Monday, October 31, 2016

DODO






To define is to kill. To suggest is to create


            Desde que somos chicos, no paramos de escuchar la frase dejá volar la imaginación. Se repite, una y otra vez, como las marcas que hace un preso en la cárcel para contar los días. Las palabras son libres, nosotros somos sus prisioneros. Inventamos reglas para unirlas, y cuando surgen formas nuevas de usarlas, hay quienes dicen que no tiene sentido. Otros, preferimos llamarlo poesía.

            Otra imagen muy común es la de la libertad de los sueños. Aude anota casi todos los días lo que soñó la noche anterior. Hace unos días me contó que había viajado a dos ciudades en Hawai y Alaska, ambas con la letra D. Dillinguer y Dalargui. Ni bien despertó, las googleó convencida de que existían. No eran otra cosa que un juego borgeano. Cuando me preguntó cuál podía ser su sentido, lo primero que se me vino a la mente fue la relación entre las dos D y la palabra francesa dodo, que, como ella me enseñó, significa dormir. También puede leerse como una directiva de hacer algo (Do!Do!). Incluso, dentro de esa simple expresión se esconden los sonidos de su nombre. Odd, isn’t it?

            Las coincidencias no abrigan algún sentido intrínseco, pero lo cierto es que, lo queramos ver o no, existen. A propósito de esto, hace una semana, mientras volvía a casa por Tucumán, viví una situación más que llamativa. A mitad de cuadra, un tipo revolvía un tacho de basura, dejando un espacio muy reducido de la vereda para pasar. En esa encrucijada, un chico de unos cinco años que vestía una remera con el escudo de mi viejo jardín de infantes (El Salvador) me miró directo a los ojos. Era una réplica casi exacta mía. Tenía la misma mirada perdida que se puede adivinar en mis fotos de chico. Lo dejé pasar a él primero y seguí camino. Una vez del otro lado, pensé en cuál podría ser su nombre. Ni bien bajé la cabeza al piso (como suelo hacer), sobre una baldosa leí mi nombre grabado en el cemento todavía medio húmedo.

            Cuál puede ser el significado de ese arrebato esotérico, lo desconozco. Pero el sólo hecho de haber experimentado ese misterio de probabilidad inmensurable justifica su breve mención en estas páginas.

Thursday, October 27, 2016

WILDE SIDES







Lado A


            En el fin de semana me compré la obra Rhinocéros, de Ionesco. Al mejor estilo Saramago, la acción dramática gira en torno a que los habitantes de un pueblito francés se van transformando en rinocerontes. Ya desde las primeras páginas se plantea la situación en torno a los paquidermos, y en adelante sólo habrá un fluir de discusiones que oscilan entre lo absurdo y la credulidad del hecho fantástico, hasta alcanzar el paroxismo de una confabulación aplastante de la realidad. Entre líneas, subyace una crítica a los regímenes totalitarios y las consecuencias del (no) pensamiento de los movimientos de masas.

            Ionesco escribió la obra como respuesta frente a la transformación de sus conocidos durante el auge fascista en Rumania. Si bien ese es su punto de partida, también hace una clara alusión al período de la ocupación francesa. Sartre no pasa desapercibido como uno de los principales culpables de la eugenesia animal, ajustándose a la situación a pesar de poder comprenderla mejor que el resto.  

            Parece existir una relación a lo largo de la historia entre lo antropomórfico y la crítica a la censura. Incluso una vez superada, existe una necesidad imperante de disfrazar, o mejor dicho, maquillar la realidad, como si se tratara de ocultar una herida. O bien es una manera de mostrarnos el verdadero rostro de la violencia, la facilidad con la que se abre paso la intolerancia aglutinando la opinión de una mayoría frente al pensamiento individual. Esa bestia, en manos de Ionesco, no cuelga como un trofeo de cacería africana. Corre libre por los campos de la imaginación colectiva, haciendo que cada uno se pregunte si lo que se acerca es un rinoceronte de uno o dos cuernos. Y en cuanto más discernible sea la cuestión, menor será la distancia de acción.

Wednesday, October 19, 2016

PROCESIÓN EN EL AIRE






Hay algo terrible en ver un pájaro muerto


Son unos breves segundos, nomás
Instantes indecibles
En donde el cuerpo revive su acto final
Precipitándose a tierra como una gota de agua
Que se aplasta con un ruido sordo
Contra la nada misma:
El ocaso de la libertad.


Si caemos batiendo las alas
En este inútil duelo
Concedámonos, al menos
Un entierro en el cielo.



(Extracto de Diarios)
           

Monday, October 17, 2016

NOBEL VAGUE







Aucun homme ne mérite d’être consacré de son vivant
JEAN-PAUL SARTRE


            Media hora de la clase de filosofía hablando sobre el nobel de literatura. Un ping-pong entre el profesor y yo, en el que, por primera vez en dos meses, estamos de acuerdo. Dylan tiene bien merecido el premio. Si el criterio reaccionario es que la música o los artistas pop no son literatura, entonces ¿cuándo lo fue la Historia de Roma de Mommsen, la obra de Churchill, o el rechazo del ofrecimiento por La interpretación de los sueños? Cuando finalmente la academia sueca se propone redimirse, abriendo el espectro de posibilidades del género, llueven las críticas de siempre.

            Lo cierto es que el nombre del cantautor americano viene resonando desde hace no menos de cinco años. Es más, ahí por el 2012, lo mencioné al pasar en un texto a modo de reseña de Tomas Tränstromer. Aparte de sus canciones, uno puede acceder a dos textos[1] que, a pesar de mi fanatismo, distan bastante de hermanarse con el resto de sus composiciones.  Sin embargo, la etapa de los sesenta es digna de cualquier honor. Respecto a todo lo posterior, salvo excepciones, cumple con el requisito de longevidad en el oficio para ser candidato.

            Pero el tema que importa no es, a mi manera de ver las cosas, si Dylan merecía el nobel o no. Después de todo, ¿qué valor tiene esa especie de consagración que, como bien dio a entender el ficticio Mantovani, no hace otra cosa que convertir al hombre en estatua? Un premio que fue otorgado a miembros de su propia institución, pero negado al único que fue literatura en vida. Un premio que, curiosamente, fue concedido a no menos de ocho suecos. Ni siquiera hace falta poner en crisis la credibilidad de la talla de algunos de los galardonados, porque quiero mantenerme fiel a que la subjetividad es el factor común que llama al silencio.