Friday, June 6, 2014

RAISE HIGH THE INNOCENCE, SALINGER & BRITPOP: AN INDUCTION


RAISE HIGH THE INNOCENCE, SALINGER



I suspect people of plotting to make me happy

            Acá, yo con mi gorro rojo de carnicero comunista o cocinero búlgaro, como dice mi viejo. Un poco de Arcade Fire para llenar el vacío. Agustín se acaba de ir. Lo último que me dijo fue ¿sabés que habla de los putos?, a propósito de We exist. Sí, ¿no viste el video? Un toque obvio, aunque yo le puse otra interpretación. Una de las cosas geniales del arte es eso, poder interpretarlo de distintas maneras, adaptarlas a nuestra vida, nuestro lenguaje, y hacerlo propio, poder compartir una experiencia sin que necesariamente una de las partes lo sepa.

            Todo lo que dije hasta recién no lo tenía en mente al momento de sentarme, pero me gustó explayarme sobre algo que no había pensado de antemano. Lo dejé ahí porque tampoco buscaba llegar a algún tipo de conclusión al respecto. Lo esencial en la escritura, me atrevo a decir, es dejar cosas sin decir; es tanto o más importante que lo que se dice. Y eso no sólo pasa con los cuentos, como sugiere Cortázar en su poética sobre dicho género, en donde lo compara con la fotografía.


            A los trece años fue la primera vez que escuché su nombre. A los veinte me sugirieron leerlo. Decliné el ofrecimiento porque no estaba interesado en ese tipo de novelas, estaba ocupado tratando de terminar otras cosas más densas, cosas tan incomprensibles como la inexplicable llegada de Odiseo un 16 de junio a una Ítaca únicamente verde por el color de su bandera y esa flor de cuatro pétalos (hojas) que, como la buena fortuna de esa tierra, no existe.

            Es un sábado patrio, un día como cualquier otro (aunque muchos pretendan embanderarse de un sentimiento nacionalista que, a mi parecer, es tan absurdo como la fragmentación del mundo en países). Mi viejo cumple años, cincuenta y seis – ahora sí tiene algo de sentido decirle viejo. Terminamos de almorzar y nos ponemos a caminar por ahí, perdiéndonos entre las encrucijadas calles colapsadas de gente imantada a las baratijas de una feria de triste reminiscencia árabe, sólo para salir por alguna perpendicular adoquinada (necesité cuatro minutos para encontrar esta palabra; la forma de encontrarla fue “piedras isla Martín García” en Google...) de San Telmo. En eso recuerdo que estoy a pocas cuadras de Walrus, así que me mando sin pensarlo mucho, diciéndole al resto espérenme acá, ya vengo. Entro al lugar y tras un breve saludo me pongo a orbitar alrededor de las estanterías sobrepobladas de libros. Hago la del archivador, uno por uno, pero no encuentro nada (tengo una manía con encontrar las cosas por mi cuenta). Me rindo y le digo a la chica que atiende Disculpá, ¿Salinger?, como si ella pudiese presentármelo ahí mismo, como si esperase que lo sacara del bolsillo y me dijese acá, acá, bobito. Se para y sube las escaleras. Ahí siempre flasheo la de Notting Hill de chorear un libro, pero mierda que existe algo que se llama moral que no deja de taladrarme la conciencia, y el imperativo categórico de hay cosas que no se hacen ni en joda, ni aunque a último momento lo devuelvas y le digas “ojo que puede pasarte, sólo te lo quería hacer a modo de advertencia”. Guardo las manos en los bolsillos para no tentarme y sigo relojeando los libros de ética y religión, por donde sabía que residía Pilgrim’s Progress, el clásico herético de Bunyan que sólo quiero leer para irritar a mi hermano mayor. La chica baja y me muestra el menú: The catcher in the rye, Franny and Zooey, Raise high the roof beam, carpenters and Seymour: an Introduction y Nine Stories. Le pregunto a cuánto están. Cincuenta cada uno. Los llevo todos (la historia verdadera es que sólo me llevé The catcher porque me había olvidado la billetera y el resto los compré el martes siguiente, pero ni ganas de contar todo eso. Long live fiction). No hay nada más interesante (si es que puede considerarse como tal a todo lo anterior) que contar sobre ese día en particular.


            Toda esa semana me dediqué a leer The catcher (ya me está cansando que la computadora insista en ponerle una tilde a catcher, es irritante) y rayando la tarde del viernes mi voz me decía It’s funny. Don’t ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody. Sí, es así, no hay duda al respecto, aunque lo mío sea al revés: yo extraño a todo el mundo y por eso me la paso contando lo que me pasa. Las personas con las que hablé antes de leerlo me habían remarcado el hecho de que no iba a suponer el mismo impacto leerlo a los veintitrés años de edad que haberlo hecho durante mi adolescencia. Lo cierto es que es muy poco probable que haya salido completamente de esa etapa de mi vida. Es más, francamente no creo haber abandonado la niñez en muchos aspectos. Pero hagamos de cuenta que sí, que soy un adulto de veintitrés años (casi veinticuatro) que va a someterse al mundo de un adolescente de dieciséis con todos los complejos de alienación habidos y por haber. En muchos aspectos me sentí identificado con Holden, sobre todo en lo que se refiere a la búsqueda de un horizonte en la vida y todo lo que involucra la actividad académica – nunca me expulsaron del colegio, pero estuve cerca de eso más de una vez. Me pareció un poco exagerado su odio hacia todo y que había un desmesurado abuso de juicios respecto a lo corny, phony y lousy; en eso no me vi muy reflejado, pero sí conocí gente de ese estilo, por lo que tampoco me sorprendió mucho, a decir verdad. Estilísticamente hablando, impecable, il miglior fabbro. No me puedo imaginar la historia escrita de otra manera, ni siquiera cambiando una palabra (quizás alguna coma o algún boy, sólo para regocijarme en la reacción violenta que podría ocasionar en Salinger con su perfeccionismo patológico). No voy a entrar en un análisis que uno podría leer en cualquier libro que explique hasta el por qué de los nombres de cada personaje en la novela, porque para eso vayan y cómprenselo, o hagan un cursito cualquiera (hay uno de Raise high... ahora, si mal no recuerdo). Uno de los misterios de siempre fue el por qué del título, qué significaba ser un Catcher in the rye o Guardián entre el centeno (detesto ese tipo de traducciones, me hacen pensar en los vinilos que nuestros viejos sacan a la luz en alguna reunión con una pregunta del tipo ¿Conocés al sargento Pepper? Mi respuesta: paredón). Acá hubo otro punto de unión entre Holden (Salinger) y mi persona: Rupert Brooke. Soldado y poeta caído durante la Primera Guerra Mundial, el adolescente se apropia de uno de sus versos cambiándolos ligeramente y nos transporta a través de una construcción metafórica a un lugar símil a la tierra de Peter Pan, en donde su razón de ser consiste en preservar la inocencia. Salinger también fue soldado, aunque una guerra mundial más tarde, y no es casualidad que su obra esté impregnada de los horrores que vivió en aquel período de su vida (de hecho, en una fotografía se puede apreciar el único testimonio del escritor trabajando en los primeros capítulos de su odisea neoyorquina). Los críticos se afanan en decir que no hay ningún aprendizaje en la novela, que no existe un resultado al que se arribe (algunos resaltan un aparente cariz negativo justificado en algunos psicópatas, siendo su mayor exponente el muy hijo de puta de Mark Chapman). Al principio no encontraba la circularidad que siempre busco en los relatos (un síndrome latinoamericano de la escritura y, principalmente, de la lectura), pero después de pensarlo un poco me permito discrepar con la crítica: Caulfield sí encuentra un horizonte de vida, está más que claro. Cuando lleva a su hermana Phoebe al carrusel de Central Park, desde mi punto vista, se transforma en el catcher in the rye, preservando su inocencia a pesar de que ella le diga que ya es grande para subirse a un caballito de madera. La lluvia que se precipita al final significa la purificación de su espíritu, la paz interior que se destaca en las últimas líneas que cité con anterioridad. Stop.


            Ahora estoy viajando en un bondi para juntarme a estudiar en un café con un amigo. Nuestro punto de encuentro: Jurabildo. El único lugar libre es al lado de un tipo gigante que ocupa la mitad de mi asiento. Me acomodo como puedo, pongo algo de música – no me acuerdo qué, tengo algunos problemitas de memoria a corto plazo – y abro el libro que tengo en mis manos, Raise high the roof beam, carpenters. Siento, de golpe, mucho calor en las piernas. Me agacho y descubro que tengo la calefacción de todo el bondi justo por debajo de mi asiento. Me quiero matar, así de simple. (No voy a spoilear nada porque lo que interesa no es la historia en sí, sino los personajes y diálogos que intercambian) Los hechos son simples: Seymour, el mayor de los Glass, va a casarse y algunos de los invitados a la recepción de su boda (Buddy Glass – hermano y  narrador- y otros que no tengo ganas de buscar) están llegando tarde debido a un atascamiento en el tráfico generado por una celebración popular en las calles de Nueva York. Al final deciden hacer una parada en el departamento de Buddy para tomarse unos Tom Collinses y, de paso, llamar para avisar de su retraso. Estoy en la parte en la que el narrador transcribe partes del diario de Seymour. Levanto la vista y descubro que se liberó un asiento al lado. Me pongo de pie y me siento junto a una chica que, a mi criterio, debía rondar mi edad (nada que valiera más que la atención que tenía puesta en la lectura). Al minuto se para el gigante y se dirige directo hacia a la puerta. Increíblemente, cuando va a decirle algo a la chica, se termina el tema que estaba sonando y puedo escuchar claramente cómo le dice Cuidado con este. Me quedo mirándolo, perplejo. No sé ustedes, pero yo no me imagino a ningún boludo escuchando música y leyendo a Salinger en un bondi dispuesto a robarle a alguien. Me reí sólo un buen rato. A veces la paranoia se puede transformar en la más descomunal de todas las ficciones.       
           

            Seymour: An Introduction, sí, una introducción nomás, por suerte. Pocas veces una nouvelle (o novella, como prefieran) me pareció tan densa-mente innecesaria. Borges sostiene la opinión de que cuando estamos leyendo algo y no nos está interesando, mejor dejarlo ahí. Yo, por alguna extraña razón, no puedo hacerlo. Empiezo ansioso, me decepciono de a poco, y a medida que avanzo me convenzo dale, ya vas por la mitad, ahora se va a poner interesante, y sigo hasta que lo termino. Y así ocurrió, evidentemente. Como no tengo mucho para decir sobre las dos últimas obras que mencioné (no deberían guiarse por mi opinión, porque no los va a instar a nada), me veo en la obligación de cambiar de tema. Antes, sólo quisiera resaltar que hay algunos puntos en común entre mi familia y los Glass (no voy a entrar en detalle; nosotros somos uno menos y ninguno fue una estrella de radio, pero en otras cuestiones, tales como la relación entre hermanos, encuentro demasiadas similitudes). Sin embargo, la gran diferencia radica en que ellos son una familia ficticia, aunque para Salinger fuesen más reales que sus propios hijos. Son tan ficticios que hasta su verdadero nombre no es Glass, sino Gallagher. Stop.        




BRITPOP: AN INDUCTION



She says there's ants in the carpet


            Puede sonar poco convencional, pero quisiera empezar diciendo que no tengo ni la menor idea de por dónde empezar. Sólo sé que nunca me gustaron esas frases hechas como Comencemos por el principio, ¿no suena lo suficientemente estúpido eso como para que, no importa quién lo haya dicho en primer lugar, se insista en perpetuarlo? Así que, en pos de ultrajar a lo que mis compañeros abogados se ufanan en denominar una perogrullada, me insto a comenzar por el final. Dije Gallagher, inocentemente, está más que claro. Para hablar del britpop, antes que nada, hay que definirlo de una forma sencilla y concisa: en una esquina, con el apoyo de la clase media, un total de siete discos de estudio, el guitarrista más versátil de su generación y un vocalista y compositor que traspasa las fronteras de lo real hacia lo virtual, me enorgullezco en presentarles a los chicos de Colchester, Blur. En la otra esquina, legitimados por el peso de toda la workin’ class, siete discos de estudio (uno de los cuales recibió el premio al mejor disco de los últimos 20 años) y escándalos de peleas y excesos, incluyendo agresiones a periodistas y declaraciones polémicas sobre enfermedades de transmisión sexual, el dúo conformado por los imbatibles hermanos de Manchester, Oasis.

            Dejando de lado el amarillismo, es preciso tener en cuenta que el resto de las bandas que se desarrollaron en el período comprendido entre 1992 y 1997 bajo el ala de lo que los medios se abocaron a etiquetar con la insignia del pop británico, ya sea Suede (que fueron los iniciadores, y eso no es poco decir), OCS – Ocean Colour Scene – y fósiles que se adaptan a la época y sobreviven a instancia del legado de conjuntos pasados (Paul Weller, para dejar la boludez a un costado), se caracterizan por ser lo que es la hoja de acanto a la columna: puro relleno. Y esto se puede observar claramente en la famosa Battle of Britpop, encarnada por los dos puntales de toda la estructura, repito: Blur y Oasis.    

            Para poder comprender un movimiento artístico (ya sea musical, pictórico, literario, whatever), es imprescindible ubicarse en el contexto en que se gestó y emergió a expensas de la fracturación de un proceso anterior en plena decadencia. Viajemos en el tiempo a la época de la Dama de Hierro, el neoliberalismo de los ochenta. La caja de Pandora abierta por la Primer Ministro en apoyo a las políticas pregonadas por el actor (y presidente, nunca olvidemos) Ronald Reagan, supuso el comienzo de la debacle, génesis de una transformación de la cultura británica mutilada por los invasores norteamericanos. Súbitamente, el paisaje de Albion se vio constreñido al cambio, preso de lo más grotesco de los sobrinos favoritos del Tío Sam. Brota el desempleo, se privatiza aún más la propiedad con los countries (o como me gusta llamarlos, los villa rosies), la industria local cambia sus etiquetas por Made in USA, y todo lo que tenga gusto a té con scons es devorado por el consumismo de un insaciable Pac-Man que abre cadenas de comida rápida para transformar cualquier otro negocio en un fantasma que sólo quedará como testimonio de un tiempo pasado. En ese marco de desolación sajona se criaron quienes, años más tarde, en una especie de gesta del tipo Rey León (1995) volverían para recuperar la corona que alguna vez habían sabido conquistar los Fab Four con su invasión a la tierra de las “oportunidades”.

            A fines de los años ochenta (si tengo que ilustrarlo de alguna manera, podría decirles que se imaginen que esa década es un cigarrillo y que, en ese preciso momento, estaba por empezar a fumarse el filtro e intoxicarse consigo misma), se abre paso una banda que venía alimentándose en el under desde hacía aproximadamente cinco años a paso de tortuga, un grupo conformado por unos pibes de Manchester que, de la noche a la mañana (como la tragedia griega, pero a la inversa) llenan un recinto con más de ocho mil personas. Se hacen llamar The Stone Roses. A pesar de su reacción indiferente y hasta agresiva para con la prensa, crecen día a día, el público elige su silencio mediático, su postura reticente frente a la vorágine del éxito y las aduladoras críticas; hasta entabla una relación con sus románticas portadas a lo Jackson Pollock. Alcanzan la cresta de la ola cuando consiguen liderar el festival de Spike Island, algo así como el Woodstock de los noventa. Luego de eso, empiezan todos los problemas legales con su compañía discográfica y, eventualmente, pierden el rumbo, no consiguen mantenerse en la escena a pesar de todas las promesas que culminarían con un segundo y último disco de estudio a mediados de la década ganada por el laborismo de Blair.

            Cuando parecía que todo estaba encaminado para que los músicos de la escena local salieran a la luz de los pubs y bares de mala muerte a los que habían sido confinados, en el año 1992 el mundo (sí, el mundo entero) se vio revolucionado por los gritos pelados, desesperados, furiosos e irreverentes de un chaboncito rubio con demasiados complejos como para que la humanidad lo abrazara y lo llevara en brazos directo hacia la cima del éxito. Su nombre, Kurt Cobain. Smells like teen spirit fue su huella, su lema, su sustento y, desafortunadamente, también su cruz. Dos años fueron más que suficientes para apretar el gatillo chapmaniano tras varios intentos de suicidio fallidos.

            Ahora sí, con el background de Modern life is rubbish y la pérdida del estado de elevación americano condenado al nombre de cosa-pasada-bye-bye-grunge, los británicos patearon el tablero y supieron ganarse al público a fuerza de himnos que destacaban y enseñaban de qué estaba compuesta su efervescente cultura. Nineteen Ninety Four habla cockney, pero hasta la high class entiende cada palabra de lo que dice: Parklife, definitely maybe.

            Blur observa lo que hace la gente en los parques – especialmente los domingos-, habla sin pelos en la lengua sobre las distintas orientaciones sexuales al compás de una música disco, retrata sin vergüenza al típico middle class Tracy Jacks, escribe canciones a partir de pañuelos que tienen dibujos de mapas con las distintas localidades (o como se llamen) de Londres, y hasta se atreve a confesarnos que el final de un siglo (que bien podría decirse que lo fue también de un milenio) no tiene nada de especial, que las cosas siguen iguales: nadie quiere estar solo, todos vestimos las mismas ropas porque sentimos lo mismo, y nos besamos con los labios secos al decirnos buenas noches. Tampoco pierde el tiempo para pisotear los restos de la ruina norteamericana en canciones como Villa Rosie, la irónica y osada Magic America, una Miss America de tono melancólico y, unos años más tarde, Look Inside America.

            Oasis, por su lado, habla de la vida en Manchester, en donde según Gallagher, sólo se pueden ser tres cosas: obrero, jugador de fútbol o una estrella de rock. Noel fue la primera y la última, hecho que le valió poder expresarse con la más sincera honestidad al respecto, hablando no a partir de la comodidad pseudo-burguesa de una persona de clase media en defensa de la working class, sino directamente a través de su experiencia cotidiana como obrero de la construcción. Y eso es lo que muestra en Rock n’ roll star y Cigarrettes and alcohol: la vida en la ciudad, las drogas y los vicios siempre a la vuelta de la esquina, y la remota posibilidad de escapar a todo ese infierno de suburbio industrial, redimirse volviéndose una estrella de rock. Como Blur, Oasis tampoco pierde la oportunidad para contestarle a sus compañeros del otro lado del océano: frente al I hate myself and I wanna die, Gallagher responde (con respeto por la música pero no por las ideologías - o mensajes, mejor dicho- de Cobain) Live forever.
            El desenlace de la historia se puede resumir en pocas líneas: los medios fogonean la rivalidad entre los dos monstruos del britpop. Damon Albarn – presionado por los de la discográfica – cambia la fecha de lanzamiento del primer single de su cuarto álbum, Country house, para que coincida con el de Oasis, Roll with it. La consigna es sencilla, el que venda más es el ganador. Por unas pocas copias Blur gana la batalla, pero al poco tiempo (What’s the Story) Morning Glory?, montado en singles como el que da nombre al álbum, la harrisoniana WonderwallDon’t look back in anger y la psicodélica Champagne Supernova, rompe todos los récords y transforma a los hermanos Gallagher en las mayores celebridades de su país y, en el período comprendido entre 1995-1996, del resto del mundo. Albarn es el tipo más miserable de Inglaterra, el hazmerreír de sus pagos, y no existe persona que no se lo recuerde día a día, ya sea en las calles o desde alguna ventana, poniendo canciones de Oasis a todo volumen. No mucho tiempo más tarde, año 1997, con el esperado Be here now todo se desmoronaría, un poco por los excesos de cocaína en el estudio (el mayor reflejo de esto se puede apreciar en Magic Pie, un tema que aspira lastimosamente a tener una coda al estilo Hey Jude), y otro poco porque, a mi manera de ver las cosas, ya no tenían nada más que decir; ya eran millonarios que no podían identificarse con el tipo común y corriente. A diferencia de los Beatles (con quienes los comparaban de manera recurrente), no supieron cambiar y recién tres años más tarde volverían rehabilitados con un disco que ya no presentaba el sonido característico de las viejas épocas. Stop.

            Podría dejarlo acá, pero soy una persona bastante ambiciosa y no me contento con contar lo que cualquiera pueda ver en un documental (si buscan algo más completo, es recomendable Live Forever: The Rise and Fall of Britpop) o leer en artículos de Wikipedia. Mi experiencia fue la siguiente: de chico detesté a estas bandas, recién empecé a prestarles atención cuando tenía diecinueve años. No recuerdo bien por qué lo hice, supongo que tenía algo que ver con conocer la música que sonaba cuando era chico, sentía que había un vacío importante que necesitaba llenar urgentemente. Tenía el absurdo prejuicio de la música de los 90 es una mierda, sólo porque durante mi adolescencia había sido fanático de la de los ochenta, con sus baterías programadas, sus guitarras con exceso de rasguidos funk, chorus, delay y palm-mute, y sintetizadores con sonidos símiles a los jueguitos que jugaba en mi infancia.
            Blur, a diferencia de Oasis, es una banda versátil. Se rige en gran medida por su eclecticismo, la constante búsqueda de un sonido distinto en cada disco. De la etapa britpop, mi disco favorito es Modern life is rubbish por representar, a mi entender, el puntapié del movimiento. Albarn recién había vuelto de una gira por Estados Unidos y, tras la decepción y el desarraigo que le había provocado dicha visita, se abocó a componer canciones que hablaran de su país. Ahí está la semilla, el primer brote.
            En cuanto a Oasis, quisiera recalcar que lo esencial para mí fueron los b-sides. En mi opinión, podría haber hecho un disco de estudio tanto mejor que What’s the Story con algunas de esas canciones. Muchas fueron recopiladas en un álbum titulado The Masterplan. En esas canciones, Gallagher muestra lo mejor que tiene: D’yer wanna be a spaceman? (sobre cómo abandonamos las ilusiones que tenemos de chicos, pero con un vago tono de esperanza de poder realizarlas), Fade away (de carácter netamente lennoniano, habla de la pérdida de la inocencia, de cómo nuestros sueños desaparecen a medida que crecemos), Sad song (el título lo dice casi todo, la vida rutinaria, nada cambia al final del día), Going nowhere (el enfrentar día a día ser nada, el deseo de volverse un tipo rico y ver que no se llega a destino), Listen up (una de mis favoritas, tiene algunos de los versos que más me gustan, Day by day there’s a man in a suit who’s gonna make you pay/for the thoughts that you think and the words they won’t let you say; But I’m sailin’ down this river alone, I’m gonna try to find my way back home/And I don’t believe in magic, life is automatic), Underneath the sky (una de esas canciones sin sentido pero con versos que me encanta cómo suenan), y casi todo el resto de los b-sides hasta 1997. El resto es un plagio de lo anterior inscripto en el aburrido relato de lo que supone ser una estrella de rock. Eventualmente consigue romper con su estilo en alguna que otra canción, como se da en los casos de The importance of being idle (que, desafortunadamente, repite en su disco solista), Put yer money where your mouth is y The shock of the lightning, por citar algunas. En cuanto a las habilidades como guitarrista de Gallagher, no hay gran cosa para resaltar. Autodidacta, su contribución es la afición por hacer canciones usando lo que podría llamarse G-shape chords, en otras palabras, acordes basados en la forma del sol mayor. En sus palabras, I'm only good at being me.

            Si tuviera que elegir entre las dos bandas (para los que plantean las cosas en términos de Boca-River), debo confesar que optaría por Blur antes que por Oasis, ‘cause I praise eclecticism, boy. No hay nada mejor que el eclecticismo, el cambio constante, porque de eso se alimenta el arte, básicamente. Y si tienen alguna duda al respecto, vayan y pregúntenselo a Ziggy Stardust o a Halloween Jack. Stop.                     


Para vos, Foca.

(Extracto de Diarios)

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