El origen de la existencia es el
movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia,
pues, de ser ésta inmóvil, regresaría a su origen: la Nada. Por esta razón, el
viaje no tiene fin, tanto en el mundo superior como en el inferior.
Tengo
la cabeza llena de nada. Suena a frase hecha, pero no encuentro otra mejor
manera de describir la sensación que me mantiene en vilo desde hace unos días. No
sé muy bien por qué vuelvo a sentarme a escribir, porque en realidad no tengo
una razón, ni un interés particular en decir qué me está pasando. Es más la
posibilidad de que algo impredecible suceda haciéndolo que otra cosa. Me siento
invadido por la misma impresión que hace más de dos años, cuando decidí ponerme
a escribir sin saber desde qué punto partir, y así surgió la primera
improvisación que forma parte de este diario en el que vengo trabajando desde entonces.
Antes
de irme de viaje padecía de ese hartazgo tan propio de las personas que están
aburridas de sí mismas, de reiterarme una y otra vez, desarrollando ideas o
conceptos que me iban transformando poco a poco en un neurótico del que,
honestamente, sólo ansiaba poder escapar algún día. Una vez que estuve del otro
hemisferio, casi como si se tratara de una metáfora obvia, me fui olvidando
paulatinamente de quién era. El mundo, tan grande e impresionante; yo, tan mínimo
e ignorante. No mantuve casi comunicación con mi pasado, excepto en lo que se
refería a historias que me habían contado sobre el viejo continente, fábulas
que tornaban del blanco y negro al tecnicolor. Nunca fue una cuestión de
renegar las cosas; sólo necesitaba tomar distancia de mis veinticinco años
previos a todo eso, comprender (o no) qué habían significado y, de ser posible,
hallar una nueva faceta mía.
Una
noche, mientras intentaba conciliar el sueño en Berlín, empecé a notar el
cambio: alguien estaba desvalijándome la cabeza sin que yo lo notara. Pensé si
había realmente algo de qué preocuparse, pero ese estado de ebriedad que supone
el hedonismo de viajar me terminó por convencer de que era una parte inevitable
del trayecto. Después de mucho tiempo, había conseguido apagar los incendios
mentales que me habían causado mis propias quimeras, y lo mejor era continuar
en piloto automático, dejándome desvelar por todos esos paisajes vírgenes que
me quedaban por desnudar.
