Dicen que los turistas sólo
van a conocer el Canal. Más allá de ser un hito de la ingeniería, que
creo apreciar desde mi vasta ignorancia, existen pocas cosas menos
entretenidas que contemplar cerca de media hora un barco que es
elevado por medio de unas esclusas. Quizás lo sea estando en la
embarcación. Fue lo último que hice en ese enero de 2016 por
Centroamérica.
Esto me viene a la mente a
propósito de un documental sobre Panamá que vi ayer. Yo tampoco
visité extensamente el país, circunscribiendo mi estadía a la
burbuja de Bocas del Toro y la ciudad capital, sin contar unas horas
de espera en el aeropuerto de David y la ruta hacia la tétrica
ciudad fronteriza Sixaola. Algunos compatriotas elogiaron San Blas,
que nada tiene que ver con la canción de Maná, y de haber tenido
unos días más probablemente habría estado en mis planes futuros.
Recuerdo la calidez del pueblo
panameño, a pesar de los infaltables oportunistas que siempre buscan
rascarte un dólar más del bolsillo. También el extenso puente que
dividía la capital en dos distopías con sus inmensas agujas de
cristal, el casco histórico y sus pintorescas casas coloniales
desfilando en una noche sobria que constantemente amenazaba con un
diluvio; y una espléndida vista de la bahía desde un piso sesenta y
ocho con un gin tonic en la mano.
¿Y el Canal? Una parada
obligatoria, nada más. Hoy, sabiendo que Gauguin trabajó brevemente
en su temprana construcción, el misticismo de la colosal obra crece
en mi imaginario a la sombra de otra leyenda. Destaca incluso un
escritor de buena fama que allí habría contraído la enfermedad que
más tarde lo llevaría a morir en su paraíso (perdido). Una mujer
de sexo rojo, refiere en su libro. Más bíblico, imposible.
Dicen que los turistas sólo
van a visitar el Canal. De las otras cosas, mejor callar.
(Extracto de Diarios)