Thursday, March 2, 2017

EN LA LLANURA DE LAS JARRAS




If you hear a voice within you say “You cannot paint”

then by all means paint, and that voice will be silenced

VINCENT VAN GOGH



            Tengo el tema, pero me falta la aproximación o forma de escribirlo. Desde que mis ojos se posaron sobre la foto de mi guía del Sudeste Asiático que en mi lista de ideas figuran esas tres palabras, plain of jars


            El sitio arqueológico de Laos estaba condenado de antemano a otro viaje. No sólo quedaba a trasmano, sino que por decisión casi unánime y por cuestiones de tiempo, fue descartado de los destinos a visitar. Un sentimiento de pérdida o resignación me invadió durante unos días, hasta que me convencí de que seguramente implicaba recorrer demasiado para algo que me podía aburrir al rato de estar ahí. No iba a quedar así. Ya en Buenos Aires, su nombre iba a volver una y otra vez al mando de un ejército de neuronas arqueólogas que exhumaban los restos vivos de una obsesión. 


            En una planicie, cientos de jarras de piedra están diseminadas a la intemperie. No hay mejor manera de describirlo que pedirle al lector que se tome un segundo para ver imágenes en Google. Su origen se remonta a la Edad de Hierro, y la explicación que mejor se ajusta a la evidencia es que, ya descartada la tesis de su utilidad a modo de reservas de agua para los peregrinos, su diseño se adapta a la función de urnas funerarias. Para los románticos, y también los locales, se trataba de una tierra habitada por gigantes, donde su rey, tras vencer a un enemigo, construyó en celebración las jarras para almacenar grandes cantidades de cerveza de arroz.

Wednesday, March 1, 2017

MONTE CRISTO





     

La madre, si bien se trataba de una familia adinerada, desaprobó la relación. Su linaje no podía mezclarse con sangre de lo que, ella entendía, no eran más que unos nouveaux riches.
            
Al poco tiempo partía al viejo continente, sin sospechar que la joven a quien había humillado entraría en posesión del enclave situado entre el palacio de la Plaza San Martín y la iglesia que ella misma había mandado construir del otro lado del parque. Así, la primera piedra de la Babel porteña no se apoyó sobre los cimientos de la vanidad, sino de la revancha.
            
Catorce meses más tarde, la matriarca asistía al anclaje de la titánica proa de hormigón, o quizás sea más preciso decir, la fundación de su Atlántida cristiana.