Lo
descubrí un día estudiando en un Tea Connection. La palabra courage
se repetía una y otra vez, fue lo único que retuve y que bastó
(además de Google) para encontrarlo. A partir de ahí hubo una serie
de hallazgos escalonados con sus distintos proyectos musicales. En
una disquería de Bruselas compré la frase quiet
is the new loud
y en Camping me sorprendió con una tapa que llamó mi atención más
que sus tonadas reggae. Un músico fetiche, quizás, siempre quise
convencerme cada vez que mencionaba su nombre y recibía una mirada
de desconcierto. Cada tanto, uno tenía la suerte de charlar un rato
con uno de sus desperdigados fanáticos, aunque eran más las veces
que uno lo recomendaba y no con buenos resultados en un país anclado
en el viejo astillero del rock.
Veinticuatro
horas antes del show compramos las entradas tras una indecisión del
tercer integrante de nuestro grupo, sorprendidos de que aún quedaran
disponibles en todas las localidades. A mitad de camino entre el
escenario y el fondo de la tribuna del teatro Ópera, nos acomodamos
más adelante de lo que debíamos gracias a la ausencia de público
que, poco a poco, fue suplida por la proximidad del primer acorde.
