Tuesday, March 31, 2015

JAZZ I, II & III


I

JUST O’ JAZZ



What John Coltrane does is to play five
Notes of a chord and the keep changing it
Around, trying to see how many different
Ways it can sound.
MILES DAVIS



            Esto es una pieza de jazz. O lo que yo entiendo por jazz, un orden caótico de notas, que no son más que algo que surge de la generación espontánea (porque de ondas no comprendo nada) y que penetra sin permiso en nuestros oídos, casi en plena mística, una irremediable y placentera violación no consentida pero que la disfrutamos como si lo fuera. El jazz tiene eso, es lo más parecido a un vómito perfumado, está ahí, saliendo de algún lugar, llámese parlante, auricular, piano o guitarra (si es que sabemos ejecutar sus jeroglíficos), y nos dice que no tiene forma porque su principal fuente de vida es la improvisación. Los dedos tienen memoria propia, y se deslizan como unos locos frenéticos por el mundo que ellos mismos inventan y destruyen con la velocidad del pestañeo, ese acto impulsivo, mecánico, que se repite en fraseos y contrafraseos, que para mí son un mantra que me eleva a algún espacio desconocido que no es el nirvana ni nada que tenga que ver con las religiones orientales, sino más bien con algo así como un cableado en cortocircuito zen. Es un tren en todas las direcciones posibles, corriendo como un relámpago, naciendo y  muriendo una y otra vez en cada estación; es también la futura colisión contra el final de las vías, o la falta de oro negro en medio del camino. El jazz puede ser todo lo que vos te imagines, principalmente, porque es de todos y pertenece a nadie, así que depende de cómo uno lo escuche, lo sienta, lo vea, lo perciba, lo trague, lo digiera, lo utilice como fuente de inspiración o lo rechace porque le cae muy pesado. Para mí tiene mucho de lluvia, mucho de descarga de las alturas para hacer que algo como la tierra y el concreto se apoderen de su esencia y la hagan sublimar hasta nuestras narices, y aspiremos esa droga en forma de redondas-blancas-negras-corcheas- semicorcheas-fusas y, sobre todo, semifusas (el jazzero es adicto a esas porquerías que casi ningún otro animal musical necesita para respirar).

            El contrabajo es medio cortamambos, siempre se cuela como las ratas, con su voz entre rasposa y agradable, como si por entre las efes aspirase todo el humo del mundo, como si adentro suyo escondiese un Tártaro en el que fuman todos los titanes desterrados desde el principio de los tiempos. Tiene bigotes largos, como los gatos, y si se los cortan, pierde su dirección, y cae en la depresión, no se puede levantar, es el alcohólico Evans sin un piano a mano. Pobre, siento bastante compasión por su trabajo, que pocas veces es tan respetado como el de los otros instrumentos, siempre de fondo, lo negrean bastante... supongo que eso tiene que ver con que tiene una sola pata y a nadie le gusta poner al frente algo deforme. Y sin embargo, me agrada su forma de cantar, me hace acordar bastante a la voz de Tom Waits en los primeros dos o tres discos, antes de que se tomara la mitad del aguardiente del universo y agarrara sus cuerdas vocales y las tirase al medio de la Quinta Avenida para que las rectifique un ejército de autos y camiones (Freeway cars and trucks), y recién pasarlas a buscar una vez terminado el invierno.

Monday, March 23, 2015

DEL LOLLAPALOOZA, ESCUCHAR PAISAJES Y LAS LICENCIAS PARA CAMINAR







The silver and violet leopard of the night
spotted with stars and smooth with silence sprang
G.K. CHESTERTON


            Estoy tirado en el pasto, mirando un rayón de magma en el cielo que desemboca desde la pendiente invisible como un río. Las nubes de smog que lo rodean forman una cadena de montañas, una especie de valle que me trae de vuelta a los Alerces. Está tocando Aznar, un tema que no conozco pero que parece un cover de Spinetta – toda canción que diga más de cinco veces la palabra luz, es necesariamente de la autoría del Flaco.

            En lo que va del Lollapalooza, apenas pude presenciar unos breves paisajes musicales de la mano de Jack White y su característico sonido distorsionado de retro-western, que no sé por qué me hace pensar en que estamos viendo una película ambientada en Tennessee (y ningún otro estado en particular). Cada vez que hablaba, simulando una vieja locomotora a la que se le rompieron los frenos, me convencía de que estaba más duro que Julian Casablancas en el festival anterior. No me importaba mucho, sinceramente, porque esta vez los oídos me sangraban de felicidad. The Kooks, como buenos apéndices de la obra de Bowie, habían cambiado su estilo, siempre siguiendo la línea de sus antagonistas del ártico. No los culpo, los disfruto también, porque sé que todo este revival de música disco-funk-post punk es consecuencia de RAM. Mientras tocaban una balada huérfana, en mi cabeza se cruzaban Highway song (James Taylor), When love breaks down (Prefab Sprout) y Out of tears, y podía ver un cenicero cubierto de colillas de cigarrillo, la miel de la mañana derramándose sobre la mesa, y un tocadiscos que empieza a inundar la habitación de sueños rotos y suspiros de melancolía. Una de esas cosas para escuchar a las cuatro de la mañana, cuando nos gana el insomnio y el frío se cuela hasta los huesos. En otras palabras, un futuro clásico de la Blue – lo más probable es que esté diciendo alguna estupidez, porque no escuché más de diez veces radio en toda mi vida.

            Empieza Kasabian, una de las pocas bandas que Gallagher destaca en la actualidad en el marco de su concepción cuadrada de los distintos estilos. No conozco más de cuatro o cinco temas, y que su hit por excelencia (Fire) fue la cortina de la Premiere League unos años atrás. Como siempre, me detengo especialmente para ver lo que hacen las guitarras; intento comprender de dónde surge la melodía originaria. Una canción se parece bastante a un edificio: se empieza por un riff, un círculo de acordes o unos versos que surgen espontáneamente (por lo general), que son los cimientos. Después se construye el resto de la estructura sobre eso, agregándose partes nuevas (léase el infaltable middle eight), y con el tiempo se aplican sintetizadores como colchones de sonido, revoques de percusión por ahí y por acá, licks minimalistas de piano o arpegios casi supersónicos que parecen pizzicatos, otros instrumentos no tradicionales, y qué sé yo cuánto más. (Quiero dejar en claro que todo este delirio músico-masón se desprende de la frase con la que Charly inmortalizó a Cerati, un arquitecto de la música).  

            Las luces me están dejando ciego y aprovecho que tengo lentes de sol para bloquearlas un poco, y de paso sentirme invisible, como el pibito de Big daddy. Termina un tema y empieza otro (Treat). Le digo a Fede que se parece a Plastic beach, de Gorillaz. En el medio, despunta un riff de piano, y envuelto en plena mística a su experimentación electrónica, cierro los ojos. Un lienzo gigante se agita violentamente, como una especie de marea furiosa hecha de Coca-Cola, donde las burbujas revientan como estrellas haciendo supernovas. El fenómeno, finalmente, está produciéndose: ya no hay instrumentos, ni amplificadores, ni parlantes, ni músicos, ni público, ni escenario. Sólo un retrato cinético y perfecto del Universo, y yo me transporto sin moverme, dejándome llevar por las rutas siempre inexploradas de la imaginación.