Merodeo otra vez por las calles de Hoi An entre un montón de sastrerías
desde donde me saludan elegantes hombres sin rostro. Los
transeúntes vuelan como abejas de tienda en tienda mientras las
bicicletas se suicidan en el horizonte negro. Seducido por el polen
fluorescente de las lámparas, mi cuerpo se abre paso por una bajada
en busca de un paraíso eléctrico. En una esquina, unos chicos se
acercan ofreciéndome sus barcos de papel a cambio de una moneda.
Desde ese rincón anegado me pregunto si sabrán distinguir la muerte
de los sueños. De una orilla a la otra, un puente de madera. A mitad
de camino, me separo de la multitud y contemplo el paisaje desde la
baranda. A la deriva, las diminutas naves viajan a la luz de la vela
hacia la noche. ¿Qué tierras lejanas, qué playas blancas les
esperan? La flama se consume lentamente; como el papel se hunde en el
agua y el charco se seca en la oscuridad. Quizás sea tarde ya para
abrir los ojos.
(Extracto de Diarios)

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