El
sol se está asomando entre las jorobas del camello. Nosotros estamos
sentados en el cordón de la vereda con el guía esperando que llegue
el chicken bus. No desayunamos ni tampoco cenamos la noche anterior.
Lo único que tenemos son unas galletitas tipo Maná, unas Pringles y
tres botellas de un litro y medio de agua. Se frena la cafetera y
subimos en malón para hacer el trayecto que nos separa del pueblo a
la falda del volcán. Diez minutos más tarde estamos pagando la
entrada e insertándonos en el sendero rumbo al Concepción. La
primera hora es una caminata llana, plagada de lagartijas que se
entrenan para destronar en los cien metros a Usain Bolt. Nos
detenemos frente a un banco para descansar. Mientras el guía nos
señala al árbol nacional de Nicaragua, yo aprovecho para sacarme
las piedritas de las zapatillas, tomar un poco de agua y comer algo.
Cuando retomamos la marcha aclara que arranca la subida. Entre dos y
tres horas.
Ya
en el medio de la selva aparecen las escaleras sin fin. Cuarenta
minutos más tarde me flaquean las piernas y la duda se instala como
un secreto a voces. Cuando estoy a punto de darme la vuelta, aparecen
unos monos entre los árboles y aprovechamos para relajar un toque. A
los diez minutos, Angie tira la toalla y, pese a todos nuestros
intentos de que haga los doscientos metros que nos separan del
mirador, emprende la vuelta pidiéndome que llegue hasta arriba.
Un
rato más tarde nos sentamos en el pasto a contemplar por encima de
algunos nubarrones la isla, un Mondrian que ostenta todas las
tonalidades del verde que puedan existir. El viento sopla tan fuerte
que parece querer empujarnos hacia el borde de un desfiladero. El
guía me pregunta si quiero seguir. Poseído por la idea de
conquistar la cima, le contesto preguntándole por el camino a tomar.
Sonríe y se adelanta precaviéndome de fijarme que no se desprendan
las rocas de las que me agarre. En los primeros cuatrocientos metros
comparto trayecto con unos australianos agricultores que catalogaban
a Crowded House de ser ol'
school. Uno de ellos
se queja constantemente del trekking y casi abandona en repetidas
ocasiones. Yo intento no mirar para atrás y poco a poco me voy
acostumbrando al olor a azufre que domina en las alturas.
Los
últimos doscientos metros son niebla e incertidumbre. El terreno se
vuelve arenoso y cada paso se transforma en un gateo lento
y doloroso. Con la poca fuerza que me queda me arrastro casi en
penumbras y repentinamente distingo los gritos de júbilo. Los
wallabies y mi guía me dan la mano y nos sacamos algunas fotos con
fondo blanco. Éramos los reyes de la montaña, pero a nuestro
alrededor no había más que una cárcel de nubes. Uno pregunta si se
puede descender hacia el cráter, a lo que mi guía contesta riéndose
y me comenta por lo bajo que están locos.
Si
la subida había sido tortuosa, de haber sido consciente de la bajada
jamás habría continuado después del mirador. Salimos de entre el
vacío blanco y al mirar hacia la falda del volcán tengo la
impresión de que la pendiente raya los noventa grados. Fantaseo con
tener un paracaídas y lanzarme como esos hombres-ardilla por el
firmamento hacia la costa. Imposible. Hay que hacerlo con pies y
manos. Me invade el miedo y un sentimiento de envidia hacia Angie,
que ya está a salvo de precipitarse por la roca afilada hacia el
abismo.
Increíblemente,
en todo el trayecto árido sólo sufro una pequeña patinada que me
cuesta un raspón en las palmas. El australiano que antes lloraba
ahora se queja de su amiga que se dobló el tobillo. Quiero empujarlo
por el risco. Desde el mirador hasta la base corremos desaforados,
colgándonos de las ramas de los árboles cual monos por la selva. En
apenas seis horas ya estábamos frente a la parada otra vez. Dos
tanos del norte de Italia me saludan efusivamente. Nos habíamos
cruzado durante el trekking, ellos bajando, nosotros subiendo. Hace
más de una hora que están esperando bajo la chapa de metal.
Compartimos la media botella de agua que me queda y viendo que no se
asoma nada en el horizonte, arranco la procesión hacia el pueblo
bajo el sol de mediodía. Afortundamente, llegamos a parar un bondi a
medio camino.
En
una mesa del hostel Angie está hablando con un gallego que llevaba
seis meses viajando por Centroamérica porque había cortado con su
novia. Vamos a almorzar pizza, compramos algo para tomar y nos
subimos al último bus para Punta Jesús María. Nos persigue la
noche en todo momento, pero no logra darnos alcance antes de que se
mueva una familia del final de la playa. Mientras la mano empuja lo
que queda de la moneda por la ranura, me paro entre medio de los dos
volcanes que formaron la isla y señalo la cima que ya no me
pertenece.
Una
foto. El día me había obsequiado otro reino perdido.
(Extracto de Diarios)
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