Saturday, May 10, 2014

VAUDEVILLE OF CITY LIGHTS






¿Quién iba a atreverse a ignorar que Charlie Chaplin es uno de los dioses más seguros de la mitología de nuestro tiempo...?
JORGE LUIS BORGES


            El otro día pensaba en los distintos tipos de asociaciones que uno hace con ciertas palabras o frases. Dio la casualidad que, tras meses de postergaciones absolutamente prescindibles (pero que, como todo lo inútil, me resultó imposible resistirme a sus encantos), pude ver la comedia romántica de Chaplin titulada City Lights. Conocía algunas escenas separadas de antemano, tales como la del tipo que se come el jabón, la ridícula pelea que pierde Charlie, y la última e inolvidable sonrisa que le obsequia a la florista cuando, tras curarse de la ceguera, lo reconoce al tocar su mano. Siempre me fascinó Chaplin, eso es verdad, pero no es la razón por la cual me atrapó la idea de poder ver su película. Lo que me llamó la atención fue, más que cualquier otra cosa, su nombre. City lights, esa combinación de palabras, esa textura de sonidos que evoca todo un mundo de imágenes en mi cabeza. Leer esas palabras para mis adentros fue tan pintoresco como enamorarme de un libro por el dibujo de su cubierta – algo que suele ocurrir – y, como no podía ser de otra forma, me vi obligado a tomarlas prestadas para hacer una canción.

            Para componerla, primero que nada, evité a toda costa dejarme seducir por la tentación de ver la película; sabía que eso iba a influir en hacer algún tipo de imagen especular del film, algún guiño innecesario. Prefería descubrir por mi cuenta qué recuerdos despertaban esa combinación de palabras en mi mente. Tenía un riff construido sobre la base de un círculo de tres acordes (Em – mi menor -, D – re – y C – do) que, para mi paladar musical y a razón de la repetición de un patrón de notas ejecutadas con echo, delay, reverb y chorus, me hacía acordar al sonido minimalista de la guitarra de U2. No tengo gran afinidad por la banda, pero en ese momento me pareció interesante probar de hacer una canción que tuviera su estilo, e inconscientemente, cuando llegó el momento de escribir la letra, reproduje mis sensaciones a través de imágenes bíblicas – algo típico de ese grupo, también (aunque en mi caso eso está asociado a mi infancia y un poco a Dylan). Un amigo, fanático de los irlandeses, reconfirmó mi hipótesis auditiva al escucharla. Música y letra tenían que estar en perfecta sintonía, una tenía que evocar y reafirmar a la otra, hacer simbiosis, parasitarse entre sí como cuerpo y alma. Las imágenes que pasaban por mi cabeza eran variadas: desde contemplar una ciudad viajando en avión de noche, pasando por sentirse ebrio recorriendo las calles de Buenos Aires con la frase ­If this town is just an apple, then let me take a bite dándome vueltas, la manzana de las luces de mi secundaria, hasta más de una noche insomne y vacía, que quisiera no recordar. Todas estuvieron, de alguna manera, involucradas en la composición final de los dieciséis versos, pero la imagen más presente, sin lugar a dudas, fue la de estar sentado a eso de las cuatro de la mañana en el borde de la vereda de Dorrego y Cabildo (encima del viaducto), contemplando cómo las luces se perdían en la distancia, pretendiendo demostrar un incierto tipo de amor que no lucía a quien le dedicaría más de tres años de mi vida, sabiendo que de alguna forma todo acabaría de la peor manera y que, muchos años más tarde, recuperaría esa diapositiva mental para expresarle todo el malestar que me había causado con sus incontables decepciones.

            Es increíble todo lo que se puede generar mediante algo tan simple como la sumatoria de dos palabras. Pronunciarlas en silencio, luego repetirlas con un murmullo para darles vida, y finalmente apropiarnos de ellas con nuestra voz, gritando los dolores del alma como si se tratara de un hechizo o conjuro que utilizamos para purgar el malestar y así redimirnos a través de un dios que no es sino nosotros mismos. En una frase que bien podría ser el título de un libro barato de autoayuda: el arte como psicólogo y religión. Todos necesitamos algo en qué creer, una razón de ser, cuestiones que no son otra cosa que sinónimos de Dios, el mismo dios que me reveló mi educación cristiana impuesta por mis padres sin mi consentimiento. Todavía recuerdo lo difícil que me resultó deshacerme de mis viejas creencias, del miedo fundado en la eternidad que me acechaba cada noche cuando apoyaba la cabeza sobre la almohada. No quería el infierno, pero tampoco el paraíso. Quería, ansiaba, tenía la irremediable necesidad de desaparecer, dejar de existir y que eso fuese la única realidad. Sólo con ayuda del tiempo, muchas lecturas (especialmente del ensayo De cómo filosofar es aprender a morir de Montaigne), y de encontrar en la música y la literatura mi personalidad, fue que pude comprender que mis temores eran parte de la maduración del pensamiento y que estaba condenado a sufrir otro tipo de crisis existenciales, pero que por el momento podía estar tranquilo porque había hallado lo que siempre había estado buscando (eso que no se define en palabras, pero que tenemos la insoportable necesidad de destruir con la cruz de nuestra absurda exigencia de explicar todo). Entendí, a mi manera, que no requería que todo tuviese una respuesta, que podía elegir no comprender y continuar con mi vida a pesar de eso. Lo esencial radica en hacer cosas, construir aun sabiendo que no va a servir para nada más que ruinas futuras: todo está en proceso, creándose. Incluso Dios, me confirmó George Bernard Shaw.



(Extracto de Diarios)

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