Wednesday, May 14, 2014

LOS TRES CUBANOS





 What is freedom but a shout of misery?



            Es bien conocida entre todos los chicos de Cuba la historia de los tres muñecos de papel. Sus madres, antes de cubrirlos para irse a dormir, han de contarles cada noche esa historia que ninguno de ellos puede desconocer o, como dicen, se convertirán en uno de esos muñecos. Yo también fui, alguna vez, uno de esos niños de Cuba que pedía noche tras noche que le repitieran ese mismo cuento, y lo que voy a contarles a continuación no es más que el recuerdo que tengo de la voz de mi madre antes de que me tapara y apagase la luz.

            No muchos años atrás, en una cálida noche de primavera, un artesano llamado Luis trabajaba a la luz de una lámpara de aceite pintando unos muñecos que intentaría vender al día siguiente en la plaza de su barrio en la vieja Habana. Se había quedado despierto más tiempo de lo común, terminando tres muñecos de papel. Trabajó toda la noche sin parar, hasta que el sol empezó a treparse por la pared del horizonte y, recién ahí, dio la última pincelada y pudo recostarse en su silla de mimbre, agotado.

            La luz entraba lentamente por la ventana secando todas las manchas de pintura. Ah..., suspiró Luis al verlos a plena luz del día, ¿pero si no son los muñecos más preciosos que uno haya visto?, y una sonrisa se dibujó en su rostro. Se quedó mirándolos un largo rato, hasta que vio a los pescadores caminando hacia la playa y entonces decidió que ya era tiempo de acostarse. Se levantó de la silla y se echó sobre su cama, y luego dijo , señalando al primero, te llamarás Marlín. , se dirigió al segundo, serás Neshabur. Y a ti..., miró al último chiquitín de reojo, a ti te llamaré... Baltasar. Cerró los ojos, se cubrió con una manta, y antes de dormirse pidió un deseo ay, mis muñequitos, si tan sólo tuviesen vida... Y a los pocos minutos ya estaba perdido en un sueño de mañana.


            Al mediodía, Luis se levantó después de una larga siesta, guardó sus artesanías y todo lo que tuviese algún valor en una bolsa y se fue directo a la feria en donde buscaría vender algo para juntar dinero para su familia.

            Llegó recién después de la hora del almuerzo, estiró un mantel en el lugar que siempre ocupaba y acomodó los objetos de la bolsa cuidadosamente. Cuando terminó de poner todo en orden, se sentó en un almohadón, se puso a comer una fruta y esperó pacientemente la llegada de algún comprador. La gente pasaba, miraba las artesanías unos segundos y seguía camino. Cada tanto, algún chiquito detenía a una madre apresurada para pedirle que le comprase algún muñeco, pero todo terminaba en una absurda promesa del mañana Ya, ya, que se nos va la guagua, era la típica respuesta.

            Así pasaron algunas horas, hasta que en un momento, un hombre vestido de traje se detuvo frente al puesto de Luis. Era un gringo con gafas y sombrero. Se quedó unos minutos observando todas las cosas que estaban en exhibición, y en un mal español preguntó: Cuánto par esos treis? Luis vio que el gringo señalaba a los tres muñecos que había hecho esa misma madrugada. Algo en su interior le dijo que no podía venderlos, que eran su obra maestra. Sería como entregar la mejor parte de su alma. No están a la venta, señor, contestó. Twenty Dollars, ofreció. No, no están a la venta, señor, repitió firme, pero sereno. Fifty Dollars, sacó un billete para tentarlo. Que no, muchas gracias, pero no. El gringo se quedó perplejo, guardó el billete y dijo Okay, fella. Outro día, outro día, lo saludó con un gesto de mano, llamó a otro hombre que estaba por ahí cerca, le dijo algo al oído y luego se fue. Luis no pudo evitar sentir curiosidad, y ni bien el gringo se perdió entre la multitud, llamó al otro hombre. Ey, tú, ¿qué te dijo el gringo?, a lo que el hombre contestó con una sonrisa socarrona Que algún día se los tendrás que vender. Estos gringos..., dijo con un profundo suspiro. Luego miró con cariño a sus tres muñequitos y les hizo una promesa: ustedes quédense tranquilos, yo nunca los voy a vender.


            Las cosas siguieron igual por un buen tiempo, hasta que una noche, esa noche en donde se escucharon miles de tiros y las calles se llenaron de personas, autos, alegría y canciones, todo cambió. Después de esa noche, ya nada sería como había sido hasta entonces para un pobre vendedor de artesanías. Nadie compraba ya sus cosas, y apenas podía hacer algún trabajito que no era de su agrado para conseguir un poco de comida. Todas las tardes ponía su puesto y el mismo gringo pasaba haciendo algún gesto con la mano. No quería vender a sus tres muñecos, no podía hacerlo, se los había prometido. Luis aguantó todo el tiempo que pudo, hasta que un mal día no pudo más del hambre, y pensó que ya no tenía sentido seguir así. Ese mismo día puso a los muñecos sobre la mesa de su cuarto de trabajo, y con una lágrima les confesó la verdad. Nunca quise llegar a esto, pero los tendré que vender. Espero que puedan perdonarme, si es que me escuchan. Yo sé que lo hacen, así que sepan que es porque tengo mucha hambre y tengo una familia que cuidar. Ya no puedo aguantarlo más... Se puso de pie, los acarició suavemente en la cabeza, se echó en su cama y al poco rato se quedó profundamente dormido.    
   
                 La noche se pasó rápida, sin nada fuera de lo común, excepto por el ruido de alguna máquina subiendo alguna callecita de piedra, o las olas del mar aplaudiendo en la costa, o alguna que otra serenata de algún gato parado frente a un balcón. Y entonces, en el momento en que la luz del sol entró por la ventana y tocó con sus dedos cálidos del trópico a los muñecos, algo insólito ocurrió: los tres muñecos se miraron entre sí, y sin decir ni una palabra, bajaron de la mesa y corrieron atravesando el cuarto hasta cruzar la puerta de entrada. Una vez fuera de la casa, se pusieron a conversar.

-          Lo escucharon, nos quiere vender. ¿Qué vamos a hacer? – dijo Marlín.
-          ¿Estás seguro? – preguntó Neshabur – Él prometió no hacerlo nunca...
-          Sí, Neshabur, nos va a vender. Lo dijo con lágrimas en los ojos, y los hombres nunca lloran – aseguró Marlín.
-          ¿Y qué significa eso? – volvió a preguntar Neshabur.
-          Que si nos venden, vamos a ser esclavos – contestó Baltasar – Y quién sabe lo que nos pueda pasar. Yo no quiero ser esclavo de nadie.
-          Sí, ni yo tampoco – dijo Marlín – Pero... ¿qué podemos hacer?

            Se quedaron un rato en silencio, pensando y pensando, dando vueltas en círculos.

-          Escuchen – rompió Baltasar – Tengo una idea.
-          Habla, habla – lo apresuró Marlín
-          El otro día escuché a dos hombres hablando en el mercado. Uno le decía al otro que cruzando las aguas se podía llegar a la tierra de la libertad.
-          ¿Y cómo podríamos hacerlo? – preguntó Neshabur.
-          Escuché que lo hacían viajando en balsas.
-          ¿Y adónde vamos a conseguir una de esas? – preguntó Marlín.
-          Debe haber alguna en la playa, ahí están todos los hombres que viajan en balsas. Desde aquí se puede ver la costa. Si nos apresuramos, quizás podamos llegar antes que ellos – dijo Baltasar.
-          Sí, apresurémonos, es nuestra única oportunidad – dijo Marlín.

            Y así los tres muñecos de papel partieron con el despunte del alba hacia la playa. Corrieron y corrieron sin parar, cruzaron calle tras calle escondiéndose de la gente que merodeaba por esas horas, evitando a los niños e ignorando a los borrachitos que descansaban en algún umbral cantando una samba marcada con golpecitos en la botella de ron.

            No tardaron mucho hasta llegar a la playa. Bajaron por una escalera de rocas y siguieron las huellas de algún pescador en la arena que se perdían al llegar a una caja llena de tablas de madera.

-          Una de estas podría servirnos de balsa – dijo Baltasar – Ayúdenme a sacarla.

            Y los tres muñecos se subieron al borde de la caja y con mucho esfuerzo pudieron sacar una gran tabla de madera. La tiraron en la arena y bajaron de la caja. Luego volvieron a levantarla y enfilaron hacia el mar.    

-          Vamos, ya falta poco – los animó Baltasar.

            Pero cuando estaban a unos pocos metros del mar, de repente algo salió del fondo de la arena y se puso en medio de su camino. Era un enorme cangrejo rojo.

-          ¿Y ahora qué hacemos? – dijo Neshabur temblando de miedo.
-          Yo lo distraeré, ustedes mientras sigan con la balsa. Yo después los alcanzo – contestó Marlín y caminó hasta ponerse enfrente del animal.

            Se quedó quieto hasta que vio cómo se acercaba a él amenazándolo con una gran tenaza, y ahí se echó a correr, llevándose al cangrejo y dejando el camino libre para los otros dos muñecos.

            Neshabur y Baltasar apoyaron la balsa en el agua y se subieron dando un pequeño salto, pero al darse vuelta para buscar a su otro amigo, descubrieron que Marlín estaba metido adentro de una botella de vidrio, rodeado por una multitud de cangrejos rojos. Neshabur quiso saltar hacia la costa, pero Baltasar lo detuvo.

-          ¡No, ya es muy tarde, te caerás al agua!
-          ¡No, no, no podemos dejarlo! – gritó Neshabur.
-          Tranquilo, Neshabur, Marlín ya nos va a alcanzar – contestó Baltasar para calmarlo.
-          ¡No! ¡¿Cómo sabes que va a hacerlo?! ¡¿Cómo va a hacerlo?! – dijo Neshabur desesperado.
-          Él va a hacerlo, confía en él, Neshabur. Los pescadores van a atrapar a los cangrejos y ahí él va a poder salir de la botella y subirse a otra balsa.
-          ¡Suéltame, ya! – dijo Neshabur molesto, y de un empujón se liberó de las manos de Baltasar.

            La balsa estaba muy lejos de la costa para ese entonces, y ya era imposible volver para rescatar a Marlín. Neshabur lo comprendía, pero no podía aceptarlo. Estaba enojado con Baltasar, y por eso no hablaron durante la mitad del viaje. Durante todo ese rato, la marea arrastró a la balsa sin molestias, con calma. Los muñecos cruzaban miradas pero no hablaban ni una palabra. Los dos sabían que, a veces, es mejor el silencio. Recién con la caída del atardecer volvieron a conversar.    

-          ¿Sabes algo sobre la tierra de la libertad? – preguntó Neshabur.
-          Poco – contestó Baltasar.
-          ¿Qué sabes?
-          Por lo que escuché, dicen que allí son todos libres de hacer lo que quieran.
-          ¿Nosotros también?

            Baltasar meditó unos segundos su respuesta.

-          Todos. Hacer lo que uno quiere hacer es ser libre, Neshabur.
-          ¿Y si uno no puede hacer algo porque molesta a otro?
-          En ese caso, se discute y el que mejor lo haga tiene la razón
-          ¿Y tener la razón hace que todo valga?
-          Neshabur, en la tierra de la libertad todos son libres de hacer lo que quieran, eso es lo único que tienes que saber. ¿Por qué preguntas tanto?
-          Porque siempre que escuché a gente discutiendo, los dos creen tener la razón y siempre terminan arreglando las cosas a los golpes.
-          En la tierra de la libertad no pasa eso. La gente discute y así arreglan sus problemas.
-          Si son personas las que viven en la tierra de la libertad, no sé si creerte.
-          Ya, Neshabur, déjalo ahí, no te preocupes más. La libertad no se piensa, se hace.
-          ¿Y nosotros somos libres ahora?
-          No, porque estamos huyendo, y huir no hace nada. La libertad es un lugar al que se llega, Neshabur.

            Neshabur asintió con la cabeza, aunque no estaba para nada convencido de todo lo que le decía Baltasar. Nunca había sabido lo que era la libertad, y por eso no estaba seguro de saber si la deseaba también.

-          Dime, Baltasar, ¿sabes qué pasa con los muñecos que se pierden? – preguntó Neshabur.
-          Tarde o temprano alguien los encuentra – contestó con toda naturalidad.
-          ¿Alguien?
-          Sí, alguien. No importa quién, mientras sea alguien.
-          Y si yo me perdiese... ¿crees que alguien me encontraría?
-          Claro.
-          ¿Lo dices en serio?
-          Sí, claro.
-          ¿Y a Marlín?
-          También. Y ese alguien lo ayudaría a que nos encuentre a nosotros.
-          Quisiera saber quién es mi “alguien”... – suspiró Neshabur
-          Mira, Neshabur, te preocupas demasiado, no hace falta saber quién es “alguien”, sólo hace falta creer que hay un “alguien”, nada más. De eso se trata todo. Y ahora, si no te molesta, voy a hacer una siesta, porque estoy bastante cansado y mareado del viaje – contestó Baltasar y se acostó boca abajo.
-          ¿Te molesta si canto una canción?
-          No, mientras que te mantenga despierto. Cuando me despierte te dejaré dormir un rato.
-          Bien.

            Y sin decirse nada más, Baltasar  cerró sus negros ojos de papel y se acurrucó contra la madera. Neshabur se acercó al borde de la balsa y empezó a cantar una canción mientras veía como el cielo se iba cubriendo de grandes nubes de carbón a medida que pasaba el tiempo. Neshabur cantó.

Dicen que somos chiquiticos
Que estamos hechos de papel
En balsa como amiguitos
Huyendo de lo que fue
Viajamos todos juntitos
Y nadie se va a perder
Porque alguien lo va a encontrar
Aunque se caiga al fondo del mar...

            Baltasar se despertó en medio de la noche al sentir el frío golpe de las olas. Se levantó como pudo, confundido, y llamó a Neshabur. Al no recibir ninguna respuesta, levantó la voz. ¡Neshabur, Neshabur!, gritó con todas sus fuerzas, pero todo intento fue inútil. No había rastro del otro muñeco. Pero... ¿qué ha pasado?, se preguntó asustado.

            El viento soplaba muy fuerte y el mar estaba embravecido. El muñeco se agarraba como podía de la madera, pero la corriente de aire no se detenía ni un segundo. No, si me suelto voy a perderme, dijo con las pocas fuerzas que le quedaban.  Solo espero que alguien me encuentre, se lamentó, y en un abrir y cerrar de ojos la tempestad levantó a la balsa por los aires y la rompió en varios pedazos y un destello incandescente atravesó el cielo y todo se oscureció.


            El sol brillaba sobre una playa dorada de aguas claras como el cielo cuando Baltasar despertó. Sentía que algo lo sujetaba con fuerza y le impedía moverse a su antojo. Todavía estaba aturdido por la tormenta. Levantó la vista y vio que un hombre lo estaba cargando en su mano. Parece que alguien me vino a buscar, pensó con alegría Baltasar. Caminaron durante un buen rato, hasta que el hombre se detuvo y lo dejó sobre una mesa para luego volver sobre sus pasos en dirección a la playa. Baltasar miró a su alrededor y vio que había otros muñecos de papel sobre la mesa.

-          Disculpe, ¿es esta la tierra de la libertad? – preguntó a uno de sus pares.

            El otro muñeco giró la cabeza lentamente y lo examinó de pies a cabeza.

-          Pues claro, ¿es que acaso no sabes leer? – contestó con cierta indiferencia.
-          ¿Qué debo leer?
-          El cartel... – dijo el muñeco y le indicó con la mirada la dirección.

            Baltasar intentó leer el cartel, pero al darse cuenta de que no sabía hacerlo, con un poco de vergüenza volvió a preguntar.

-          ¿Cómo se llama la tierra de la libertad?

            A lo que el otro muñeco, viendo la ignorancia de su compañero, respondió con orgullo:

-          SALE.



(De Valparaíso)

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