Friday, January 9, 2015

À LA RECHERCHE DE PARIS








Tu sombra hiende la distancia


            París. La ciudad más bella del mundo, y lo escribo en cursiva porque no son palabras mías, sino parte de un imaginario popular que en los próximos meses espero poder verificar cuando me encuentre vagando por sus calles.

            Casi todo lo que sé de ella lo aprendí en esos doce largos y aburridos años de francés durante toda la primaria y secundaria. La primera palabra que aprendí me la enseñó mi abuela, fenêtre, y en esos dos meses en los que me preparó antes de entrar a primer grado no faltó un día que no me llamase así.    

            Recuerdo que mi mamá (y todas sus amigas) me decían que a las mujeres les fascinaba el francés y que tenía suerte de poder aprenderlo, porque todas las chicas iban a morirse cuando dijese cualquier cosa. Yo le contestaba que odiaba al francés y que estaba diciendo boludeces. Y no me equivoqué. Hasta el día de la fecha, el marcador de chamuyo gálico sigue en cero (tampoco es que lo intenté, si vamos a los hechos).

            Mis profesoras me decían que tenía buen acento, que me salía muy francés. Yo, hasta que no me operaron de la lengua, pensaba que era un inútil que a pesar de ir a la fonoaudióloga casi seis meses no podía pronunciar bien la R.

            Pero mejor vayamos a lo práctico, ¿qué provecho le saqué a todo eso? Nada, excepto poner que sé francés en el currículum y poder escuchar entrevistas a escritores y músicos franceses sin subtítulos. También puedo mantener una conversación, aunque hace tanto tiempo que no lo practico que dudo seriamente de mi habilidad para comunicarme.

            Lo mío siempre fue el inglés. Por cuestiones de familia, asumo. La musicalidad que tiene fue algo que siempre me atrajo, y la sencillez de sus tiempos verbales no es un dato menor. En el colegio aprendí primero qué eran los tiempos verbales en francés antes que en castellano. El verbo avoir. La grilla con todos los sujetos es algo que todavía puedo ver como una de esas fotos viejas que mi viejo guarda en cajas gigantes, que están tan bien conservadas que ni siquiera hay que desempolvarlas. El pizarrón verde (siempre me pregunté ¿por qué verde?... El negro es tanto más útil) y la tiza blanca, y los gritos de Madame por estar mirando las figuritas del mundial Francia 98.

Tuesday, January 6, 2015

DER PROZEß





This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper

T.S Eliot, The Hollow Men


            La primera vez que leí a Kafka fue en segundo año del colegio. Lo conocía de antemano porque mis hermanos lo habían leído también, y nunca faltaba algún librero que me lo recomendara a pesar de mi corta capacidad de análisis, teniendo en cuenta que sólo tenía catorce años en aquel entonces. La metamorfosis fue el relato que nos mandaron a leer, setenta páginas que me resultaron por demás monótonas y exageradamente absurdas. Mi texto, de la editorial Cántaro (que nos hacían comprar porque la jefa del departamento de literatura del colegio tenía una participación en las ganancias), no traía algún apéndice que sirviera de ayuda o clave para leer la obra, o por lo menos así lo recuerdo. Mientras leía mi cabeza se perdía divagando entre canciones que me perdía de escuchar por prestarle atención a un relato que no se terminaba de animar a cruzar la frontera de lo fantástico para ensayar algún tipo de promesa de respuesta coherente a la transformación sinsentido de un hombre (Gregorio Samsa) en un insecto – que, está más que claro, tampoco era definido. Afortunadamente, no existió examen alguno sobre Kafka, y yo enterré en mi memoria todo esto que ahora les estoy relatando, sin detenerme a pensar en qué había querido significar el autor con una de las pocas obras que había publicado en vida.   

            Nueve años tuvieron que pasar para que se instalara en mí la curiosidad que no había sentido de chico. Borges y Nooteboom, dos de mis autores predilectos, entre tantos otros, derrochaban todo tipo de elogios hacia la obra de Kafka, destacándolo como uno de los escritores más influyentes del siglo XX. ¿Qué tendrá este tipo que escribe la historia de un tipo que se convierte en un bicho para que sea tan destacado universalmente? Necesitaba leer algo urgentemente, ponerme al día con esa tarea pendiente. La única información que tenía de Kafka era que la mayor parte de su obra se había publicado póstumamente, a expensas de uno de sus amigos (Max Brod) que, desobedeciendo el testamento que lo instaba a quemar su legado, dio a conocer al mundo uno de los más fieles testimonios de literatura expresionista.

            No recuerdo bien si fue por el mes de agosto o septiembre que entré en una librería y me llevé sus relatos completos en dos tomos y una de sus tres novelas, El proceso. Intenté sentarme en una mesa a leer algunos de sus cuentos cortos, pero por alguna razón preferí continuar con la odisea neoyorquina de Bellow (Seize the day), que por esos días supo transmitirme la paz que andaba necesitando. Ese aparente viaje relámpago de cien páginas se perpetuó en el tiempo con la lectura de otras tantas obras, pero finalmente decidí encarar a fin de año el texto más pesado y reconocido, Der Prozeß. Me tomó unos cuantos días, por distintas razones en las que no voy a entrar en detalle, y la lectura se extendió al año nuevo. Al principio se me hizo llevadero, hasta el capítulo del pintor, en el que me quedé dormido en repetidas ocasiones. La sensación fue más o menos similar a mi interpretación del texto: de entrada iba a pasos agigantados, elaborando todo tipo de conceptos a propósito de qué podía significar el proceso en sí y hacia qué dirección intentaba dirigirme el narrador. No pude evitar imaginarme que el protagonista era el mismo Kafka, teniendo en cuenta su nombre (K), que era apoderado de un banco (empleado administrativo) y que contaba con conocimientos jurídicos. No está de más decir que, como estudio derecho, se me hacía imposible no dejar de maquinarme con todo lo que exponía el texto en materia del sistema judicial, y comparar constantemente lo que parecía ser a principio de siglo con lo actual.