If you hear a voice within you say “You cannot paint”
then by all means paint, and that voice will be silenced
VINCENT VAN GOGH
Tengo
el tema, pero me falta la aproximación o forma de escribirlo. Desde que mis
ojos se posaron sobre la foto de mi guía del Sudeste Asiático que en mi lista
de ideas figuran esas tres palabras, plain
of jars.
El
sitio arqueológico de Laos estaba condenado de antemano a otro viaje. No sólo
quedaba a trasmano, sino que por decisión casi unánime y por cuestiones de
tiempo, fue descartado de los destinos a visitar. Un sentimiento de pérdida o
resignación me invadió durante unos días, hasta que me convencí de que seguramente
implicaba recorrer demasiado para algo que me podía aburrir al rato de estar
ahí. No iba a quedar así. Ya en Buenos Aires, su nombre iba a volver una y otra
vez al mando de un ejército de neuronas arqueólogas que exhumaban los restos
vivos de una obsesión.
En
una planicie, cientos de jarras de piedra están diseminadas a la intemperie. No
hay mejor manera de describirlo que pedirle al lector que se tome un segundo
para ver imágenes en Google. Su origen se remonta a la Edad de Hierro, y la
explicación que mejor se ajusta a la evidencia es que, ya descartada la tesis
de su utilidad a modo de reservas de agua para los peregrinos, su diseño se adapta
a la función de urnas funerarias. Para los románticos, y también los locales,
se trataba de una tierra habitada por gigantes, donde su rey, tras vencer a un
enemigo, construyó en celebración las jarras para almacenar grandes cantidades
de cerveza de arroz.

