Saturday, April 14, 2018

CONCEPCIÓN DE NICARAGUA






El sol se está asomando entre las jorobas del camello. Nosotros estamos sentados en el cordón de la vereda con el guía esperando que llegue el chicken bus. No desayunamos ni tampoco cenamos la noche anterior. Lo único que tenemos son unas galletitas tipo Maná, unas Pringles y tres botellas de un litro y medio de agua. Se frena la cafetera y subimos en malón para hacer el trayecto que nos separa del pueblo a la falda del volcán. Diez minutos más tarde estamos pagando la entrada e insertándonos en el sendero rumbo al Concepción. La primera hora es una caminata llana, plagada de lagartijas que se entrenan para destronar en los cien metros a Usain Bolt. Nos detenemos frente a un banco para descansar. Mientras el guía nos señala al árbol nacional de Nicaragua, yo aprovecho para sacarme las piedritas de las zapatillas, tomar un poco de agua y comer algo. Cuando retomamos la marcha aclara que arranca la subida. Entre dos y tres horas.

Ya en el medio de la selva aparecen las escaleras sin fin. Cuarenta minutos más tarde me flaquean las piernas y la duda se instala como un secreto a voces. Cuando estoy a punto de darme la vuelta, aparecen unos monos entre los árboles y aprovechamos para relajar un toque. A los diez minutos, Angie tira la toalla y, pese a todos nuestros intentos de que haga los doscientos metros que nos separan del mirador, emprende la vuelta pidiéndome que llegue hasta arriba.

Un rato más tarde nos sentamos en el pasto a contemplar por encima de algunos nubarrones la isla, un Mondrian que ostenta todas las tonalidades del verde que puedan existir. El viento sopla tan fuerte que parece querer empujarnos hacia el borde de un desfiladero. El guía me pregunta si quiero seguir. Poseído por la idea de conquistar la cima, le contesto preguntándole por el camino a tomar. Sonríe y se adelanta precaviéndome de fijarme que no se desprendan las rocas de las que me agarre. En los primeros cuatrocientos metros comparto trayecto con unos australianos agricultores que catalogaban a Crowded House de ser ol' school. Uno de ellos se queja constantemente del trekking y casi abandona en repetidas ocasiones. Yo intento no mirar para atrás y poco a poco me voy acostumbrando al olor a azufre que domina en las alturas.

Tuesday, April 3, 2018

NAUFRAGIO






Merodeo otra vez por las calles de Hoi An entre un montón de sastrerías desde donde me saludan elegantes hombres sin rostro. Los transeúntes vuelan como abejas de tienda en tienda mientras las bicicletas se suicidan en el horizonte negro. Seducido por el polen fluorescente de las lámparas, mi cuerpo se abre paso por una bajada en busca de un paraíso eléctrico. En una esquina, unos chicos se acercan ofreciéndome sus barcos de papel a cambio de una moneda. Desde ese rincón anegado me pregunto si sabrán distinguir la muerte de los sueños. De una orilla a la otra, un puente de madera. A mitad de camino, me separo de la multitud y contemplo el paisaje desde la baranda. A la deriva, las diminutas naves viajan a la luz de la vela hacia la noche. ¿Qué tierras lejanas, qué playas blancas les esperan? La flama se consume lentamente; como el papel se hunde en el agua y el charco se seca en la oscuridad. Quizás sea tarde ya para abrir los ojos.




(Extracto de Diarios)