Saturday, June 28, 2014

HÄAGEN-DAZS EN EL SAHARA





-          Quiere saber si conoces el cuento de Outka, Mimouna y Aicha – dijo Smail.
-          No – repuso Port.
-          Goul lou, goul lou.


            Ayer me di cuenta de que a mis casi veinticuatro años todavía no probé el helado Häagen-Dazs. Una curiosidad que no termino de comprender del todo, porque no es algo que no se pueda comprar o que haya dejado de estar en las góndolas como resultado de las barreras a la importación. Simplemente no se dio la ocasión. Cuando era chico mi vieja no quería comprármelo (otro de los tantos traumas que podría englobar en un ensayo titulado Sueños frustrados de una infancia menemista), y para el momento en que ya dependía total y exclusivamente de mí, o bien no los encontraba en el supermercado, o bien el universo había decidido que no tuviese plata encima; ni siquiera tuve la poca suerte de estar al lado de alguien comiéndose uno. Estuve casi media hora evaluando la posibilidad de bajar y comprar uno y así matar el mito de mi infancia, pero al final preferí declinar. Para este momento, ya siento que es una de las tantas características que me definen: el que nunca comió un Häagen-Dazs. Suena bien.
            Otra cosa que tampoco pude concretar, pero que desde hace ya una década que vengo deseando poder hacerlo, es tomar un té en el Sahara. Esta especie de obsesión se remonta a mi adolescencia, cuando tenía quince años y lo único que hacía era escuchar todos los discos de The Police una y otra, y otra vez. Uno de sus temas más memorables (esto lo digo en razón de haberlo encontrado en varios cassettes piratas de greatest hits) nos invita a tomar un tea in the Sahara. Al principio se me hacía aburrida, musicalmente hablando, y solía saltearla. Me parecía muy vacía, le faltaba la fuerza que tienen el resto de las canciones en Synchronicity. Necesité algo de tiempo para comprender qué era lo que se intentaba replicar mediante esos arreglos minimalistas “pincelados” a través de armónicos saturados de echo y delay: el espejismo de un desierto con alguien sepultando sus pasos en la arena. Sólo una vez que me sentí envuelto por esa atmósfera la canción cobró otro sentido (debe sonar bastante estúpido que no me haya dado cuenta en un primer lugar, porque parece una obviedad; pero la música es así, algo primal e intuitivo, y si no se genera el clima adecuado no hay nada que se pueda hacer al respecto).

            La letra, como siempre, iba por otro camino. El título me cautivó al instante, me seducía con la idea de relatarme una historia poco ortodoxa. No podía descifrar del todo lo que se contaba en la canción, sólo tenía una serie de versos concatenados que me impresionaban con la musicalidad de sus palabras, pero nada preciso, nada absoluto. Sólo tenía en claro que había tres hermanas que querían tomar un té en el Sahara con alguien (with you, quizás con nosotros, me arriesgaba a suponer).

            Unos años más tarde – para ese entonces debía rondar los veinte – encontré que, efectivamente, la canción estaba basada en una historia que, a su vez, estaba incluida dentro de una novela, The sheltering sky, de Paul Bowles. Al poco tiempo la encontré en una librería y, aunque no estaba particularmente interesado en leerla, la compré con el sólo propósito de poder resolver el misterio que había cultivado largamente en mi cabeza. Todavía recuerdo con suma precisión el momento en que leí esa página y media (que me valió tener que terminar las doscientas páginas que las sucedían) mientras esperaba el colectivo. Los hechos son simples: tres hermanas van a buscar fortuna prostituyéndose en el M’Zab, aunque lo único que quieren verdaderamente es tomar un té en el Sahara. Los hombres de por ahí son feos y no les dan buenas propinas, hasta que un día aparece un apuesto targuí (especie de príncipe, asumo) que les cuenta sobre el desierto, hace el amor con ellas (así dice la traducción)  a cambio de una moneda de plata para cada una, y por la mañana parte hacia el sur. Las hermanas se sienten desoladas y no hacen otra cosa que pensar en él, por lo que deciden juntar todo lo que tienen (incluso las monedas de plata que conservaban como recuerdo) para comprarse un juego de té y un boleto al Sahara. Una vez que llegan ahí junto con una caravana, huyen por la noche a buscar la duna más alta para así poder contemplar todo el desierto y, especialmente, el lugar en donde habita el targuí. Después de mucho andar se sientan y ponen la tetera y los vasos, pero como se encuentran muy cansadas deciden echarse a dormir antes de preparar el té. Mucho tiempo después son encontradas por otra caravana en la misma posición en la que se habían dormido, junto con sus tres tazas de té llenas de arena. Así fue que tomaron el té en el Sahara.   

            No puedo evitar imaginarme una parodia mía tomando Häagen-Dazs en casa. El único problema es que no tengo madera (ni ganas, especialmente) para escribir algo así, me conformo con sólo pensarlo. Volviendo al tema de antes, la sola historia me parece mucho más interesante que la novela en sí. De hecho, el resto del libro es más que prescindible. Me gusta pensar en qué simboliza el té en el Sahara, qué puede interpretar uno de eso. Hay varias salidas posibles, pero la que más me convence es la de lo absurdo de la vida en sí; buscar algo que no tenga ningún fin ulterior y que eso sea precisamente lo que nos dé un significado, aunque no siempre resulte como lo planeamos. También suelo persuadirme de que no tiene ningún sentido en particular y que así está todo dicho, hasta que caigo en la cuenta de que eso nunca pasa, porque sé que mañana voy a ser otra persona en otras circunstancias, y que las palabras de Ortega y Gasset ya no pueden cambiar. Lo único cierto es que, sin haberme dado cuenta, en la soledad de mi taza de porcelana pude, a mi manera, tomar un té en el Sahara.  



(Extracto de Diarios)

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