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Quiere saber si conoces el cuento de Outka, Mimouna y
Aicha – dijo Smail.
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No – repuso Port.
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Goul lou, goul lou.
Ayer
me di cuenta de que a mis casi veinticuatro años todavía no probé el helado Häagen-Dazs. Una curiosidad que no
termino de comprender del todo, porque no es algo que no se pueda comprar o que
haya dejado de estar en las góndolas como resultado de las barreras a la
importación. Simplemente no se dio la ocasión. Cuando era chico mi vieja no
quería comprármelo (otro de los tantos traumas que podría englobar en un ensayo
titulado Sueños frustrados de una infancia
menemista), y para el momento en que ya dependía total y exclusivamente de
mí, o bien no los encontraba en el supermercado, o bien el universo había
decidido que no tuviese plata encima; ni siquiera tuve la poca suerte de estar
al lado de alguien comiéndose uno. Estuve casi media hora evaluando la
posibilidad de bajar y comprar uno y así matar el mito de mi infancia, pero al
final preferí declinar. Para este momento, ya siento que es una de
las tantas características que me definen: el
que nunca comió un Häagen-Dazs. Suena bien.
Otra
cosa que tampoco pude concretar, pero que desde hace ya una década que vengo
deseando poder hacerlo, es tomar un té en el Sahara. Esta especie de obsesión se
remonta a mi adolescencia, cuando tenía quince años y lo único que hacía era
escuchar todos los discos de The Police
una y otra, y otra vez. Uno de sus temas más memorables (esto lo digo en razón
de haberlo encontrado en varios cassettes piratas de greatest hits) nos invita a tomar un tea in the Sahara. Al principio se me hacía aburrida, musicalmente
hablando, y solía saltearla. Me parecía muy vacía, le faltaba la fuerza que
tienen el resto de las canciones en Synchronicity.
Necesité algo de tiempo para comprender qué era lo que se intentaba replicar mediante
esos arreglos minimalistas “pincelados” a través de armónicos saturados de echo
y delay: el espejismo de un desierto con alguien sepultando sus pasos en la
arena. Sólo una vez que me sentí envuelto por esa atmósfera la canción cobró
otro sentido (debe sonar bastante estúpido que no me haya dado cuenta en un
primer lugar, porque parece una obviedad; pero la música es así, algo primal e intuitivo,
y si no se genera el clima adecuado no hay nada que se pueda hacer al
respecto).
La
letra, como siempre, iba por otro camino. El título me cautivó al instante, me
seducía con la idea de relatarme una historia poco ortodoxa. No podía descifrar
del todo lo que se contaba en la canción, sólo tenía una serie de versos
concatenados que me impresionaban con la musicalidad de sus palabras, pero nada
preciso, nada absoluto. Sólo tenía en claro que había tres hermanas que querían
tomar un té en el Sahara con alguien (with
you, quizás con nosotros, me arriesgaba a suponer).
Unos
años más tarde – para ese entonces debía rondar los veinte – encontré que,
efectivamente, la canción estaba basada en una historia que, a su vez, estaba
incluida dentro de una novela, The
sheltering sky, de Paul Bowles. Al poco tiempo la encontré en una librería
y, aunque no estaba particularmente interesado en leerla, la compré con el sólo
propósito de poder resolver el misterio que había cultivado largamente en mi
cabeza. Todavía recuerdo con suma precisión el momento en que leí esa página y
media (que me valió tener que terminar las doscientas páginas que las sucedían)
mientras esperaba el colectivo. Los hechos son simples: tres hermanas van a
buscar fortuna prostituyéndose en el M’Zab, aunque lo único que quieren
verdaderamente es tomar un té en el Sahara. Los hombres de por ahí son feos y
no les dan buenas propinas, hasta que un día aparece un apuesto targuí (especie
de príncipe, asumo) que les cuenta sobre el desierto, hace el amor con ellas (así
dice la traducción) a cambio de una
moneda de plata para cada una, y por la mañana parte hacia el sur. Las hermanas
se sienten desoladas y no hacen otra cosa que pensar en él, por lo que deciden
juntar todo lo que tienen (incluso las monedas de plata que conservaban como
recuerdo) para comprarse un juego de té y un boleto al Sahara. Una vez que
llegan ahí junto con una caravana, huyen por la noche a buscar la duna más alta
para así poder contemplar todo el desierto y, especialmente, el lugar en donde
habita el targuí. Después de mucho andar se sientan y ponen la tetera y los
vasos, pero como se encuentran muy cansadas deciden echarse a dormir antes de
preparar el té. Mucho tiempo después son encontradas por otra caravana en la
misma posición en la que se habían dormido, junto con sus tres tazas de té llenas
de arena. Así fue que tomaron el té en el
Sahara.
No
puedo evitar imaginarme una parodia mía tomando Häagen-Dazs en casa. El único
problema es que no tengo madera (ni ganas, especialmente) para escribir algo
así, me conformo con sólo pensarlo. Volviendo al tema de antes, la sola
historia me parece mucho más interesante que la novela en sí. De hecho, el resto
del libro es más que prescindible. Me gusta pensar en qué simboliza el té en el
Sahara, qué puede interpretar uno de eso. Hay varias salidas posibles, pero la
que más me convence es la de lo absurdo de la vida en sí; buscar algo que no
tenga ningún fin ulterior y que eso sea precisamente lo que nos dé un
significado, aunque no siempre resulte como lo planeamos. También suelo
persuadirme de que no tiene ningún sentido en particular y que así está todo
dicho, hasta que caigo en la cuenta de que eso nunca pasa, porque sé que mañana
voy a ser otra persona en otras circunstancias, y que las palabras de Ortega y
Gasset ya no pueden cambiar. Lo único cierto es que, sin haberme dado cuenta,
en la soledad de mi taza de porcelana pude, a mi manera, tomar un té en el
Sahara.
(Extracto de Diarios)

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