Esa
es la pregunta que me hago desde que descubrí su gente
en el lago azul
en el living de la casa de Francisco. Algo en esos bloques de color y
transeúntes pixelados de naturaleza fauvista generó una suerte de
obsesión a mirar constantemente sus pinturas. Incontables veces
entré en librerías en busca de un bálsamo para mi espíritu en sus
tierras imaginarias. Mis ojos simplemente se sumergían en sus
acuarelas como si fueran piletas en verano.
Así buceé en las
profundidades del expresionismo alemán durante meses, ahogándome de
vez en cuando en los fiordos de Munch para despertar en las fábulas
antropomórficas de Marc, cabalgando al pelo del jinete azul entre
recovecos rectangulares de Berlín. Pero Macke ejercía un influjo
lunar en mi sensibilidad.
Nunca
se trató del tema. Las distracciones de la burguesía no suponen un
magnestismo fiel a mis intereses. El zoológico, las vitrinas, los
paseos y retratos de su mujer son meras excusas de las que el pintor
se sirve para inundar sus lienzos de una sinfonía cromática. Sus
influencias son claras: impresionismo tempranamente domesticado por
la paleta de Matisse, un fugaz cubismo en las muchachas
bañándose con ciudad al fondo que
ya había alcanzado la cumbre en su composición rayonista en
homenaje a Bach e, indudablemente, la corriente que mejor lo
identifica; expresionismo (renano).
