Thursday, August 10, 2017

SI BARENBOIM FUERA A UGI'S







Viajamos de Parque Patricios al Colón en taxi. Dentro de una hora y monedas va a empezar el concierto gratuito de Daniel Barenboim y Marta Argerich haciendo un dúo de pianos. A Barenboim ya lo había visto con la East West Divan Orchestra unos años atrás en Nueva Pompeya. Aude lee cosas sobre la vida del pianista en su celular. Que tiene cuatro nacionalidades, que estuvo casado con Jacqueline du Pré... Le pregunto si vio la película Jackie. No, no conocía la triste historia de la famosa cellista que murió joven de artritis. Recuerdo esa amarga madrugada en la que me pareció sentirme en su piel y no poder hacer lo que más me gustaba, tocar un instrumento.

Bajamos en el Obelisco y caminamos por Pellegrini hasta Tucumán. Mili entra a comprarse unas botas para la lluvia y Patricio me habla de cuando todavía trabajaba con él y cada un promedio de tres semanas sacrificábamos un almuerzo en Ugi's. Aude se ríe y nos cuenta que leyó dos notas de medios extranjeros a propósito de la pizzería más low cost del mundo. En ambas se destacaba el trato desinteresado por el cliente, usando frases ilustrativas como take your pizza and fuck off. Entramos en su sitio de facebook y vemos fotos de palomas adentro de los locales con epígrafes que rezan acá nuestro mejor cliente, Miguel o, cuando ya son bandada, Miguel y su familia ayudándonos a limpiar el local. Cuando Aude afirma orgullosa que nunca comió en Ugi's, su suerte está echada. En unos minutos va a confirmar cara a cara el poco carisma comercial de los (maestros) pizzeros que, al pedirles mi hermano que le pongan condimento, señalan la botella de pepsi agujereada en la tapa rellena de adobo y le sugieren que le meta a gusto. Dos porciones fueron más que suficientes para que la parisina tuviera su buena dosis de un (no debería ser tan) clásico porteño. Lo definió con una frase sencilla, no está mal pero tiene gusto a nada.

Media hora más tarde nos ubicamos en el fondo del mar de gente de la plaza Vaticano. Un falso inicio que se recapitula con publicidades del gobierno de la ciudad y Barenboim entra con Argerich de la mano. Saludan a la oriental y se reparten los dos extremos de un mismo piano.

Hablar de la música que tocaron puede resumirse en algunos nombres e impresiones que afortunadamente uno tiene la pequeña chance de captar en un espectáculo de este tipo. Es que, entre la falta de altoparlantes y el ruido de una usina de sordos, resulta casi imposible percatarse y concentrarse en ese diálogo que entablan dos de los mejores músicos del género en nuestro país por medio de cosquilleos, martillazos, arpegios, cascadas o collares de perlas, para usar una expresión consagrada. Ya en el concierto gratuito de Nueva Pompeya había comenzado a convencerme de que existen ciertos estereotipos que se repiten: los agorafóbicos que se desmayan, los rescatistas que gritan a pulmón vivo por su culpa y los pibes que les gusta todo ese circo y chiflan, chascan los dedos y aplauden, son sólo un clásico incorregible. En esta ocasión, además, me encuentro con adolescentes skaters que no sólo hablan todo el tiempo, sino que también, durante la ejecución de el holandés errante arreglado por Debussy para dos pianos, hacen un videoclip público de reventarse granos. Que uno les tapa la vista a más de cien metros del escenario que apenas se ve, me hace dudar si la música entra por los oídos o por los ojos. También siento curiosidad por si lo que graban las personas en sus celulares tiene mejor audio que el vivo. Quizás si estuviera un poco más cerca para ponerme a escuchar con ellos lo que acaban de registrar, lo podría saber. Pero lo más seguro es que yo sea alguien que no encaja con estos tiempos porque olvidó que si no está subido a alguna red social (preferiblemente en formato instastory), no pasó.

Sólo faltó mencionar al paradigma de las personalidades más destacadas de todas las épocas habidas y por haber. El sabelotodo. Paradito en su mundo, cuenta cada semicorchea-fusa-semifusa que el resto no tiene la suerte de poder leer en su partitura mental, esa que garabatea de memoria con un canto gregoriano entero de obviedades pentagramadas que a nadie le importan.

Una hora de pianos afónicos, taladros y estereotipos narrando la (soap) ópera. Tengo los pies a la miseria y maldigo cada minuto malgastado en no comprarme una entrada para verlos esa misma noche. Es así, uno sabe a las fuerzas que se somete cuando consiente ser otro árbol dentro de un bosque estéril. Antes de abandonar a la masa, me imagino qué pasaría si Barenboim fuera a Ugi's. Pediría una de muzza con su acento desnaturalizado y la comería parado. Seguro se quejarían sus pies, se sentiría revuelto después de un rato, putearía en cuatro idiomas y jamás volvería. Como yo en este momento, excepto que él se estaría perdiendo una pizza y no una interpretación de Tchaikovsky, Wagner o Mozart.



(Extracto de Diarios)

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