Tuesday, July 29, 2014

EL HOMBRE QUE SE ROBÓ UN ATARDECER




When the day is done

Down to earth then sinks the sun

Along with everything that was lost and won

When the day is done

NICK DRAKE


Su nombre es, ante todo, prescindible. En lo que nos atañe, se destacaba como un joven y exitoso pintor de espléndidos atardeceres que, se comentaba entre sus pares, lindaban los jardines privados de cualquier Turner o Signac.

No era un artista de gran exhibición en galerías, sino más bien un habitué de círculos exclusivos. La popularidad era un ausente constante, a pesar de las reiteradas invitaciones que se le habían enviado a lo largo de los años. Los encargados de eso habían sido los diarios que, en su intento por sintetizar todos sus colores y tonalidades en una petulante nota, lo acusaba de poco original y anticuado. Pero al artista poco le importaba todo eso en tanto y en cuanto la venta de sus cuadros le permitiera dedicarse plenamente a su obra.

Los primeros años de su carrera como pintor habían sido los más prósperos y fructíferos. Con la ayuda de sus padres se había alquilado un pequeño piso con vista a Primrose Hill, oasis urbano que retrataría, quizás, tantas veces como Monet a su preciado puente japonés. Cada tarde, después de las cinco, acomodaba su banqueta y su atril junto al ventanal y se sentaba a capturar cielos de cobre bañados en una alquimia salvaje de amatista, escarlata, sodio y carbón. No había interrupciones en su actividad, ni siquiera cuando venía a visitarlo algún amigo, a quien prácticamente obligaba a pintar a cambio de una taza de té.

Como todo artista en su afán de redefinir las cosas, por esos días se había auto-diagnosticado escarlatina incurable. Su obsesión por coleccionar atardeceres tenía como origen dos conversaciones distintas que había mantenido con su padre y una muchacha del pasado. En la primera, su progenitor – un empleado del servicio diplomático que escanciaba versos en su tiempo libre – había querido enseñarle la magia que se esconde entre los barrotes blancos y negros de la poesía y le mostró, influenciado por los juegos de palabras de Carroll, el parentesco entre un atardecer y otro atar de ser. Muchos años más tarde, bajo una sábana de besos y caricias, una compañera de secundaria le confesaría una de sus anécdotas más descabelladas de la infancia que sellaría su fijación. Ella, curiosa incorregible, le había preguntado a un cura en medio de una confesión si Dios se había pegado un tiro en la cabeza para llenar al cielo de luz y sangre, y así crear al atardecer.

En las artes plásticas siempre hubo una destacada influencia religiosa, pero en su caso, los tiempos habían cambiado lo suficiente como para eximirlo del mecenazgo cristiano, hecho al que se debe sumar su concepción de la Biblia como la mayor obra de ficción jamás escrita. A pesar de todo esto, creía ver en la mitología infantil de su amor adolescente los rasgos de una tradición que podía abrazar y hacer propia para justificar su continuidad histórica en el arte, razón por la cual la transformó, en última instancia, en su credo y único sacramento.

Así transcurrieron un par de años entre lo que, según su humor, prefería llamar lagos, lagunas, mares o incluso océanos de sangrienta mermelada. Como el lepidopterista con su red, el artista iba captando con su paleta y pincel atardeceres de todos los tamaños, formas y colores, y los subastaba al mejor postor. A veces, cuando alguno le llamaba particularmente la atención, se permitía conservarlo, o bien se daba el gusto de regalárselo a algún conocido.

Saboreaba los elogios, pero no se nutría de ellos para fabricar su arte. Sabía lo que significaba el peligro de la adulación y, ni bien alguien le ofrecía una mano para subirlo a un pedestal, declinaba noblemente la propuesta sin otra explicación más que el silencio. Entre sus íntimos había un consenso total acerca del estado de plenitud del artista y, también, había quienes secretamente envidiaban su buen pasar y aparente paz interior. Pero como todo en la vida, el estado de las cosas no pudo mantenerse inalterable a las leyes del cambio.

El tiempo y la búsqueda del yo interior lo llevaron a emprender un viaje sin retorno, ese viaje que debe realizar cualquiera que tenga el atrevimiento de cuestionar su posición en el mundo para encontrar la razón del ser. Las pinturas, a su entender, ya no parecían reflejar lo que sus ojos (o bien su mente) veían. Empezó improvisando con distintas especias y sustancias que compró un día paseando por las calles de Camden. La falla debía estar en los colores, pero con la ayuda de un buen almizcle que rememoraba de su natal Rangoon podría solucionarlo y, a su vez, brindarle una perspectiva desde lo olfativo. No dio resultado. Intentó con otro tipo de materiales, llegando incluso a recolectar polvo de ladrillo de una cancha de tenis, pero tampoco le pareció suficiente. Fue entonces cuando decidió llevar las cosas a otro nivel, hecho que le valió cruzar la delgada línea que separa al individuo de la locura. El secreto, creía haberlo hallado, se encontraba en expresarse de forma tal que no se pudiera distinguir a uno mismo de su propia obra.

En uno de los cajones de un escritorio en donde guardaba todo tipo de materiales, encontró una aguja y una jeringa, elementos que, para ese entonces, no eran más que un resabio de viejas épocas. De paso por la cocina, agarró un vaso y siguió camino hasta volver a acomodarse en su banqueta. Se arremangó, respiró profundo y se inyectó la aguja en su brazo izquierdo. La mantuvo enterrada hasta casi llenar la jeringa, y recién ahí la exhumó de su piel. Cuidadosamente, depositó su sangre en el vaso de vidrio y con renovadas ínfulas atacó al lienzo blanco. Poco más de media hora pasó sin que se percatara de que iba a necesitar más sangre para poder continuar trabajando, y entonces, sin dudarlo, clavó la aguja otra vez. Al poco tiempo volvió a pasar lo mismo, una y otra vez, y así hasta que perdió la cuenta y terminó por desvanecerse estrepitosamente sobre el piso de madera. Amaneció en una cama de hospital. Su secretaria le había salvado la vida, le informaron los médicos.

Una vez recuperado buscó asistencia profesional y tras una serie de exámenes le diagnosticaron que sufría de depresión. Le recetaron todo tipo de pastillas que debía tomar diariamente y que, sin saberlo, habrían de cambiar sus hábitos para siempre. Había dejado de pintar por prescripción médica, al menos hasta que se estabilizara emocionalmente. Esto derivó en una pérdida de interés por su arte y cualquier otro tipo de actividad. La medicación no hacía más que agravar su estado de salud. A veces visitaba a algún amigo, pero sólo pasaba para sentarse en un sillón y quedarse en silencio hasta que finalmente se retiraba de la misma forma en la que había llegado. Hasta se atrevió a reencontrarse con la novia de su adolescencia en un café cerca de Trafalgar Square, en donde mantuvo una conversación en la que le confesó no sentir más ganas de pintar, que lo único que había querido en toda su vida, aunque sea por una vez, había sido robar un atardecer.


De esta manera, con matices y grises, decantaron unos meses, hasta que un día despertó con una inexplicable necesidad de pintar. Cargó todos sus instrumentos de trabajo en el auto y se dirigió hacia la primera ruta que encontró. Manejó sin rumbo durante unas horas hasta que el vehículo se detuvo por falta de combustible a un costado del camino, próximo a Tanworth. Descargó las cosas y esperó hasta la caída del sol, momento en el que el cielo completa su metamorfosis y brota como una inabarcable mariposa, bella, perfecta y, por eso también, efímera. La contempló maravillado unos minutos y puso manos a la obra. Era el atardecer que había estado buscando a lo largo de su vida, iba a necesitar de todos sus colores y habilidades para atreverse a retratarlo de forma tal que pudiera captar su esencia. En su exceso de ansiedad, al no ver la imagen especular del atardecer en su retrato, se cortó con una gillette para imprimirle con su sangre el elemento faltante, a su entender. Poco a poco, el crepúsculo se desapoderaba de sí mismo y agonizaba sobre un colchón de nubes que se iba esfumando en una plegaria a las estrellas. Ya se había cumplido el tiempo, pero la obra no era más que un cielo a medio hacer, inacabado, imperfecto, imposible. 

Sólo quedaba una cosa por hacer, pensó, y se puso de espaldas al cuadro, sacó un revólver de su bolsillo, abrió sus ojos por un segundo para contemplar su último atardecer, y del día hizo noche. 


(De Valparaíso)

Friday, July 25, 2014

Foto: Fran Cohen




Qué estéril noche
Se derrama como una luna
Sobre tu cuerpo
Buscando ciegamente
El ojo de la fragua



(Fragmento de El tiempo de las uvas)

Wednesday, July 23, 2014

UN AÑO LLENO DE ROMBOS





Time is a jet plane, it moves too fast



            Era domingo y te había llamado porque necesitaba hablar con alguien, salir a tomar un poco de aire. Accediste pero sólo si íbamos a ver una exposición en el Malba. No estaba muy de humor para eso, pero entendí que era la única forma de arrastrarte de tu casa hasta Pueyrredón y Santa Fe, y a eso de las tres de la tarde nos encontrábamos en la esquina que usamos históricamente como punto de reunión. Hacía un frío de cagarse y yo no estaba muy bien abrigado. Recuerdo que te vi con tu sobretodo negro y esa bufandita gris que te bardeé un par de veces y, por unos minutos, envidié tu situación, hasta que nos pusimos a caminar y entré en una especie de monólogo en donde vos intercalabas tus nada, boludeces y sos un autista, dejá de preguntar y contestarte al segundo. Yo seguía como siempre, un tren sin freno, con la mirada perdida en cualquier lugar. Ya no me sentía seguro de nada, nada me cerraba, sentía que había vuelto al mismo lugar en donde había estado un año atrás, cuando había terminado de perder la inocencia de las cosas y lo único que quería era sentirme una persona normal. No sé cuántas veces te lo dije, pero si de algo estaba convencido, era de que me estaba volviendo loco, que estaba entrando en otro período de crisis. Ya sé que no está mal, crisis quiere decir cambio, no debería ser algo malo, pero no sé por qué mierda nos cuesta adaptarnos a eso, no sé por qué es tan complicado aceptarlo. Anomia de mierda. Para ese entonces, a diferencia del año anterior, sabía que lo podía superar, que el concepto de persona normal es algo inexistente e inservible desde todo punto de vista. No tenía nada de malo ser así de enroscado; me había dado cuenta de que estaba tapando mis problemas con otras cosas que, en ese entonces, contemplaba cómo se iban derrumbando en mi imaginario. El castillo, cerré la idea con uno de esos conceptos que habíamos inventado.

            Cuando estábamos llegando a Las Heras te pregunté por tu viaje y cómo andabas con los papeles para eso. Hacía un mes habías hecho un click, el click con destino a Bangkok, y desde entonces te habías dedicado a recorrer bancos, llenar formularios y asegurarme de que cada firma que ponías sentías que estabas vendiéndole tu alma al diablo. Yo estaba de tu lado: todo sea por conseguir la libertad, escapar de la rutina. Estaba contento de que hubieses tomado una decisión así, aunque tenía un poco (bastante) miedo de que terminases secuestrado en una granja en el sudeste asiático. No paraba de pensar en la tarde-noche de san pedro en la que, mientras nos preguntábamos si los dueños del hostel eran caníbales o no, me dijiste que habías tenido una revelación. Hay que viajar, fue el resabio que te dejó la experiencia nocturno-alucinógena del Oasis en Bolivia.

Sunday, July 6, 2014

6 DE JULIO


I don't dream about anyone, except myself


            Hoy tuve uno de los sueños más bizarros de toda mi vida. Para empezar, el escenario era un submarino. En segundo lugar, la tripulación estaba compuesta (aparte de mí) por una María Elena Walsh ninfómana y los llamados próceres de nuestro país: Belgrano, San Martín y no recuerdo haber escuchado otro nombre más, pero dentro del sueño se suponía que había más personajes. La cuestión era que alguno de ellos me contaba que esta era la segunda vez que pasaban estos hechos en la historia, y que todos estaban inevitablemente condenados a ser seducidos por María Elena y que, luego de tener sexo con ella, iban a ser asesinados violentamente. No leí La interpretación de los sueños, pero incluso habiéndolo leído o, mejor aún, teniendo a Freud en persona para explicármelo, dudo seriamente que pudiera encontrar una respuesta a las invenciones de mi imaginación. Hace mucho tiempo escribí en un papel El sueño/es la droga más potente/contra la realidad. Después de esto, creo que lo correcto sería eliminar el tercer verso.