When the day is done
Down to earth then sinks the sun
Along with everything that was lost and won
When the day is done
NICK DRAKE
Su nombre es, ante todo, prescindible. En lo que nos atañe, se destacaba como un joven y exitoso pintor de espléndidos atardeceres que, se comentaba entre sus pares, lindaban los jardines privados de cualquier Turner o Signac.
No era un artista de gran exhibición en galerías, sino más bien un habitué de círculos exclusivos. La popularidad era un ausente constante, a pesar de las reiteradas invitaciones que se le habían enviado a lo largo de los años. Los encargados de eso habían sido los diarios que, en su intento por sintetizar todos sus colores y tonalidades en una petulante nota, lo acusaba de poco original y anticuado. Pero al artista poco le importaba todo eso en tanto y en cuanto la venta de sus cuadros le permitiera dedicarse plenamente a su obra.
Los primeros años de su carrera como pintor habían sido los más prósperos y fructíferos. Con la ayuda de sus padres se había alquilado un pequeño piso con vista a Primrose Hill, oasis urbano que retrataría, quizás, tantas veces como Monet a su preciado puente japonés. Cada tarde, después de las cinco, acomodaba su banqueta y su atril junto al ventanal y se sentaba a capturar cielos de cobre bañados en una alquimia salvaje de amatista, escarlata, sodio y carbón. No había interrupciones en su actividad, ni siquiera cuando venía a visitarlo algún amigo, a quien prácticamente obligaba a pintar a cambio de una taza de té.
Como todo artista en su afán de redefinir las cosas, por esos días se había auto-diagnosticado escarlatina incurable. Su obsesión por coleccionar atardeceres tenía como origen dos conversaciones distintas que había mantenido con su padre y una muchacha del pasado. En la primera, su progenitor – un empleado del servicio diplomático que escanciaba versos en su tiempo libre – había querido enseñarle la magia que se esconde entre los barrotes blancos y negros de la poesía y le mostró, influenciado por los juegos de palabras de Carroll, el parentesco entre un atardecer y otro atar de ser. Muchos años más tarde, bajo una sábana de besos y caricias, una compañera de secundaria le confesaría una de sus anécdotas más descabelladas de la infancia que sellaría su fijación. Ella, curiosa incorregible, le había preguntado a un cura en medio de una confesión si Dios se había pegado un tiro en la cabeza para llenar al cielo de luz y sangre, y así crear al atardecer.
En las artes plásticas siempre hubo una destacada influencia religiosa, pero en su caso, los tiempos habían cambiado lo suficiente como para eximirlo del mecenazgo cristiano, hecho al que se debe sumar su concepción de la Biblia como la mayor obra de ficción jamás escrita. A pesar de todo esto, creía ver en la mitología infantil de su amor adolescente los rasgos de una tradición que podía abrazar y hacer propia para justificar su continuidad histórica en el arte, razón por la cual la transformó, en última instancia, en su credo y único sacramento.
Así transcurrieron un par de años entre lo que, según su humor, prefería llamar lagos, lagunas, mares o incluso océanos de sangrienta mermelada. Como el lepidopterista con su red, el artista iba captando con su paleta y pincel atardeceres de todos los tamaños, formas y colores, y los subastaba al mejor postor. A veces, cuando alguno le llamaba particularmente la atención, se permitía conservarlo, o bien se daba el gusto de regalárselo a algún conocido.
Saboreaba los elogios, pero no se nutría de ellos para fabricar su arte. Sabía lo que significaba el peligro de la adulación y, ni bien alguien le ofrecía una mano para subirlo a un pedestal, declinaba noblemente la propuesta sin otra explicación más que el silencio. Entre sus íntimos había un consenso total acerca del estado de plenitud del artista y, también, había quienes secretamente envidiaban su buen pasar y aparente paz interior. Pero como todo en la vida, el estado de las cosas no pudo mantenerse inalterable a las leyes del cambio.
El tiempo y la búsqueda del yo interior lo llevaron a emprender un viaje sin retorno, ese viaje que debe realizar cualquiera que tenga el atrevimiento de cuestionar su posición en el mundo para encontrar la razón del ser. Las pinturas, a su entender, ya no parecían reflejar lo que sus ojos (o bien su mente) veían. Empezó improvisando con distintas especias y sustancias que compró un día paseando por las calles de Camden. La falla debía estar en los colores, pero con la ayuda de un buen almizcle que rememoraba de su natal Rangoon podría solucionarlo y, a su vez, brindarle una perspectiva desde lo olfativo. No dio resultado. Intentó con otro tipo de materiales, llegando incluso a recolectar polvo de ladrillo de una cancha de tenis, pero tampoco le pareció suficiente. Fue entonces cuando decidió llevar las cosas a otro nivel, hecho que le valió cruzar la delgada línea que separa al individuo de la locura. El secreto, creía haberlo hallado, se encontraba en expresarse de forma tal que no se pudiera distinguir a uno mismo de su propia obra.
En uno de los cajones de un escritorio en donde guardaba todo tipo de materiales, encontró una aguja y una jeringa, elementos que, para ese entonces, no eran más que un resabio de viejas épocas. De paso por la cocina, agarró un vaso y siguió camino hasta volver a acomodarse en su banqueta. Se arremangó, respiró profundo y se inyectó la aguja en su brazo izquierdo. La mantuvo enterrada hasta casi llenar la jeringa, y recién ahí la exhumó de su piel. Cuidadosamente, depositó su sangre en el vaso de vidrio y con renovadas ínfulas atacó al lienzo blanco. Poco más de media hora pasó sin que se percatara de que iba a necesitar más sangre para poder continuar trabajando, y entonces, sin dudarlo, clavó la aguja otra vez. Al poco tiempo volvió a pasar lo mismo, una y otra vez, y así hasta que perdió la cuenta y terminó por desvanecerse estrepitosamente sobre el piso de madera. Amaneció en una cama de hospital. Su secretaria le había salvado la vida, le informaron los médicos.
Una vez recuperado buscó asistencia profesional y tras una serie de exámenes le diagnosticaron que sufría de depresión. Le recetaron todo tipo de pastillas que debía tomar diariamente y que, sin saberlo, habrían de cambiar sus hábitos para siempre. Había dejado de pintar por prescripción médica, al menos hasta que se estabilizara emocionalmente. Esto derivó en una pérdida de interés por su arte y cualquier otro tipo de actividad. La medicación no hacía más que agravar su estado de salud. A veces visitaba a algún amigo, pero sólo pasaba para sentarse en un sillón y quedarse en silencio hasta que finalmente se retiraba de la misma forma en la que había llegado. Hasta se atrevió a reencontrarse con la novia de su adolescencia en un café cerca de Trafalgar Square, en donde mantuvo una conversación en la que le confesó no sentir más ganas de pintar, que lo único que había querido en toda su vida, aunque sea por una vez, había sido robar un atardecer.


