Sunday, March 18, 2018

¿POR QUÉ AUGUST MACKE?






Esa es la pregunta que me hago desde que descubrí su gente en el lago azul en el living de la casa de Francisco. Algo en esos bloques de color y transeúntes pixelados de naturaleza fauvista generó una suerte de obsesión a mirar constantemente sus pinturas. Incontables veces entré en librerías en busca de un bálsamo para mi espíritu en sus tierras imaginarias. Mis ojos simplemente se sumergían en sus acuarelas como si fueran piletas en verano.

Así buceé en las profundidades del expresionismo alemán durante meses, ahogándome de vez en cuando en los fiordos de Munch para despertar en las fábulas antropomórficas de Marc, cabalgando al pelo del jinete azul entre recovecos rectangulares de Berlín. Pero Macke ejercía un influjo lunar en mi sensibilidad.

Nunca se trató del tema. Las distracciones de la burguesía no suponen un magnestismo fiel a mis intereses. El zoológico, las vitrinas, los paseos y retratos de su mujer son meras excusas de las que el pintor se sirve para inundar sus lienzos de una sinfonía cromática. Sus influencias son claras: impresionismo tempranamente domesticado por la paleta de Matisse, un fugaz cubismo en las muchachas bañándose con ciudad al fondo que ya había alcanzado la cumbre en su composición rayonista en homenaje a Bach e, indudablemente, la corriente que mejor lo identifica; expresionismo (renano).