So we beat on, boats against the current,
borne back ceaselessly into the past
No recuerdo bien qué escritor (si Borges o Cortázar)
dijo que uno debía escribir como si no entendiese del todo lo que está
pasando. Suele suceder que tenga una palabra, una imagen, un título o algún
nombre en mente, y que eso dispare lo que llamo improvisaciones, textos que consisten, básicamente, en sentarme a
escribir cualquier cosa que se me pase por la cabeza sin entrar en detalle, ni
utilizar algún tipo de esquema en particular.
El
jueves me levanté a eso de la una del mediodía, y en medio de toda esa
confusión que supone despertar, agarré el celular y encontré un mensaje que
decía que había llegado Flappers and
philosophers, la antología de cuentos de Fitzgerald que había encargado una
semana atrás. Me había tomado el día exclusivamente para estudiar, pero salir a
buscar el libro para tomar algo de aire, y de paso aprovechar el viaje para
concentrarme y leer un poco, no parecía implicar ningún tipo de riesgo en el
resultado del examen de mañana. Una hora más tarde me encontraba arriba del
bondi, con el resumen que apenas llegué a terminar antes de bajarme.
Abajo,
al amparo de un cielo prístino, rayaba el sol en lo alto, radiante. Era un día
espléndido, un trailer de primavera.
Caminé unas diez a quince cuadras poseído por un sentimiento que podría
describir como grandiosa serenidad
hedonista, pensando que quizás todo debería fundirse en esos breves,
(in)significantes paseos. Mientras
cruzaba la vía del tren y veía las mesas afuera de los bares, restaurantes,
heladerías y casas de té, en mi cabeza sonaba Near wild heaven como una especie de soundtrack del momento, con
las viejas contándose los últimos chismes, los grupitos de adolescentes que
miran y se ríen por dentro en sus burbujas micro-cósmicas, las parejas que
comparten un milk-shake que tiene sabor a cliché de su falso paraíso hollywoodense,
y los chicos que se sientan con sus abuelas a fabricar recuerdos hechos de
submarinos que no son amarillos y chocolates sin tickets dorados al final del
día.
Antes
de entrar a la librería, llamé a Lautaro – que vive a tres cuadras del lugar -
para juntarnos a estudiar por ahí y así alivianar un poco la carga del día. Me
entregaron el libro en mano y noté una marca en la contratapa, símil a una
estampa para animales pero de color azul. No me importó mucho, ni siquiera
exigí que me bajaran el precio por el defecto. Sinceramente, la emoción de
tenerlo superaba cualquier otra cuestión. Salí y no ofrecí mucha resistencia al
Tea Connection de la esquina, a pesar de que por dentro me acordaba de alguna
que otra joda hecha sobre el lugar. Me senté adentro y tiré las cosas sobre los
sillones de una mesa que daban contra una de las ventanas. Pedí algo para
almorzar, aunque para ese entonces ya eran casi las cuatro de la tarde, y leí
por última vez para el examen. Leí hasta que una mujer (de unos cuarenta y
largos) me empezó a preguntar desde otra mesa si se podía estacionar a esa
hora, si había algún problema con la salida de los colegios. Seguí lo menos que
pude la conversación, y al notar que no se iba a callar, al primer momento que
se quedó en silencio abrí el libro de Fitzgerald y me perdí en otra
introducción más al mundo del Jazz Age. Sabía que hacer eso era un error,
porque desde el instante en que mis ojos se posaran sobre una página, iba a ser
imposible volver atrás con el estudio. Y, lamentablemente, no me equivoqué.