A las
pocas horas de llegar a Berlín, caía el velo de la noche sobre la estación de
Warschauer. Bajamos del tren sin saber del todo en donde estábamos, siguiendo a
un chico turco que habíamos conocido en el hostel hacía apenas un rato. Nos
dijo que se juntaba con unos amigos, y no nos quedó otra opción que ir a buscar
un supermercado para comprar unas cervezas y ver qué nos ofrecía el destino esta
vez.
Dimos
un par de vueltas por las góndolas, intentando elegir alguna de las treinta posibilidades
con las que contábamos. Me decidí por una negra, pagué sin esperar al resto, y me fui a
sentar afuera. A los pocos minutos brindábamos por nuestro arribo a la capital
alemana, todavía suspendidos en esa sensación de euforia controlada. El
misterio de la ciudad más fascinante del siglo XX se percibía en el aire, infiltrándose
en los pulmones como largas, pesadas bocanadas de humo. Un sueño hecho de
escombros.
Bebimos
durante media hora en esas escaleras, hasta que la gente decidió dispersarse y nos
sentimos obligados a seguir a un grupo de berlineses que iban en dirección a la
estación. Nos separamos en donde estaban los puestos de comida, y bajamos por
Warschauer hasta Stralauer Alle, hipnotizados por el reflejo de neón azul de la
torre de Universal. Alguien lo dijo, ¿quieren
ver el muro? Cruzamos la calle y
bordeamos el Spree directo hacia la East Side Gallery. A medida que nos acercábamos,
una inmensa pared cubierta de grafitis se levantaba serpenteado el río hasta
perderse en la distancia.
En
ese momento, se me cruzaron un sinnúmero de recuerdos en la cabeza. Desde esa
primera vez en que me contaron que mi tía Connie se había robado un pedazo del
muro, las clases de geografía de tercer año sobre su levantamiento y caída, las
películas y documentales que intentaron condensar en unas pocas horas
veintiocho años de historia, las impresiones de personas que ya lo habían
visto, hasta la famosa Mr Gorbachev, tear
down this wall del nunca olvidado actor presidente.
De
golpe, como la realidad misma, lo tenía frente a mí. Me choqué con una bandera
alemana que tenía tatuada una estrella de David encima, la marca imborrable de una nación cegada de orgullo y poder. A unos pocos pasos, quizás la
imagen más llamativa de toda la galería, el estrambótico beso: dos políticos viejos, arrugados, medio calvos, fundiéndose en
un pasional cuadro de amor por la paz – o bien haciéndose respiración boca a
boca, en un intento por sobrevivir a lo inevitable.
Así,
la cinta de concreto iba revelando diapositiva a diapositiva una película de
poco más de un kilómetro y medio de extensión, que no pudimos terminar de ver
como consecuencia del gélido viento que había empezado a soplar. Teníamos
todavía una semana para recorrer la ciudad, no había razón para apurarse a ver
todo en la primera noche.
Dos
estaciones de tren más tarde, volvíamos a la habitación del hostel. Más allá de
algunas fotos y el haber posado mis manos tímidamente sobre su superficie, no
había tomado dimensión del impacto que el muro había tenido en mí. Nuestro
primer encuentro había sido lo que es el volver a ver a un amor del pasado; uno
de esos actos que se ensayan con antelación mil y un veces en la cabeza, tan
sólo para que al suceder nada resulte del modo en que fue planeado. Sencillamente,
no había estado a la altura de mis expectativas. Sólo con el correr de los días
descubriría la verdadera Berlín, esa ciudad que sabe seducir a fuego lento,
segura de que no conquista tanto por su apariencia como por su carácter, y que
en cuanto menos uno lo espera, se encuentra completamente perdido en su ruinoso
encanto disfrazado de futurismo trash.


