Viajamos
de Parque Patricios al Colón en taxi. Dentro de una hora y monedas
va a empezar el concierto gratuito de Daniel Barenboim y Marta
Argerich haciendo un dúo de pianos. A Barenboim ya lo había visto
con la East West Divan Orchestra unos años atrás en Nueva Pompeya.
Aude lee cosas sobre la vida del pianista en su celular. Que tiene
cuatro nacionalidades, que estuvo casado con Jacqueline du Pré... Le
pregunto si vio la película Jackie.
No, no conocía la triste historia de la famosa cellista que murió
joven de artritis. Recuerdo esa amarga madrugada en la que me pareció
sentirme en su piel y no poder hacer lo que más me gustaba, tocar un
instrumento.
Bajamos
en el Obelisco y caminamos por Pellegrini hasta Tucumán. Mili entra
a comprarse unas botas para la lluvia y Patricio me habla de cuando
todavía trabajaba con él y cada un promedio de tres semanas
sacrificábamos un almuerzo en Ugi's. Aude se ríe y nos cuenta que
leyó dos notas de medios extranjeros a propósito de la pizzería
más low cost del mundo. En ambas se destacaba el trato desinteresado
por el cliente, usando frases ilustrativas como take
your pizza and fuck off. Entramos
en su sitio de facebook y vemos fotos de palomas adentro de los
locales con epígrafes que rezan acá
nuestro mejor cliente, Miguel
o, cuando ya son bandada, Miguel
y su familia ayudándonos a limpiar el local.
Cuando Aude afirma orgullosa que nunca comió en Ugi's, su suerte
está echada. En unos minutos va a confirmar cara a cara el poco
carisma comercial de los (maestros) pizzeros que, al pedirles mi
hermano que le pongan condimento,
señalan la botella de pepsi agujereada en la tapa rellena de adobo y
le sugieren que le meta a gusto. Dos porciones fueron más que
suficientes para que la parisina tuviera su buena dosis de un (no
debería ser tan) clásico porteño. Lo definió con una frase
sencilla, no
está mal pero tiene gusto a nada.
Media hora más tarde nos
ubicamos en el fondo del mar de gente de la plaza Vaticano. Un falso
inicio que se recapitula con publicidades del gobierno de la ciudad y
Barenboim entra con Argerich de la mano. Saludan a la oriental y se
reparten los dos extremos de un mismo piano.
Hablar
de la música que tocaron puede resumirse en algunos nombres e
impresiones que afortunadamente uno tiene la pequeña chance de
captar en un espectáculo de este tipo. Es que, entre la falta de
altoparlantes y el ruido de una usina de sordos, resulta casi
imposible percatarse y concentrarse en ese diálogo que entablan dos
de los mejores músicos del género en nuestro país por medio de
cosquilleos, martillazos, arpegios, cascadas o collares
de perlas,
para usar una expresión consagrada. Ya en el concierto gratuito de
Nueva Pompeya había comenzado a convencerme de que existen ciertos
estereotipos que se repiten: los agorafóbicos que se desmayan, los
rescatistas que gritan a pulmón vivo por su culpa y los pibes que
les gusta todo ese circo y chiflan, chascan los dedos y aplauden, son
sólo un clásico incorregible. En esta ocasión, además, me
encuentro con adolescentes skaters que no sólo hablan todo el
tiempo, sino que también, durante la ejecución de el
holandés errante
arreglado por Debussy para dos pianos, hacen un videoclip público de
reventarse granos. Que uno les tapa la vista a más de cien metros
del escenario que apenas se ve, me hace dudar si la música entra por
los oídos o por los ojos. También siento curiosidad por si lo que
graban las personas en sus celulares tiene mejor audio que el vivo.
Quizás si estuviera un poco más cerca para ponerme a escuchar con
ellos lo que acaban de registrar, lo podría saber. Pero lo más
seguro es que yo sea alguien que no encaja con estos tiempos porque
olvidó que si no está subido a alguna red social (preferiblemente
en formato instastory), no pasó.
Sólo faltó mencionar al
paradigma de las personalidades más destacadas de todas las épocas
habidas y por haber. El sabelotodo. Paradito en su mundo, cuenta cada
semicorchea-fusa-semifusa que el resto no tiene la suerte de poder
leer en su partitura mental, esa que garabatea de memoria con un
canto gregoriano entero de obviedades pentagramadas que a nadie le
importan.
Una hora de pianos afónicos,
taladros y estereotipos narrando la (soap) ópera. Tengo los pies a
la miseria y maldigo cada minuto malgastado en no comprarme una
entrada para verlos esa misma noche. Es así, uno sabe a las fuerzas
que se somete cuando consiente ser otro árbol dentro de un bosque
estéril. Antes de abandonar a la masa, me imagino qué pasaría si
Barenboim fuera a Ugi's. Pediría una de muzza con su acento
desnaturalizado y la comería parado. Seguro se quejarían sus pies,
se sentiría revuelto después de un rato, putearía en cuatro
idiomas y jamás volvería. Como yo en este momento, excepto que él
se estaría perdiendo una pizza y no una interpretación de
Tchaikovsky, Wagner o Mozart.
(Extracto de Diarios)

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