Algunas noches sigo una
luz amarilla
hasta una puerta azul en
la que se lee: Sueño.
Yo no la abro por mi
mano
ni me viene a buscar una
mujer
para que entre a comprar
sueños.
Y sin embargo siempre he
pagado mis sueños.
No debo nada a la noche
Es harto famosa la historia de que el
recetario de láudano para apaliar la depresión fue la llave que utilizó
Coleridge para adentrarse al palacio de Kubla
Khan. Esta droga, que no es otra cosa que opio mezclada con alcohol, lo
sumió en un profundo sueño de unas (se dice) tres horas. Tirado sobre la hierba
de su finca de Exmoor, un libro de Purchas a un costado, el poeta romántico se
adentró en lo más profundo de su propia – y quizás también universal –
imaginación. Al levantarse, sostenía una imagen nítida que fue directamente a volcar
en un papel que resultó, más que en un retrato, en una sinfonía onírica. Bastó
la interrupción de su mayordomo para que el espejo de agua se quebrara y los
trescientos versos se redujeran a unos inacabados cincuenta, acaso un fiel
reflejo de las mismas ruinas que quedaron del palacio del emperador mongol. ¿Y
a quién se debe esto? Al hombre de Porlock y el reclamo de su absurda deuda de
leche.
Ejemplos
de obras concebidas por medio del sueño sobran. Sin ir muy lejos, en el mundo
de la música encontramos que durante la década de los sesenta, dos de sus
himnos más conocidos fueron compuestos de esta manera. Keith Richards asegura
haber soñado el riff de Satisfaction,
y que solamente se levantó a tiempo para grabarlo e irse a dormir nuevamente,
antes de que su recuerdo se difuminara a la mañana siguiente. Por esos años, un
joven McCartney pernoctaba en la casa de su por entonces novia, Jane Asher, cuando
súbitamente se despertó en medio de la noche con la melodía de una canción
entera. Sin perder tiempo, bajó hasta donde se encontraba el piano y escribió
en un papel, a su manera (porque no sabía leer ni escribir en pentagrama), lo
que estaba tocando. El título momentáneo de la canción y su primer pareado
fueron ensayados en cada prueba de sonido de los Beatles durante unos meses, un
invento que divirtió a Lennon hasta que Scrambled
eggs, Oh my darlin’ how I love your legs se transformó, finalmente, en la
antológica Yesterday. Dos décadas más
tarde, un tal Gordon Matthew Sumner se levantaría perseguido por la sombra de la
separación con su ex mujer, y usando un pequeño Hammond armaría el esqueleto de
la canción más reproducida en las radios desde entonces, el paradigma stalker: Every breath you take.
Si
cambiamos el eje musical hacia el arte plástico – o pictórico o como quieran
llamarlo -, no falta nunca mencionar los cientos de bocetos que debió hacer
Picasso para retratar a esas proto-cubistas mujeres de Avignon tal cual las recordaba
de su sueño, ni tampoco la mayor parte (por no decir todas) las obras del
parcialmente obsesivo pintor de rinocerontes, Salvador Dalí.


