Tuesday, March 5, 2019

CELTIQUE





Segunda estadía armoricana. Esta vez, al capricho del invierno y sus cielos de cemento líquido, listos para derramarse sobre el mar que nunca está seguro cuánto tomar y cuánto dejar en cada uno de sus besos blancos.

La ausencia de conexión a internet fomenta el tiempo para la lectura, la caminata y la reflexión. Hay demasiadas horas para matar y pocas armas letales. Pienso continuamente en un futuro viviendo en estas costas.

Una mañana subimos los acantilados de la izquierda. En algún momento del trayecto alcanzamos una caída de su manto de rocas. Parece el escenario del merodeador en el mar de bruma de Caspar Friedrich.

Saint-Malo. La muralla de la ciudad esconde su casco histórico celosamente. Al salir del auto, una fina capa de agua nos va mojando hasta que alcanzamos un restaurante para almorzar. Mejillones al roquefort y una lata de cerveza Chat-Malo.
Más tarde, continuamos la procesión hacia las almenas. Al horizonte, unido a la playa por un estrecho camino de piedra, emerge una gran roca donde yacen los restos de Chateaubriand. La marea está un poco alterada y tenemos que esperar un rato para cruzar la serpiente rocosa hacia la Grand Bé. Las aguas se serenan, pero no así la lluvia y el viento que arrecian cada vez más intensamente en un desolador paisaje céltico. Por unos momentos no sabemos si estamos en Bretaña o en Irlanda. A la vera del sendero, la tumba de un reciente desafortunado sirve de prólogo a la del famoso escritor. Un muro en ruinas completa la escenografía romántica previo al encuentro con la cruz de granito sin nombre, a pesar de la placa adosada a una pared de la roca donde se intenta vanamente desterrarlo de su anonimato. Tantos años atrás, sólo era la foto de mi libro de tumbas de poetas y pensadores de Nooteboom. Hoy escucha también mi cuerpo entumecido la voz imponente del vendaval.

Los Restos

Uno puede pasarse toda la vida
envidiando la suerte de los muertos.
Sin nada más que pensar,
sólo tener ojos para los sueños
y que el cuerpo respire la brisa
empapada de la sal que deposita el mar.

Vivir es morir todos los días un poco,
mas morir parece un vivir por siempre
pero de una manera agradable,
lejos de las ausencias,
cerca de todo y de nada a la vez,

como si uno pudiera distinguir
la línea que separa el cielo de la tierra

y, afortunadamente,
existiera un alma.



(Extracto de Diarios)