Saturday, June 28, 2014

HÄAGEN-DAZS EN EL SAHARA





-          Quiere saber si conoces el cuento de Outka, Mimouna y Aicha – dijo Smail.
-          No – repuso Port.
-          Goul lou, goul lou.


            Ayer me di cuenta de que a mis casi veinticuatro años todavía no probé el helado Häagen-Dazs. Una curiosidad que no termino de comprender del todo, porque no es algo que no se pueda comprar o que haya dejado de estar en las góndolas como resultado de las barreras a la importación. Simplemente no se dio la ocasión. Cuando era chico mi vieja no quería comprármelo (otro de los tantos traumas que podría englobar en un ensayo titulado Sueños frustrados de una infancia menemista), y para el momento en que ya dependía total y exclusivamente de mí, o bien no los encontraba en el supermercado, o bien el universo había decidido que no tuviese plata encima; ni siquiera tuve la poca suerte de estar al lado de alguien comiéndose uno. Estuve casi media hora evaluando la posibilidad de bajar y comprar uno y así matar el mito de mi infancia, pero al final preferí declinar. Para este momento, ya siento que es una de las tantas características que me definen: el que nunca comió un Häagen-Dazs. Suena bien.

Sunday, June 15, 2014

EL HOLANDÉS ERRANTE





You speak of Lord Byron and me – There is this great difference between us.
He describes what he sees – I describe what I imagine – Mine is the hardest task.


            Había leído en los diarios que él iba a estar en Buenos Aires, así que me fijé bien la fecha en la que iba a arribar. Es un día cualquiera en una mañana anónima. Para ubicarlos, voy a referirles que nos encontrábamos en agosto, pleno invierno. El cielo, para mi deleite, viste una túnica de pálido gris. Camino por entre las calles que circundan al Parque Lezama, un poco perdido porque no creo haber estado por ahí más que en una o dos ocasiones y, lo más seguro, arriba de un bondi o de un auto. Miro la numeración, busco los carteles con nombres mutilados y, después de unas vueltas típicas de turista, llego a destino. Hago una reverencia a google por su inconmensurable ayuda (decir Guía T supondría pecar de arcaico y romántico), apago la música que estaba escuchando (si la memoria no me falla, me encontraba inmerso en una versión bakeriana de Deep in a dream) y empujo la puerta del café con una vaga esperanza en el fondo de mi conciencia.

            Lo primero que veo es un hipopótamo de piedra, blanco y reluciente; estoy en el lugar correcto, de eso no hay duda. Busco con una mirada panorámica algún rostro conocido y, ni bien lo hago, me detengo en una cumbre nevada hipnotizada a una torre de papeles entre los cuales se pueden adivinar diarios, hojas en blanco y a medio escribir y, muy posiblemente, mapas de una ciudad colmada de gente susceptible. A paso trémulo me dejo llevar como un metal que se resiste a ser imantado hacia el fondo del local, en donde pueda contemplar más de cerca al artesano en plena concreción de los secretos de su oficio. Un cortado, le digo al mozo lacónicamente. El hombre continúa abocado a su tarea, dormido en medio de ese sueño que algunos llaman realidad. Mientras, yo me saco el abrigo, me acomodo lo mejor que puedo en una silla de madera que no califica dentro de los estándares de comodidad y relojeo al ídolo sin rodeos. Me pregunto qué tan profundo es el mar de tinta que derrama sobre sus incontables ciudades de papel, cómo hace para contener la respiración de su propio océano, cómo soporta la sofocante presión del mundo de afuera.

Friday, June 6, 2014

RAISE HIGH THE INNOCENCE, SALINGER & BRITPOP: AN INDUCTION


RAISE HIGH THE INNOCENCE, SALINGER



I suspect people of plotting to make me happy

            Acá, yo con mi gorro rojo de carnicero comunista o cocinero búlgaro, como dice mi viejo. Un poco de Arcade Fire para llenar el vacío. Agustín se acaba de ir. Lo último que me dijo fue ¿sabés que habla de los putos?, a propósito de We exist. Sí, ¿no viste el video? Un toque obvio, aunque yo le puse otra interpretación. Una de las cosas geniales del arte es eso, poder interpretarlo de distintas maneras, adaptarlas a nuestra vida, nuestro lenguaje, y hacerlo propio, poder compartir una experiencia sin que necesariamente una de las partes lo sepa.

            Todo lo que dije hasta recién no lo tenía en mente al momento de sentarme, pero me gustó explayarme sobre algo que no había pensado de antemano. Lo dejé ahí porque tampoco buscaba llegar a algún tipo de conclusión al respecto. Lo esencial en la escritura, me atrevo a decir, es dejar cosas sin decir; es tanto o más importante que lo que se dice. Y eso no sólo pasa con los cuentos, como sugiere Cortázar en su poética sobre dicho género, en donde lo compara con la fotografía.


            A los trece años fue la primera vez que escuché su nombre. A los veinte me sugirieron leerlo. Decliné el ofrecimiento porque no estaba interesado en ese tipo de novelas, estaba ocupado tratando de terminar otras cosas más densas, cosas tan incomprensibles como la inexplicable llegada de Odiseo un 16 de junio a una Ítaca únicamente verde por el color de su bandera y esa flor de cuatro pétalos (hojas) que, como la buena fortuna de esa tierra, no existe.

            Es un sábado patrio, un día como cualquier otro (aunque muchos pretendan embanderarse de un sentimiento nacionalista que, a mi parecer, es tan absurdo como la fragmentación del mundo en países). Mi viejo cumple años, cincuenta y seis – ahora sí tiene algo de sentido decirle viejo. Terminamos de almorzar y nos ponemos a caminar por ahí, perdiéndonos entre las encrucijadas calles colapsadas de gente imantada a las baratijas de una feria de triste reminiscencia árabe, sólo para salir por alguna perpendicular adoquinada (necesité cuatro minutos para encontrar esta palabra; la forma de encontrarla fue “piedras isla Martín García” en Google...) de San Telmo. En eso recuerdo que estoy a pocas cuadras de Walrus, así que me mando sin pensarlo mucho, diciéndole al resto espérenme acá, ya vengo. Entro al lugar y tras un breve saludo me pongo a orbitar alrededor de las estanterías sobrepobladas de libros. Hago la del archivador, uno por uno, pero no encuentro nada (tengo una manía con encontrar las cosas por mi cuenta). Me rindo y le digo a la chica que atiende Disculpá, ¿Salinger?, como si ella pudiese presentármelo ahí mismo, como si esperase que lo sacara del bolsillo y me dijese acá, acá, bobito. Se para y sube las escaleras. Ahí siempre flasheo la de Notting Hill de chorear un libro, pero mierda que existe algo que se llama moral que no deja de taladrarme la conciencia, y el imperativo categórico de hay cosas que no se hacen ni en joda, ni aunque a último momento lo devuelvas y le digas “ojo que puede pasarte, sólo te lo quería hacer a modo de advertencia”. Guardo las manos en los bolsillos para no tentarme y sigo relojeando los libros de ética y religión, por donde sabía que residía Pilgrim’s Progress, el clásico herético de Bunyan que sólo quiero leer para irritar a mi hermano mayor. La chica baja y me muestra el menú: The catcher in the rye, Franny and Zooey, Raise high the roof beam, carpenters and Seymour: an Introduction y Nine Stories. Le pregunto a cuánto están. Cincuenta cada uno. Los llevo todos (la historia verdadera es que sólo me llevé The catcher porque me había olvidado la billetera y el resto los compré el martes siguiente, pero ni ganas de contar todo eso. Long live fiction). No hay nada más interesante (si es que puede considerarse como tal a todo lo anterior) que contar sobre ese día en particular.