You speak of Lord Byron and me – There is this great
difference between us.
He describes what he sees – I describe what I imagine – Mine
is the hardest task.
Había leído en los diarios que él iba a estar en
Buenos Aires, así que me fijé bien la fecha en la que iba a arribar. Es un día
cualquiera en una mañana anónima. Para ubicarlos, voy a referirles que nos encontrábamos
en agosto, pleno invierno. El cielo, para mi deleite, viste una túnica de
pálido gris. Camino por entre las calles que circundan al Parque Lezama, un
poco perdido porque no creo haber estado por ahí más que en una o dos ocasiones
y, lo más seguro, arriba de un bondi o de un auto. Miro la numeración, busco
los carteles con nombres mutilados y, después de unas vueltas típicas de turista,
llego a destino. Hago una reverencia a google por su inconmensurable ayuda
(decir Guía T supondría pecar de arcaico
y romántico), apago la música que estaba escuchando (si la memoria no me falla,
me encontraba inmerso en una versión bakeriana de Deep in a dream) y empujo la puerta del café con una vaga esperanza
en el fondo de mi conciencia.
Lo
primero que veo es un hipopótamo de piedra, blanco y reluciente; estoy en el
lugar correcto, de eso no hay duda. Busco con una mirada panorámica algún
rostro conocido y, ni bien lo hago, me detengo en una cumbre nevada hipnotizada
a una torre de papeles entre los cuales se pueden adivinar diarios, hojas en
blanco y a medio escribir y, muy posiblemente, mapas de una ciudad colmada de
gente susceptible. A paso trémulo me dejo llevar como un metal que se resiste a
ser imantado hacia el fondo del local, en donde pueda contemplar más de cerca al
artesano en plena concreción de los secretos de su oficio. Un cortado, le digo al mozo lacónicamente. El hombre continúa
abocado a su tarea, dormido en medio de ese sueño que algunos llaman realidad. Mientras,
yo me saco el abrigo, me acomodo lo mejor que puedo en una silla de madera que
no califica dentro de los estándares de comodidad y relojeo al ídolo sin rodeos. Me pregunto qué tan profundo es el mar
de tinta que derrama sobre sus incontables ciudades de papel, cómo hace para contener
la respiración de su propio océano, cómo soporta la sofocante presión del mundo
de afuera.
La
atmósfera del café es despreocupada, algo así como un viejo sentado en una silla
en el umbral de la eternidad, aguardando su turno para testificar en el juicio
final. En eso llega el cortado, lo tomo de a pequeños sorbos, dejo los billetes
sobre la mesa (para no olvidarme de pagar) y saco de uno de los bolsillos de mi
abrigo mi copia de Tumbas de poetas y pensadores. Cuando abro el libro de par en par, casi como si se tratara de una
alineación de planetas, se escucha el ruido de unas monedas golpeando en una
mesa aledaña (acaso el mismo sonido de la fortuna circular de Borges arrojada
desde la cubierta de un barco al Río de la Plata), y la mirada del holandés se
posa sobre mi rincón por unos segundos, sólo para recluirse nuevamente a su
prisión de letras blancas y espacios negros. Ahora lo sé, está inmortalizando
el momento, está sacando una fotografía con su pluma y yo soy parte de ese
retrato. Me siento violentado, o mejor dicho, me amparo en su inofensiva agresión
para ponerme de pie y enfrentarlo. Disculpe
que lo interrumpa, me detengo ahí hasta que capto su atención, pero usted es quien escribió esto, ¿o me
equivoco?, y le señalo mi ejemplar que reza Cees Nooteboom en mayúsculas. El
mismo, contesta en lengua vernácula. No
soy de hacer estas cosas, me disculpo,
¿pero le molesta si le saco unos minutos? Duda unos segundos y me invita, No, tome asiento. Obedezco y, a pesar de
todos mis intentos por conservar la calma, me desato en comentarios elogiadores.
Lo primero que le digo es que su libro me pareció fascinante: la simple idea de
que alguien vaya viajando por el mundo buscando tumbas de escritores que hayan
causado un impacto en uno, las fotografíe y exprese algo al respecto, me
resultó algo sumamente innovador. Le aseguro que es uno de los pocos libros que
siempre estoy leyendo, algo que no se da con casi ningún otro. Él asiente y
agradece impávido. Le agradezco más de una vez el haberme revelado un sinnúmero
de autores y poetas, especialmente a quien yo considero el más destacado del
siglo XX, Thomas Eliot. Le digo, Lo
conocía de nombre, pero no fue hasta que leí en su libro el fragmento de East Coker
que me vi súbitamente atrapado en la poesía de Eliot. Fui casi corriendo a una
librería a comprarme los Four Quartets y en esa misma semana lo leí dos veces.
Por entre las comisuras agrietadas me indicaba el agrado que le estaba
comunicando con mi noticia. Le pregunto un poco por Borges y le señalo lo
extraño y divertido que me había parecido el hecho de que la gente dejara
botellas de absenta sobre la tumba de Cortázar. Él contesta refiriéndome algún
que otro dato que no está en el libro, el clima del día, algún fragmento de
conversación con su mujer (que no es ni más ni menos que quien fotografía las
tumbas) o algún lugareño. Mencionamos a Beckett y su Waiting for Godot, mi odio por La
montaña mágica de Thomas Mann, la estrambótica y variada vida de Graves, mi
devoción por los ensayos de Sontag, las runas sajonas inscriptas en una tumba
de Ginebra; hasta sobró tiempo para que me contara algo acerca de Kemp y sus
noches con olor a pelo negro y las batallas perdidas por la traducción contra
su querido Slauerhoff. Me atreví a reprenderlo por haber visitado a Keats y
Shelley pero no haberse detenido siquiera a dedicarle una flor al mayor de los
románticos, aunque se excusara que el poeta es mad, bad and dangerous to know.
Sus novelas no me gustan mucho, para serle
sincero, le confieso un poco apenado. Él me pregunta por qué. No lo sé, no me gusta su estilo para
escribir novelas, es algo... disculpe la palabra, tedioso. Me parece que no
tienen el mismo brillo que sus libros de viajes. Disfruté mucho las historias
de “Hotel Nómade”, como fluye la prosa sin esa pomposidad que me... aletarga en
sus novelas. Me detengo ahí, pero al comprobar que no se muestra perturbado
por mi opinión, continúo. Ahora, en lo
que se refiere a sus cuentos, sólo tengo la colección “Los zorros vienen de
noche”. Asiente, El primer cuento de
todos, que no recuerdo el nombre, pero trata sobre una historia de amor que se
retoma luego de décadas de no estar en contacto, y también “Heinz” y “Paula I y
II” me parecieron piezas de una calidad indiscutible. En mi caso particular, el
tema de la muerte, que es algo bastante presente, me sirvió para verlo de
distintas maneras. Él me refirió a continuación el clima de las historias,
el ambiente mediterráneo como influencia para su desarrollo y composición. Luego
me preguntó si escribía. Le confesé que sí, con un poco de vergüenza (no porque
sintiese vergüenza de mí mismo, sino por encontrarme frente a un escritor de su
talla, la sola posibilidad de mostrarle algo mío me intimidaba). La poesía es el género que más me interesa.
Me preguntó qué buscaba en la poesía. No
lo sé, lo hago como terapia, supongo. Pero creo que usted se refiere a otra
cosa. Cuando leo poesía intento... iluminarme, ¿entiende? Tuve etapas en las
que leía a Nicanor Parra y había tomado la decisión de escribir cualquier cosa
y reírme de la seriedad de las cosas, y no estaría mintiéndole si le digo que
me entretuve mucho y no sufrí escribiendo. Pero eso ya no me llena más, ahora
busco comprenderme a mí mismo a través de lo que digo o intento decir, nada más.
Hablamos un buen rato de la poesía, por lo que me veo obligado a sintetizarlo
en que para él la poesía debía siempre tener algo de misterio, algún enigma,
una especie de rompecabezas que uno debe intentar construir, o mejor dicho,
reconstruir. Estuve de acuerdo con él en ese aspecto.
No
podría decir con sinceridad cuánto lo demoré con mi interrupción, pero lo
cierto es que la charla fue larga y tendida, y que apenas se produjo un
silencio significativo, decidí que ya era momento de partir y dejarlo en paz. Bueno, muchas gracias por su atención, le
pido disculpas por haberlo interrumpido, pero por un momento creí que estaba
escribiendo sobre lo que estaba a su alrededor y no pude resistir la tentación
de tomar un rol más activo en su escritura. Se rió y me dijo que le había
agradado nuestra conversación en su diplomático castellano-neerlandés. Yo sabía
que había sido un pesado, pero también tenía en cuenta que nunca lo había hecho
y que, por única vez, me podía tomar esa licencia. Antes de irme me atreví a
una última osadía, ¿Le molestaría decirme
qué escribía? Ya sabe, la curiosidad del fanático. Una carta a un amigo
lejano, no podía darme más información al respecto. Le di la mano y cuando
estaba dirigiéndome a la salida me preguntó qué tanto había leído a Borges. Me parece que la pregunta es otra, le
dije con toda sinceridad, Lo que importa no
es la lectura, sino la relectura, ¿no? No se inmutó. Comprendí que ya no
había nada más por decir, que la película había vuelto a ser muda, y entonces
abandoné el café no sin antes depositar una moneda junto al hipopótamo de piedra
a modo de ofrenda.
Dos
años después del episodio que acabo de narrar, tengo en mis manos un ejemplar
del último libro de Nooteboom, Cartas a
Poseidón. En la página ciento seis hay un pasaje titulado Hipopótamo, en donde el escritor
holandés describe el momento en que se encuentra escribiendo en dicho café.
Detalla el lugar en donde se encuentra sentado, el clima, el mes del año, la gente
que se refugia en las mesas; todo excepto nuestro (significativo para mí)
encuentro. El único consuelo que tengo son estas palabras que, a mi parecer, me
dedicó a modo de respuesta a mi acotación sobre las relecturas: En la esquina de enfrente hay otro café. No
sé por qué no me he sentado ahí. El otro café es un reflejo de este. Quién
sabe, a lo mejor estoy también sentado en el café de enfrente (...) Cuando
salgo yo y vuelvo la cabeza para mirar mi silla vacía, me pregunto si realmente
he estado ahí sentado.
(Extracto de Diarios)

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