I was in a land where men force women to hide their facial
features
And here in the west is just the same but they’re using
make-up veils
El miércoles nos habían dicho que iban a hacer unos
allanamientos por un posible caso de trata. Antes de salir del edificio, una
mujer con la cara demasiado pintada se tomó el ascensor conmigo. La observé
detenidamente unos segundos, como quien se siente atraído por algo que le
resulta desagradable. Nunca aprobé del todo el uso del maquillaje. Siempre tuve
la impresión de que el único verdadero propósito que tiene es el de ocultar. No
importa qué, la finalidad que persigue está en hacerlo. En eso encuentra su
justificación, y yo mi rechazo.
Planta
baja. Me separé de la cara cubierta de polvo de mariposa y me olvidé de todo
eso. A pesar de que me moría de cansancio, caminé hasta Retiro, me tomé el tren,
me bajé en la estación de Belgrano y pasé a visitar a mi sobrino. Estaba
enorme, aunque sólo tenía cuatro meses, y cada vez que lo sentábamos en el
sillón me quedaba fascinado por su apariencia de mini-persona. La tarde se fue
entre todas esas miradas de bebé que, una vez posadas sobre su objeto de
interés, terminaban en sonrisas o llantos desconsolados, y los pero qué malcriado que sos del padre.
Cerca
de las siete se me empezó a dificultar esa cosa de vivir. En las últimas
semanas había dormido poco y nada, y ya no recordaba que alguna vez había
existido la siesta. Salimos a la calle, caminamos una cuadra y nos despedimos
en la esquina. Agarré Echeverría hasta Cabildo, me tomé un bondi, dormí casi
todo el viaje, y todavía no sé cómo me desperté justo a tiempo. Cuando llegué a
casa, prendí la tele y escuché que hablaban de la marcha del Ni una menos. Me había olvidado
completamente. Lo dudé unos minutos, hasta que me senté en mi cama y el sueño
me derribó sin darme tiempo siquiera a oponer resistencia.
Jueves.
Se habían hecho los allanamientos y, efectivamente, se confirmó la trata. Dos
menores involucradas, una de tres y otra de quince años. La última había sido
explotada sexualmente. Cuando Vicky llegó me dijo que no era un día para joder.
Le respondí con el arco de mis cejas. Desde que había entrado a trabajar ahí,
nunca se había presentado un caso así. Era la primera vez que iba a
experimentarlo.
