerlo. Empiezo
ansioso, me decepciono de a poco, y a medida que avanzo me convenzo dale, ya vas por la mitad, ahora se va a
poner interesante, y sigo hasta que lo termino. Y así ocurrió,
evidentemente. Como no tengo mucho para decir sobre las dos últimas obras que
mencioné (no deberían guiarse por mi opinión, porque no los va a instar a
nada), me veo en la obligación de cambiar de tema. Antes, sólo quisiera resaltar
que hay algunos puntos en común entre mi familia y los Glass (no voy a entrar
en detalle; nosotros somos uno menos y ninguno fue una estrella de radio, pero
en otras cuestiones, tales como la relación entre hermanos, encuentro
demasiadas similitudes). Sin embargo, la gran diferencia radica en que ellos
son una familia ficticia, aunque para Salinger fuesen más reales que sus
propios hijos. Son tan ficticios que hasta su verdadero nombre no es Glass,
sino Gallagher. Stop.
BRITPOP: AN INDUCTION
She says there's ants in the carpet
Puede
sonar poco convencional, pero quisiera empezar diciendo que no tengo ni la
menor idea de por dónde empezar. Sólo sé que nunca me gustaron esas frases
hechas como Comencemos por el principio,
¿no suena lo suficientemente estúpido eso como para que, no importa quién lo
haya dicho en primer lugar, se insista en perpetuarlo? Así que, en pos de
ultrajar a lo que mis compañeros abogados se ufanan en denominar una perogrullada, me insto a comenzar por el
final. Dije Gallagher, inocentemente,
está más que claro. Para hablar del britpop, antes que nada, hay que definirlo
de una forma sencilla y concisa: en una esquina, con el apoyo de la clase
media, un total de siete discos de estudio, el guitarrista más versátil de su
generación y un vocalista y compositor que traspasa las fronteras de lo real hacia
lo virtual, me enorgullezco en presentarles a los chicos de Colchester, Blur.
En la otra esquina, legitimados por el peso de toda la workin’ class, siete discos de estudio (uno de los cuales recibió
el premio al mejor disco de los últimos 20 años) y escándalos de peleas y
excesos, incluyendo agresiones a periodistas y declaraciones polémicas sobre
enfermedades de transmisión sexual, el dúo conformado por los imbatibles
hermanos de Manchester, Oasis.
Dejando
de lado el amarillismo, es preciso tener en cuenta que el resto de las bandas
que se desarrollaron en el período comprendido entre 1992 y 1997 bajo el ala de
lo que los medios se abocaron a etiquetar con la insignia del pop británico,
ya sea Suede (que fueron los iniciadores, y eso no es poco decir), OCS – Ocean Colour
Scene – y fósiles que se adaptan a la época y sobreviven a instancia del legado
de conjuntos pasados (Paul Weller, para dejar la boludez a un costado), se
caracterizan por ser lo que es la hoja de acanto a la columna: puro relleno. Y esto
se puede observar claramente en la famosa Battle
of Britpop, encarnada por los dos puntales de toda la estructura, repito:
Blur y Oasis.
Para
poder comprender un movimiento artístico (ya sea musical, pictórico, literario,
whatever), es imprescindible ubicarse
en el contexto en que se gestó y emergió a expensas de la fracturación de un
proceso anterior en plena decadencia. Viajemos en el tiempo a la época de la Dama
de Hierro, el neoliberalismo de los ochenta. La caja de Pandora abierta por la
Primer Ministro en apoyo a las políticas pregonadas por el actor (y
presidente, nunca olvidemos) Ronald Reagan, supuso el comienzo de la debacle,
génesis de una transformación de la cultura británica mutilada por los
invasores norteamericanos. Súbitamente, el paisaje de Albion se vio constreñido
al cambio, preso de lo más grotesco de los sobrinos favoritos del Tío Sam.
Brota el desempleo, se privatiza aún más la propiedad con los countries (o como
me gusta llamarlos, los villa rosies),
la industria local cambia sus etiquetas por Made
in USA, y todo lo que tenga gusto a té con scons es devorado por el
consumismo de un insaciable Pac-Man que abre cadenas de comida rápida para
transformar cualquier otro negocio en un fantasma que sólo quedará como testimonio
de un tiempo pasado. En ese marco de desolación sajona se criaron quienes, años
más tarde, en una especie de gesta del tipo Rey León (1995) volverían para
recuperar la corona que alguna vez habían sabido conquistar los Fab Four con su invasión a la tierra de
las “oportunidades”.
A
fines de los años ochenta (si tengo que ilustrarlo de alguna manera, podría decirles
que se imaginen que esa década es un cigarrillo y que, en ese preciso momento, estaba por empezar a fumarse el filtro e intoxicarse consigo misma), se abre
paso una banda que venía alimentándose en el under desde hacía aproximadamente
cinco años a paso de tortuga, un grupo conformado por unos pibes de Manchester
que, de la noche a la mañana (como la tragedia griega, pero a la inversa) llenan
un recinto con más de ocho mil personas. Se hacen llamar The Stone Roses. A pesar de su reacción indiferente y hasta
agresiva para con la prensa, crecen día a día, el público elige su silencio
mediático, su postura reticente frente a la vorágine del éxito y las aduladoras
críticas; hasta entabla una relación con sus románticas portadas a lo Jackson Pollock.
Alcanzan la cresta de la ola cuando consiguen liderar el festival de Spike
Island, algo así como el Woodstock de los noventa. Luego de eso, empiezan todos
los problemas legales con su compañía discográfica y, eventualmente, pierden el
rumbo, no consiguen mantenerse en la escena a pesar de todas las promesas que
culminarían con un segundo y último disco de estudio a mediados de la década ganada
por el laborismo de Blair.
Cuando
parecía que todo estaba encaminado para que los músicos de la escena local salieran a
la luz de los pubs y bares de mala muerte a los que habían sido confinados, en
el año 1992 el mundo (sí, el mundo entero) se vio revolucionado por los gritos
pelados, desesperados, furiosos e irreverentes de un chaboncito rubio con
demasiados complejos como para que la humanidad lo abrazara y lo llevara en
brazos directo hacia la cima del éxito. Su nombre, Kurt Cobain. Smells like teen spirit fue su huella,
su lema, su sustento y, desafortunadamente, también su cruz. Dos años fueron
más que suficientes para apretar el gatillo chapmaniano tras varios intentos de
suicidio fallidos.
Ahora
sí, con el background de Modern life is
rubbish y la pérdida del estado de elevación americano condenado al nombre
de cosa-pasada-bye-bye-grunge, los británicos
patearon el tablero y supieron ganarse al público a fuerza de himnos que
destacaban y enseñaban de qué estaba compuesta su efervescente cultura. Nineteen Ninety Four habla cockney, pero
hasta la high class entiende cada
palabra de lo que dice: Parklife, definitely maybe.
Blur
observa lo que hace la gente en los parques – especialmente los domingos-,
habla sin pelos en la lengua sobre las distintas orientaciones sexuales al
compás de una música disco, retrata sin vergüenza al típico middle class Tracy Jacks, escribe canciones a partir
de pañuelos que tienen dibujos de mapas con las distintas localidades (o como
se llamen) de Londres, y hasta se atreve a confesarnos que el final de un siglo (que bien podría decirse que lo fue también de un milenio) no tiene nada
de especial, que las cosas siguen iguales: nadie quiere estar solo, todos
vestimos las mismas ropas porque sentimos lo mismo, y nos besamos con los
labios secos al decirnos buenas noches. Tampoco pierde el tiempo para pisotear
los restos de la ruina norteamericana en canciones como Villa Rosie, la irónica
y osada Magic America, una Miss America de tono melancólico y, unos años más tarde, Look Inside America.
Oasis,
por su lado, habla de la vida en Manchester, en donde según Gallagher, sólo se
pueden ser tres cosas: obrero, jugador de fútbol o una estrella de rock. Noel
fue la primera y la última, hecho que le valió poder expresarse con la más
sincera honestidad al respecto, hablando no a partir de la comodidad pseudo-burguesa de una persona de clase media en defensa de la working class,
sino directamente a través de su experiencia cotidiana como obrero de la
construcción. Y eso es lo que muestra en Rock
n’ roll star y Cigarrettes and
alcohol: la vida en la ciudad, las drogas y los vicios siempre a la vuelta
de la esquina, y la remota posibilidad de escapar a todo ese infierno de suburbio
industrial, redimirse volviéndose una estrella de rock. Como Blur, Oasis
tampoco pierde la oportunidad para contestarle a sus compañeros del otro lado
del océano: frente al I hate myself and I
wanna die, Gallagher responde (con respeto por la música pero no por las
ideologías - o mensajes, mejor dicho- de Cobain) Live forever.
El
desenlace de la historia se puede resumir en pocas líneas: los medios fogonean la
rivalidad entre los dos monstruos del britpop. Damon Albarn – presionado por
los de la discográfica – cambia la fecha de lanzamiento del primer single de su
cuarto álbum, Country house, para que
coincida con el de Oasis, Roll with it.
La consigna es sencilla, el que venda más es el ganador. Por unas pocas copias
Blur gana la batalla, pero al poco tiempo (What’s
the Story) Morning Glory?, montado en singles como el que da nombre al
álbum, la harrisoniana Wonderwall, Don’t look back in anger y la
psicodélica Champagne Supernova, rompe
todos los récords y transforma a los hermanos Gallagher en las mayores
celebridades de su país y, en el período comprendido entre 1995-1996, del resto
del mundo. Albarn es el tipo más miserable de Inglaterra, el hazmerreír de sus pagos, y no existe persona que no se lo recuerde día a día, ya sea en las
calles o desde alguna ventana, poniendo canciones de Oasis a todo volumen. No
mucho tiempo más tarde, año 1997, con el esperado Be here now todo se desmoronaría, un poco por los excesos de
cocaína en el estudio (el mayor reflejo de esto se puede apreciar en Magic Pie, un tema que aspira lastimosamente
a tener una coda al estilo Hey Jude),
y otro poco porque, a mi manera de ver las cosas, ya no tenían nada más que
decir; ya eran millonarios que no podían identificarse con el tipo común y corriente. A diferencia de
los Beatles (con quienes los comparaban de manera recurrente), no supieron cambiar y
recién tres años más tarde volverían rehabilitados con un disco que ya no
presentaba el sonido característico de las viejas épocas. Stop.
Podría
dejarlo acá, pero soy una persona bastante ambiciosa y no me contento con
contar lo que cualquiera pueda ver en un documental (si buscan algo más
completo, es recomendable Live Forever:
The Rise and Fall of Britpop) o leer en artículos de Wikipedia. Mi
experiencia fue la siguiente: de chico detesté a estas bandas, recién empecé a prestarles
atención cuando tenía diecinueve años. No recuerdo bien por qué lo hice,
supongo que tenía algo que ver con conocer la música que sonaba cuando era
chico, sentía que había un vacío importante que necesitaba llenar urgentemente.
Tenía el absurdo prejuicio de la música
de los 90 es una mierda, sólo porque durante mi adolescencia había sido
fanático de la de los ochenta, con sus baterías programadas, sus guitarras con
exceso de rasguidos funk, chorus, delay y palm-mute, y sintetizadores con
sonidos símiles a los jueguitos que jugaba en mi infancia.
Blur,
a diferencia de Oasis, es una banda versátil. Se rige en gran medida por su
eclecticismo, la constante búsqueda de un sonido distinto en cada disco. De la
etapa britpop, mi disco favorito es Modern
life is rubbish por representar, a mi entender, el puntapié del movimiento. Albarn
recién había vuelto de una gira por Estados Unidos y, tras la decepción y el
desarraigo que le había provocado dicha visita, se abocó a componer canciones que
hablaran de su país. Ahí está la semilla, el primer brote.
En
cuanto a Oasis, quisiera recalcar que lo esencial para mí fueron los b-sides.
En mi opinión, podría haber hecho un disco de estudio tanto mejor que What’s the Story con algunas de esas
canciones. Muchas fueron recopiladas en un álbum titulado The Masterplan. En esas canciones, Gallagher muestra lo mejor que
tiene: D’yer wanna be a spaceman?
(sobre cómo abandonamos las ilusiones que tenemos de chicos, pero con un vago
tono de esperanza de poder realizarlas), Fade
away (de carácter netamente lennoniano, habla de la pérdida de la
inocencia, de cómo nuestros sueños desaparecen a medida que crecemos), Sad song (el título lo dice casi todo,
la vida rutinaria, nada cambia al final del día), Going nowhere (el enfrentar día a día ser nada, el deseo de
volverse un tipo rico y ver que no se llega a destino), Listen up (una de mis favoritas, tiene algunos de los versos que
más me gustan, Day by day there’s a man
in a suit who’s gonna make you pay/for the thoughts that you think and the
words they won’t let you say; But I’m
sailin’ down this river alone, I’m gonna try to find my way back home/And I don’t
believe in magic, life is automatic), Underneath
the sky (una de esas canciones sin sentido pero con versos que me encanta
cómo suenan), y casi todo el resto de los b-sides hasta 1997. El resto es un
plagio de lo anterior inscripto en el aburrido relato de lo que supone ser una
estrella de rock. Eventualmente consigue romper con su estilo en alguna que
otra canción, como se da en los casos de The importance of
being idle (que, desafortunadamente, repite en su disco solista), Put yer money where your mouth is y The shock of the lightning, por citar
algunas. En cuanto a las habilidades como guitarrista de Gallagher, no hay gran
cosa para resaltar. Autodidacta, su contribución es la afición por hacer
canciones usando lo que podría llamarse G-shape
chords, en otras palabras, acordes basados en la forma del sol mayor. En sus palabras, I'm only good at being me.
Si
tuviera que elegir entre las dos bandas (para los que plantean las cosas en
términos de Boca-River), debo confesar que optaría por Blur antes que por Oasis, ‘cause I praise eclecticism, boy. No hay
nada mejor que el eclecticismo, el cambio constante, porque de eso se alimenta
el arte, básicamente. Y si tienen alguna duda al respecto, vayan y
pregúntenselo a Ziggy Stardust o a Halloween Jack. Stop.
Para vos, Foca.
(Extracto de Diarios)


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