Allen in mijn gedichten kan ik wonen
Nooit vond ik ergens anders onderdak[1]
El lenguaje de la fotografía exige una traducción, o
mejor dicho, es susceptible de interpretaciones. Así, en ese breve instante que
consiste enfrentar ese resto de naufragio crónico, existen diversas maneras de contemplarlas.
Desde
el completo desconocimiento, estoy observando a un joven europeo vestido con un
kimono, que sostiene algo que puede ser bien una caja o un libro con caracteres
orientales. La lámpara a su lado no permite alumbrar nada más, excepto quizás
una aproximación de su edad, la cual parece oscilar entre los veinte y los
treinta años.
Diferente
es la mirada de alguien que sabe de quién se trata, prestándose así a un mayor
número de interrogantes. Es que, la primera vez que tuve noticia de esta
imagen, fue de la misma manera en que lo estoy haciendo en este preciso momento,
mediante palabras.
Slauerhoff,
un nombre que sólo en pocos no sabe causar el menor percance, permanece como un
misterio que sólo me fue revelado por medio de otro holandés errante,
Nooteboom. Traducida recientemente al inglés una de sus obras (The forbidden kingdom), lo único con lo
que cuento del gran escritor neerlandés son aquellos fragmentos transcriptos en
Tumbas de poetas y pensadores, fugaces
pasajes de su diario personal que hoy en día despiertan en mí una curiosidad y
empatía que sólo están a la altura del desconsuelo que me genera la indiferencia
del secretismo de su lengua vernácula.
