Tu
sombra hiende la distancia
París.
La ciudad más bella del mundo, y lo
escribo en cursiva porque no son palabras mías, sino parte de un imaginario
popular que en los próximos meses espero poder verificar cuando me encuentre
vagando por sus calles.
Casi
todo lo que sé de ella lo aprendí en esos doce largos y aburridos años de francés
durante toda la primaria y secundaria. La primera palabra que aprendí me la
enseñó mi abuela, fenêtre, y en esos
dos meses en los que me preparó antes de entrar a primer grado no faltó un día
que no me llamase así.
Recuerdo
que mi mamá (y todas sus amigas) me decían que a las mujeres les fascinaba el
francés y que tenía suerte de poder aprenderlo, porque todas las chicas iban a
morirse cuando dijese cualquier cosa. Yo le contestaba que odiaba al francés y
que estaba diciendo boludeces. Y no me equivoqué. Hasta el día de la fecha, el
marcador de chamuyo gálico sigue en cero (tampoco es que lo intenté, si vamos a
los hechos).
Mis
profesoras me decían que tenía buen acento, que me salía muy francés. Yo, hasta
que no me operaron de la lengua, pensaba que era un inútil que a pesar de ir a
la fonoaudióloga casi seis meses no podía pronunciar bien la R.
Pero
mejor vayamos a lo práctico, ¿qué provecho le saqué a todo eso? Nada, excepto
poner que sé francés en el currículum y poder escuchar entrevistas a escritores
y músicos franceses sin subtítulos. También puedo mantener una conversación,
aunque hace tanto tiempo que no lo practico que dudo seriamente de mi habilidad
para comunicarme.
Lo
mío siempre fue el inglés. Por cuestiones de familia, asumo. La musicalidad que
tiene fue algo que siempre me atrajo, y la sencillez de sus tiempos verbales no
es un dato menor. En el colegio aprendí primero qué eran los tiempos verbales
en francés antes que en castellano. El verbo avoir. La grilla con todos los sujetos es algo que todavía puedo
ver como una de esas fotos viejas que mi viejo guarda en cajas gigantes, que
están tan bien conservadas que ni siquiera hay que desempolvarlas. El pizarrón
verde (siempre me pregunté ¿por qué verde?... El negro es tanto más útil) y la
tiza blanca, y los gritos de Madame por estar mirando las figuritas del
mundial Francia 98.

